El hecho de haber vivido ya durante algo más de tres cuartos de siglo, aparte de incluir la inevitable connotación natural de estar envejeciendo, conlleva también la importante virtud de haber atesorado memoria y experiencia. Y hacerlo en unos años, durante los cuales el “aspecto” social ha ido cambiando de manera tan profunda y determinante, resulta aún más interesante y enriquecedor.
Es verdad que ante las “cosas nuevas”, la experiencia no suele servir pues nunca hubo antes hechos iguales o parecidos; sin embargo en relación con las que ya existían resulta una herramienta esclarecedora; almacenar en la memoria y revisar entre innumerables cosas, la modificación en las costumbres, modas, estilos de vida, descubrimientos, inventos, modernización en los medios de producción, derechos y conquistas sociales, talantes, valores, relaciones personales, unos cambios de escenarios que en la segunda mitad del pasado siglo y primer cuarto del actual han significado una importante definición sustancial, una discontinuidad que resulta de suma importancia si nos referimos a la “cosa pública”.
Una discontinuidad, que ha tenido a nivel personal, en estos años que he vivido, dos momentos. El primero y fundamental, el paso de una dictadura a una democracia; el segundo cualitativamente distinto, el paso de las ideologías a las estrategias políticas.
Y es que al comienzo de nuestra vida democrática, las ideologías existían y estaban perfectamente perfiladas. Cada partido que concurría a las urnas lo hacía con un discurso ideológico definido. De ahí que en los mítines, aparte de la inevitable dosis “anti” se ofrecieran objetivos, promesas, aquellos aspectos positivos que cada formación política consideraba como beneficiosa para la ciudadanía.
Con la muerte del bipartidismo, comenzaron las concesiones que se antojaban necesarias, voluntarias que no inevitables, para lograr el poder. Y así las ideologías se fueron flexibilizando, difuminando y casi desapareciendo, salvo en aquellos partidos que siguieron y continúan manteniendo un objetivo ideológico inamovible: la independencia o el pensamiento único.
Como consecuencia, hoy observamos en la praxis de los partidos un comportamiento basado, no en la ideología, sino en la estrategia política; dicho en plata, en lograr los votos suficientes para gobernar, realizando pactos y concesiones con quienes no mantienen ni una línea en común de pensamiento ni objetivos políticos. Cambios de opiniones que resultan ser cambios de principios ideológicos que ahora se antojan ya inexistentes.
Ante la ausencia de ideologías, principios y discursos; elementos que un día sustanciaron a las formaciones que hoy persisten, la ciudadanía asiste atónita a un engrudo de difícil digestión en declaraciones, intervenciones en la Carrera de San Jerónimo y mítines donde sólo se escuchan acusaciones, reproches y… dejémoslo en medias verdades. A un modo de hacer la anti política.
Y lo más preocupante de todo esto reside en la indiferencia cuando no descrédito con que la ciudadanía asiste a este día a día de la vida política.
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Lunes, 23 de Febrero del 2026
Domingo, 22 de Febrero del 2026