“Salvaguardar
nuestras místicas entretelas, es un modo de avivar el sentimiento cerebral y de
intensificar el orbe del discernimiento, para vencer la oleada de tormentos que
nos bañan a diario, a través del mar de los deseos”.
A estas alturas existenciales no es fácil resistirlo todo,
nadie está graduado en la cátedra viviente, pues la sorpresa siempre está ahí,
con su aluvión de aguijones e impidiéndonos alzar el vuelo sin vacíos ni
vicios. Los venenos nos acosan, en cualquier esquina, a la espera de nuestra
debilidad. Por tanto, es fácil correr riesgos siguiendo los criterios del mundo,
sustentados en el apego a las cosas, la desconfianza y la sed de poder mundano.
Quizás deberíamos mirar con otros ojos, aquello que nos circunda; para ser más
del cielo que de la tierra, aunque transitemos ahora por ella. Realmente, lo
que nos embellece es la comunión de pulsos, el rehacernos a la métrica del
verso, que es lo que nos injerta compañía y esperanza, jamás soledad, ni tampoco
desesperación.
A mi juicio, es muy importante trabajar las miradas,
fomentar las escuchas, propagar la cultura del abrazo y reservarse de los
peligros e inseguridades, que suelen dividirnos y enfrentarnos. Por eso, es
trascendental tener tiempo para uno; y, así, poder reflexionar sobre nuestras propias
huellas. Es el único modo de evitar las caídas, reforzando los innatos latidos
que cada mortal lleva en su interior, como seres creativos que somos. Si no eres consciente de los trances y las
inseguridades, puedes causar estragos. Sea como fuere, me parece muy oportuno
que se reclame a gobiernos y a empresas, el establecimiento urgente de
protecciones para evitar que la tecnología profundice la desigualdad,
amplifique las simulaciones y genere daños en el corazón de las gentes.
Salvaguardar nuestras místicas entretelas, es un modo de
avivar el sentimiento cerebral y de intensificar el orbe del discernimiento,
para vencer la oleada de tormentos que nos bañan a diario, a través del mar de
los deseos. Hay que poner límites, comenzando por uno mismo. El camino de la
dominación nos enfurece, en lugar de calmarnos; hemos venido a servir y no a
ser servidos. El amor auténtico es lo único que nos salva. Nadie es más que
nadie, ni menos que ninguno. Cada cual es un pulso necesario e imprescindible;
pero, para ello, es menester trabajarlo todo con humilde creatividad y no
utilizarlo para los oportunos intereses, para la propia gloria y el particular éxito.
Vivir sin meditar es peligroso, obliga a conformarse con la vida, y uno debe
sentirse libre para crear y recrearse.
Los ojos del espíritu son los que nos hacen resplandecer en
este persistente valle de lágrimas; no permitamos que nos los corrompan. Las
pruebas a las que la sociedad actual somete a los individuos de corazón y vida,
son muchas y tocan la vida personal y social. Ciertamente, no es fácil oponerse
públicamente a opciones que muchos consideran obvias, pero cuando se pierde el
sentido místico se agranda la deriva, socavando no sólo el bienestar
individual, sino también la cohesión social y el avance humano, deshumanizándonos
por completo, lo que convierte la salud mental en una cuestión que afecta a
todas las dimensiones de la vida. Indudablemente, para hacer frente a este
reto, también ser requiere una voluntad colectiva.
Quitemos el riesgo de las divisiones, destronemos las
inhumanidades que a diario nos atrapan, para que el porvenir sea nuestro, que
va a depender mucho de que la dicha anímica sea verdaderamente universal. Explorarnos
internamente, no supone que debamos dejarnos invadir por los espejismos, las
apariencias o las cosas materiales, lo que significa hacer espacio para bregar
conjuntamente, que será de este modo como nos reencontraremos para poder
modificar nuestro combate incorpóreo, renovando las promesas del verso que soy
en el etéreo verbo. No olvidemos que estamos llamados a caminar por las sendas
de la concordia, renovando la nítida inspiración celeste que somos, sabiendo
que no hay mal que por bien no venga.
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Domingo, 22 de Febrero del 2026