Opinión

Tres deseos y un cuarto

Pilar Olmedo | Domingo, 8 de Marzo del 2026
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Apareció de repente. A deshora, bajando por la chimenea a calentarse en las llamas de las cepas que ardían en el silencio de la noche. Debió de ser así, pensó el marido; un rostro blanco como el de los muertos en un cuerpo transparente de hielo hacía suponer que aquel ser venía del frío.

Ninguno de los dos esperaba tan extraña visita. ¿Cómo podrían esperar lo que no existe? Ni siquiera creían en ellas: esos seres femeninos impalpables, dueños de la fantasía legendaria. Eran ellas, sí, producto de la imaginación de los ricos; ayudadoras oportunas en los cuentos infantiles de niñas de caciques y terratenientes, en fin, gentes éstas de mente con más suerte y dinero. Ellos solo poseían sus manos como fuente de esperanzas. Nada de varitas o estrellas mágicas, nada de azar. Solo un día y otro de trabajo; sea invierno, sea verano.  

Él se asustó, pero siguió partiendo el pan con la navaja. Tras la sorpresa, ella continuó callada.

 - No me esperabais ¿verdad? -. Moviendo la cabeza negativamente, él contestaba sin poder articular palabra.

 - Soy un hada; el Hada Amoraida. He sido enviada para conceder tres deseos sobre esta casa. Disponéis de dos días para meditar en vuestras necesidades. Volveré. 

  Ahora solo quedaban las ascuas encendidas, abrasadoras, de las cepas consumidas.

 - ¿Has visto tú lo que yo he visto? Ha dicho que es una hada; pero si las hadas no existen.... De todos modos, eso de los tres deseos, si fuera verdad... ¿Cómo ha dicho que se llama?

 - Amoraida.

 - Eso me ha parecio a mí, que debe estar un poco "ida".

 - O tener amor....

 - Sea como sea, veme preparando la merendera para mañana, que son muchas las fanegas para arar y sembrar. Ya pensaré…. 

      Ella sí pasó la noche pensando, en vela; los ojos abiertos y los dientes apretaos con fuerza, quieta, no fuera a hacer un movimiento que le despertara, con el corazón revuelto, rebelao.

¿Porqué, inesperadamente, volvía aquella contenida rabia de tantos años atrás?  Ya se había acostumbrado a vivir con ella guardada en lo más profundo de su pozo de mujer. Tres deseos.

¿Participaría ella de alguno? ¿Cabría la posibilidad de pedir algo para sí misma?

 

            Él pasó el día en el campo. Y el siguiente, también.

       Seguía el silencio aquella noche presidiendo la mesa. Mucho en que pensar. La leña ardía como en todas las mudas noches de invierno.

 - ¿Tú crees que vendrá? – dijo, finalmente al acabar de cenar -. Nunca he creído en las hadas. Yo creo que todo esto no es verdad.

 - Yo sí. De pequeña jugaba y yo era un hada buena....

 - Y lo de los deseos, menos todavía. Si volviere, el primero será para probar si todo esto no es un cuento.

              Estas palabras y el hada Amoraida de nuevo se calentaba en las bulliciosas llamas del fuego rojas y amarillas, amarillas y encarnadas...

 - ¿Habéis pensado ya? Podéis pedirme lo que queráis, incluso con el pensamiento. Sólo pensarlo será suficiente.

 - Necesitamos un tractor nuevo con una cosechadora - dijo sin más preámbulos.

- Bien, ya lo tienes.

 - ¿Dónde? Yo no lo veo.

 - Fuera, ¿dónde sino? No pensarías que algo de tal tamaño lo metiera aquí dentro.

 - Anda, es verdad. Eso es un tractor nuevo -. Dijo asomándose por la ventana, apartando los visillos estampados de flores de los limpios cristales.

           Había que probarlo. Dio unas vueltas por el paraor comprobando que su deseo ya era un tractor auténtico y en toda regla. Mientras tanto el hada Amoraida y ella se miraban los ojos.

 - ¡Mi madre! ¡qué tractor! ¡Que los gorrinos me coman si no es el mejor de toda la comarca! Oye, y, ¿dices que son tres los deseos?

 - Sí.

 - Pues me quedan dos. Quiero cincuenta millones, aquí, todos encima de la mesa; no, mejor cien. Eso, cien millones. Aunque no sé quien heredará todo esto....

 La mesa se llenó de billetes. Todos juntos y aún faltaba mesa. Imposible abrir más los ojos. La fascinación le paralizaba el habla; la codicia le devoraba el alma.

Después de contemplar unos minutos el mantel verde y palpar el papel-moneda volvió su mirada al Hada Amoraida. La indecencia brillaba en sus ojos.

 - No - dijo ésta. De mi persona es imposible disponer. Pero si es tu deseo...

 En el dormitorio se oían risas de mujeres. Resignada, atizaba la leña con bríos enérgicos removiendo las candentes brasas... No, no era justo. Después de tantos años de resignación, de privaciones, de silenciar su cansancio de mujer no era justo lo que a él se le daba así.

- Pareces tener frío -. Solo dijo, sin volver a dirigir la vista hacia su única compañera el Hada Amaraida, esquivando sus profundos y gélidos ojos.

       De nuevo solo se oía el estrépito de la lumbre que ardía consumiendo los sueños; una lumbre que ya se apagaba.

 - Bien. Me parece que debo marcharme.

 - Yo no he pedido nada - dijo con la mirada sobre las ascuas rojas y extintas llamas.

 - Han sido tres los deseos.

 - Aún no he pedido nada - argumentaba levantando la mirada, irguiendo la espalda y apuntando el suelo con el atizador.

- Está bien. Solo por esta vez, haré una excepción.

Con los dientes apretaos se esfumó ascendiendo por la chimenea, sintiéndose vencida por una pobre mujer añosa. Aun así, el conceder aquel cuarto deseo le producía una extraña y grata satisfacción.

                             ………………………………………………

 

          Se tumbó en la limpia cama, boca arriba, sobre la colcha confeccionada a bolillos que fuera regalo de bodas de la madre y la abuela. Una cama grande, niquelada en plata, dotada también por su suegro. Testiga muda de su temor primero, de noches de insomnio pasando la barrera del cariño a la indiferencia, noches pensando en buscar el sentido de su vida; de llantos callados cuando él dormía de espaldas y de lágrimas desesperadas a solas al ver pasar la vida, prisionera del solo trabajo y sin un fruto de su vientre que alegrara sus pechos. Sí, alguien a quien besar a la llegada de la mañana y al despedirse el sol. Besos, muchos besos. Cómo hubiese deseado las caricias infantiles a cambio de aquellos años de reproches; reproches en cada frase, en cada suceso. Mejor al paso del tiempo optar por el silencio.

 

Hubiera podido pedirle su corona de cristal, su rostro sin una arruga, sus blancas y delicadas manos... Sí, tendría que haber pedido aquellos hijos que tanto deseó y nunca llegaron. Esos hijos que la fueron convirtiendo en una mendiga y forzosa agradecida a la generosidad marital.

Estaba allí, acostada, desnuda y sin cubrirse. Nada más que un largo y prolongado suspiro de alivio. Sola. Un único deseo para los cuarenta y tantos años de su vida que habían pertenecido a otro y no a ella misma. Sola. Sonreía: inexplicablemente, se sentía satisfecha y afortunada. Un único deseo. Sola. Por primera vez el silencio le pareció hermoso y conciliador. Sola.

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