Ya no bajan los Magos por la vereda del cielo, aquella que olía a rastrojo y
a frío verdadero, cuando el invierno era un susurro de escarcha en los
cristales y los niños se asomaban al mundo con los ojos llenos de asombro.
Ahora llegan en coches híbridos, con el logotipo del Ayuntamiento brillando en
las puertas como una medalla de plástico, y un GPS que les marca la ruta más
corta entre la ilusión y el olvido.
No traen oro ni mirra, sino bolsas de
caramelos que vuelan como metralla dulce, buscando frentes inocentes que aún no
han aprendido a desconfiar. Los pajes, si no están en huelga, reparten sonrisas
de compromiso, y el camello de cartón piedra amenaza con desmoronarse en mitad
de la plaza, dejando al rey a pie de calle, saludando con una dignidad que no
disimula el desconcierto, mientras los móviles graban y las risas se mezclan
con el confeti.
Melchor, con su barba postiza y su
porte de notario jubilado, saluda con la solemnidad de quien ha olvidado por
qué está allí. Gaspar, con su melena teñida y su mirada de actor de serie turca
en decadencia, busca el foco que le devuelva un poco de gloria. Y Baltasar…
¡ay, Baltasar! Convertido en dilema moderno: si es blanco pintado, es racismo;
si es negro, exotismo; si es mestizo, apropiación cultural. Al final, lo
encarna el concejal de Deportes, con su acento manchego y un betún que huele a
zapatería antigua desde la otra acera.
Y, sin embargo, ahí siguen. Porque
hay algo en esta noche que ni el resplandor más frío del LED ni el zumbido
constante de las pantallas han logrado apagar. Algo que se cuela entre los
pliegues de los disfraces baratos y que hace que un niño —uno solo basta— mire
hacia lo alto con la esperanza intacta de ver una estrella que no sea un dron
ni un satélite, sino una promesa.
Los sabios de Oriente no eran
figuritas de barro ni reyes de cuento. Eran buscadores de sentido, lectores de
cielos, caminantes del alma. Llegaron a aquel humilde rincón de Judea no para
posar en el Belén Viviente, sino para arrodillarse ante un Niño sin trono ni
ejército, cuyo resplandor bastaba para cruzar los desiertos más oscuros del
corazón humano.
Hoy, en cambio, deambulamos por los
pasillos del centro comercial como quien recorre un laberinto sin salida,
empujando carritos que crujen bajo el peso de lo innecesario. Hemos cambiado la
carta escrita con lápiz tembloroso por un cristal que nos dicta lo que debemos
desear, y en lugar de esperar la magia, aguardamos notificaciones de entrega.
La ilusión se mide en puntos de fidelidad, y el anhelo, en plazos de
devolución. Todo parece estar al alcance de la mano, salvo lo único que no se
vende: el asombro.
Y los Magos, si aún se atreven a
venir, lo hacen en silencio, sin tambores ni cabalgatas, dejando en los zapatos
de los que aún sueñan no juguetes de moda, sino preguntas que desvelan: ¿hacia
dónde vas?, ¿qué es lo que de verdad te mueve?, ¿qué luz ilumina hoy tu camino?
Así que, si esta noche oyes un rumor
de pasos en el pasillo, no corras a mirar la alarma. Tal vez sea Melchor, que
aún cree en nosotros. O Gaspar, que no ha perdido la fe. O Baltasar, que entre
el betún y el disfraz sigue oliendo a mirra y a misterio. Y si no vienen, no te
apures: quien sabe esperar con el corazón bien abierto ya ha recibido el mejor
regalo de todos: el de no haber dejado que se le apague la lumbre del asombro.
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Martes, 6 de Enero del 2026