Tomelloso

Una “Tristana” íntima y poderosa pone en pie al Marcelo Grande

La ópera de Miguel Huertas y Teatro Xtremo firma una noche intensa de música, emociones y libertad

Francisco Navarro | Domingo, 29 de Marzo del 2026
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Tuvieron que saludar varias veces los componentes de Teatro Xtremo dada la larga ovación que recibieron cuando (de manera figurada) cayó el telón de Tristana. La función fue un completo éxito: la expectación previa se confirmó y el público disfrutó del espectáculo que hizo parada —gozosa parada— este sábado en el Marcelo Grande de Tomelloso tras haber pasado por El Escorial, Aranjuez y Tenerife, antes de iniciar su gira por América.

Ya saben nuestros lectores: Tristana es una ópera de cámara que dialoga con la novela de Galdós y la película de Buñuel, con partitura del músico tomellosero Miguel Huertas y libreto del escritor mexicano Jorge Volpi.

El Marcelo Grande registró una entrada digna —quizá no tanta como la importancia del espectáculo merecía—, con la platea casi llena. Entre el público se encontraba el actor Emilio Gavira, que destacaba a este periodista el acierto de programar espectáculos de este nivel en nuestro entorno. Durante la hora y cuarto de representación no se oyó ni una mosca en la sala; el respetable trató con reverencia las ansias de libertad de la joven protagonista.

Música, escena y emoción contenida

A Tristana le da vida la soprano Ruth González, espectacular en su complicado papel; a Lope lo interpreta el barítono Enrique Sánchez-Ramos y el tenor César Arrieta hace de Hugo. Compenetrado, equilibrado y solvente, el trío de cantantes destaca por su cuidada y clara interpretación, por la proyección de sus voces que facilita al público seguir la trama casi sin mirar a los subtítulos.

La música de Huertas sobrevuela —traviesa a veces, respetuosa, sutil, minimalista— agrandando los recitativos, envolvente, potenciando las canciones… También dramática, enfatiza la tensión, la violencia a veces no contenida, el ambiente obsesivo de la función. Se nota el mimo del tomellosero a la hora de trasladar al pentagrama el carrusel de emociones de Tristana. Al piano estuvo el propio Miguel Huertas Camacho; a la percusión, Juanjo Guillem; y al violonchelo, Irene Celestino.

Los músicos tocan al mismo nivel que los personajes, forman parte de la escena. El escenario es mínimo, sobrio, pero el espectador, gracias a las cámaras laterales y cenitales, es testigo de lo que ocurre en la obra desde todos los ángulos. Nos convertimos en vigilantes exhaustivos y minuciosos del sinvivir de Tristana. Una cama —un tálamo que es un verdadero campo de batalla de emociones— y un piano es todo el atrezo.

La imagen, los recuerdos que uno tiene de Tristana son los de la película de Buñuel: las calles de Toledo, Catherine Deneuve, Fernando Rey, Franco Nero… la transgresión, el erotismo desaforado del de Calanda, el devastador final. También, cómo no, la turbadora portada de la edición de la novela de Galdós en Alianza Editorial: una desangelada pierna ortopédica, de plástico y con una bota. La ópera, en este caso, vuelve a Chamberí, donde la situó el canario, pero —como avisa la información previa— “en pleno siglo XXI”.

Tristana, la ópera, simplifica la tramoya galdosiana (y no digamos la de Buñuel), reduciéndola a la urdimbre, a lo necesario, a lo esencial. Como nos adelantó Miguel Huertas, Don Lope es Juan López Garrido, un déspota profesor de canto que se cree progresista; Tristana es su alumna; Horacio cambia los pinceles por el oficio de tenor y Saturna deja el servicio para ser la narradora. Luisa Torregrosa borda el rol.

Libertad no es una palabra que suene bien en boca de mujeres”, proclama Saturna al comienzo de la función. Y ese es el santo grial que busca la protagonista durante toda la ópera. Lo recorremos a través de un paisaje íntimo, político y emocional donde se cruzan el amor, el poder, la dependencia y la necesidad de romper con todo.

La protagonista acaba mutilada, no de una pierna como en la novela, sino de su voz. Pero frente a la sumisión galdosiana, opta por la libertad: “Os reiréis cuando os diga que quiero ser siempre libre”.

El público, como decimos, dedicó en pie una larga y merecida ovación a la compañía.

Buena música, bellas voces, emociones, pensamiento crítico, reivindicación, valentía, ruptura… ¿qué más se le puede pedir a una noche de sábado?

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