Nací libre porque así me creó
la divinidad.
Y broté desnuda, en un
amanecer diáfano, del cuerpo desnudo de mi madre.
Al verme, el hombre que fue mi
padre sintió latirle tan fuerte el corazón que fue entonces cuando supo cómo
latía dentro de él. Fue en aquella madrugada cuando mi llanto se unió al
despertar de los pájaros en la bahía del día; cuando mi padre, al sostenerme en
sus brazos, vadeó los brazos de su madre, aquella madre que se marchó cuando él
era tan solo un niño enfermo de dos años.
Mi padre siempre llevó anclada
la herida de haberla perdido.
Pasaron los años y, cuando a
mí me vinieron los dolores del parto, de mi primer alumbramiento, mi padre
estuvo a mi lado. Jamás lo vi llorar ni quejarse por la madre que le faltó,
pero siempre tuvo miedo en los partos de sus hijas, diciéndonos que nos cuidásemos
para poder cuidar de nuestros hijos.
Universos paralelos son las
vidas de nuestros ancestros, como remolinos de fontanares que surgen de la
tierra. Así venimos a la vida: del cuerpo materno de la madre y de la semilla
de amor del padre.
Pero no siempre, en la
geografía de la tierra y en los lugares habitados, la llegada de una hija es
bien acogida. Hay leyes que son barricadas de injusticia, donde los cuerpos de
las mujeres no son respetados ni amados.
Nos han descrito a veces como
frágil mariposa, como rosa impoluta de belleza, pero se nos ha ocultado entre
ramas de selvas impenetrables, dejándonos en una oscuridad perpetua.
Ocurre que esas cosas
terribles se conocen, que son viejas, que vienen sucediendo desde hace tanto
tiempo que se pierden en la memoria colectiva de las naciones. Pero se callan,
se ocultan, se utilizan por actores diversos que se dejan comprar por el sucio
dinero.
Ha sucedido que nos han
borrado de la historia, como sombras fugaces, como niebla dispersa por los
buitres humanos que escribieron las crónicas. No es nada nuevo.
Un año más para recordar la
ignominia creada contra millones de mujeres por leyes escritas por hombres.
Y no cuento los cuerpos
asesinados en las calles de las ciudades por las protestas de miles de mujeres,
ocultadas bajo normas de trapos y telas.
Y no cuento a las mujeres
violadas que se convierten en madres y buscan desesperadamente cómo proteger a
sus hijos.
Y no cuento a las mujeres
asesinadas anualmente en países occidentales, porque tampoco las leyes las
defienden.
Desde hace décadas se celebra
el 8 de marzo en recuerdo de unas mujeres que murieron en una fábrica
defendiendo sus derechos salariales, pero se nos olvida a esos millones y
millones de mujeres que han dado su cuerpo a la maternidad y después se les ha
robado el derecho de ser personas iguales a los hombres.
Y sí, debería nombrar a las
mujeres que, en nombre de ideas políticas, callan ante esas atrocidades.
Y me callo también ante las
mujeres que silencian a otras porque son diferentes, libres de ataduras y
libres también en sus ideales personales.
Y me pregunto, una vez más,
cansada y hastiada:
¿por qué se sale a gritar el 8
de marzo y se hace farándula y fiesta mientras millones de niñas y mujeres
siguen perseguidas y olvidadas?
No me pidáis que cuente cómo
sería un mundo sin mujeres.
Lo sabéis: sería la
exterminación de la especie.
Entonces, ¿hasta cuándo miles
de mujeres serán andenes destruidos, atacados, en este mundo globalizado que se
desangra en guerras e injusticias?
Nací libre porque así lo quiso
Dios, y no esas leyes escritas por hombres donde todavía parpadean injusticias
que cuelgan en los juzgados como sudarios manchados de errores y muertes hasta
hoy.
Hoy, ahora, no escribiré los
nombres de los países que esclavizan a la mujer, que la tratan como inferior en
nombre de Dios y de sus leyes. No los nombro porque los conocemos e incluso,
calladamente, los tememos. No los nombraré, pero en esa orquesta mundial
conocemos la brutalidad que se ejerce sobre niñas y mujeres.
Todos, hombres y mujeres,
somos viajeros en este tren llamado Tierra, dentro de los canales de la vida.
Natividad Cepeda
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Domingo, 8 de Marzo del 2026
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