Opinión

La Pingüina Paulina

Pilar Olmedo | Viernes, 9 de Enero del 2026
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Paulina, como su nombre dice, era un pingüino chica. Y era ¡la mar de salada!

Vivía junto a su familia en la Antártida del Polo Sur. Donde todo es blanco blanquísimo y los icebergs parecen terrones de azúcar y merengue endurecido.

 No es que a Paulina le gustase diferenciarse de los otros pingüinos, pero, a ella, ¡le fastidiaba el frio!  Toda la colonia se zambullía en las fresquitas aguas del Océano Glacial. A Paulina, con solo mojarse una uña de sus tres dedos le tiritaba hasta la última pluma. 

    Con el invierno llegaban los problemas para nuestra pingüina y también para sus compañeros…

 El frío se volvía insoportable para Paulina: le castañeteaba el pico y se pasaba todo el tiempo tiritando  cuando sus amigos  se  divertían deslizándose por los toboganes polares.

Paulina era divertida y chachi pirulí como la que más. Solo poseía un defectillo: era un poco cansi: repetía las cosas más de un par de veces. Repetía como un disco rayado: 

 - ¡Qué frío tengo!..., qué frío hace; hace frío. Otra vez: - estoy helada; no tengo ni pizca de calor..., ídem..., ídem.        

Cuando llegaron los ecologistas de Greenpeace, acompañados por un niño esquimal, los “compa” de Paulina les pidieron ayuda para solucionar el problema de su amiga y el suyo propio: ¡estaban  ya cansados de las incesantes quejas de Paulina y querían disfrutar de su fiesta invernal!

Como primera medida los científicos pensaron en una bufanda; pero no sería suficiente. Luego idearon ponerle bolsas de agua caliente atadas a la cintura, pero no, aquello resultaría muy molesto y en aquel lugar el agua caliente.... duraría  poco.

Surgió la idea de trasladar a la pingüina a un país  donde ¡siempre fuera verano! En principio esto entusiasmó a Paulina, pero, al pensar que estaría sola, sin todos sus amigos, rechazó la proposición.

De repente el niño esquimal comentó: 

 - A ver si va a tener el termostato averiado... 

Todos, los Greenpeacianos y los pingüinos, le miraron asombrados y enmudecidos. Los defensores del medio natural pensaron: ¿cómo no se les había podido ocurrir antes a ellos? 

           Los ecologistas se marcharon después de colocar a la pingüina friolera un termostato nuevo. Paulina pudo disfrutar de todoooo el friooooo invierno y todo el gélido verano, jugando con sus amigos y amigas. 

¡El problema quedó solucionado! Bueno, a medias, porque ahora se escuchaba:

 - ¿Cuándo vamos a jugar? Yo quiero jugar..... Vamos a jugar ya.....¿jugamos?

¡Me siento tan feliz! Y a los pocos minutos: - ¡Qué contenta estoy!, estoy encantada…

FIN

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