Opinión

Antonio López Torres, luz y memoria de Tomelloso

Natividad Cepeda Serrano | Viernes, 20 de Marzo del 2026
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Lo conocí de la misma manera que se conocen los árboles de la plaza donde se crecí jugando. Tenía el aroma de las moras caídas en la glorieta de María Cristina y el olor a ova del estanque de la fuente de Lorencete, con sus peces oscuros entrando en oquedades artificiales que los niños llamábamos cuevas. Lo conocí entrando en la sala de Madre Asunción, de la calle doña Crisanta, que era mi bisabuela, porque mi bisabuela- Asunción Cepeda casada con José Grueso conocido popularmente como “el niño bonito”- estaba emparentada con su familia por casamientos familiares y aunque los niños nos enredábamos con los parentescos de la familia sabíamos que nuestro tío-abuelo Manuel, era amigo suyo desde la infancia. Cuando las familias se reunían en torno a la Matriarca, contaban travesuras de Antonio y del tío Manolo, festejando ocurrencias y atrevimientos de cuando los dos eran jóvenes. Lo vi paseando un San Antón con una señora que era su novia, afirmando mi abuela Ricarda, que no sería ella quien viera casado a Antonio. No pasando mucho tiempo volví a escuchar que el vaticinio de mi abuela se había cumplido.

Afirmaban los mayores de la familia que Antonio pintaba muy bien. La primera vez que pude contemplar un cuadro suyo fue en casa de Juan Torres Grueso, escritor y poeta, primo de mi madre y primo de Antonio, al que en la familia llamaban el primo Juanito. Yo solía ir a jugar con sus hijas Paloma, María José y Honestina, los domingos de invierno a su casa de la calle del Campo, en verano a la bodega de la Avenida de Záncara, donde nos bañábamos en una piscina familiar. Recuerdo que Honestita González Manzaneque, la mujer de Juan Torres Grueso y madre de mis primas, pasó al salón comedor con algunos invitados para que estos vieran un cuadro de López Torres; cuando salieron todas nos metimos corriendo en la habitación a mirar los cuadros. Como yo no lo veía muy bien me subí con zapatos y todo encima de la silla tapizada de terciopelo dejando allí mis delatoras huellas, huellas que nos apresuramos a limpiar con las manos para evitar la regañina.

En aquellos años Antonio iba y venía al pueblo porque decían que daba clases y estudiaba en otras ciudades, y los niños escuchábamos hablar de él con la misma naturalidad que se hablaba de la confitería de la Lilia, el precio de las uvas o la bajada del precio del queso, mientras que en las fiestas nos daban para merendar bizcochos borrachos o mojicones.

Luego por la anchurosa vereda de la vida el fruto de los años se hizo conjuro y un día Rocío Torres Márquez, prima mía y sobrina de Juan Torres Grueso  casada con Juan Luis López Palacios, sobrino de Antonio López Torres, me llamó por teléfono para preguntarme sobre un dibujo presentado por mi hija mayor al certamen de Tomelloso de dibujo y pintura, donde don Antonio era presidente del jurado, porque él dudaba de que una niña de once años hubiera realizado unas figuras varoniles vestidas con blusa y boina tan perfectas. Les dije que el mejor modo de comprobarlo era que la niña realizara el dibujo delante de Antonio. Ante mi respuesta, Antonio López Torres no lo dudó más y él personalmente le hizo entrega a mi hija del premio en la Casa de Cultura de Tomelloso.

Por entonces en Tomelloso era habitual ver al viejo Maestro ataviado de su bata blanca llena de lamparones de pintura de diversos colores, cruzar sin ver a nadie por las calles del centro —que siempre fueron por donde él vivió— y contemplarlo las gentes como parte de un patrimonio frágil y tembloroso, con su barba de plata cayéndole sobre el pecho en idas y venidas de manera sencilla, como si fuera un gorrión más de los que volaban sin miedo por encima de nuestras cabezas.

Crecía su figura sobre el mantel de los días y sobre la noria de los años se remansaban los recuerdos y la sombra de los que se habían ido marchando.

El tiempo con su queja de lamento fue rodeando la figura de Antonio López Torres de otras gentes, y como testigo de aquellos años ahí está Serafín Herizo y las fotos magistrales que él con su cámara le hizo al amigo y al artista. Y están los jóvenes que ahora lo recuerdan como una figura de ensueño caminando al filo de la infancia y la leyenda. Una leyenda que cuenta que el pintor era excéntrico y huraño, que solía enredarse con el sol del verano y para someterlo dentro de su pintura caminaba hacia él calándose un sombrero de paja. Se iba hasta las eras con su caballete, sus pinturas y sus sueños románticos metidos en el alma y en el asidero de los cielos.

La vida es miradero del laberinto del corazón; sobre la vastedad que el silencio amuralla al pasar los lustros, suele limar lo que hubo de desabrido y lustra en las bisagras de los años el genio de una vida. Chorro de luz es la obra pictórica de López Torres, que nace sin ceremonial inútil dentro de la retina de quien la contempla. Apasiona su desnudez figurativa. Nace la admiración ante el realismo de amor que fluye en cada uno de sus cuadros. Se transfiguran los motivos plasmados en los lienzos porque nos muestran su conciencia sobre la vida que lo rodeaba y todo lo que, a él, de alguna forma, lo hizo diferente.

En el verano del 2002 se conmemoró el centenario de su nacimiento y fue justo que se le rindiera homenaje por su legado cultural. Y es justo que se trasiegue con su nombre y su recuerdo con el debido respeto. Desde el museo que lleva su nombre en la glorieta de María Cristina, su verdad es el silencio y la luz que caen sobre sus lienzos. Lo demás son miradas invasoras sobre la memoria de un hombre que forjó y dedicó su existencia al inapreciable esfuerzo de crear belleza. La belleza desnuda de su pueblo, Tomelloso, representada en sus gentes y en sus paisajes. Una belleza que no es otra que la belleza austera de La Mancha, su credo, su fuerza, su verdad desnuda que por siempre nos hablará de él desde sus cuadros.

Sin embargo, en los veranos tomelloseros, cuando el sol del estío inunda con su luz las calles sin dejar resquicio para la sombra, cercano al mediodía las calles largas y rectas suelen verse desiertas. Al pasar por ellas se percibe la geografía rústica que rodea al pueblo. Más allá del sol, por encima de los caminos que llevan a estas tierras auténticas de La Mancha virgen, se divisan mares verdes y dorados que aguantan altivos los rayos del sol.

Probablemente por esa causa Tomelloso es todo luz. Hasta los que se fueron son luz nacida en los recuerdos. Calla el Museo de López Torres en su refugio de la glorieta de María Cristina, mientras la luz se hace materia de fuerza viva sobre los lienzos de Antonio López Torres que supo recoger como nadie el color y el calor de su paisaje.

No todo es tópico al recordar a un pintor de acusada personalidad que no necesitó de ninguna estratagema para ser auténtico y fiel a lo que él como artista fue descubriendo y como creador nos dejó en su pintura. Los artistas inolvidables jamás necesitan de lisonjas huecas porque al morir no desaparecen, al contrario, se afianza la belleza que fueron capaces de crear sin menosprecio del tiempo.

Cada cuadro de Antonio López Torres es un trozo de vida. Amó el verano, los pájaros, el canto del campo y la belleza austera de su tierra. Amó Tomelloso siendo simiente bajo su sol. 

El sábado 21 de marzo de 2026 se conmemora los cuarenta años de la inauguración del Museo López Torres de Tomelloso

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