Aprovechamos que Bernardo
Fernández-Pacheco va a participar en un encuentro con lectores para charla
sobre su último libro “Un viaje por mi tierra. La ruta del Quijote en el
siglo XXI”. Ha recorrido 27 pueblos en diez días tiene claro que el Quijote
sigue siendo un gran desconocido, incluso en su propia tierra. Durante la
entrevista deja clara una idea, hemos hecho del Quijote un símbolo
cotidiano, pero quizá aún nos falta volver a leerlo de verdad.
—Se ha embarcado en
una aventura que recuerda las de Azorín o la más reciente de Julio Llamazares…
—Hombre, no he llegado a tanto,
pero sí es verdad que me eché al monte con una idea que llevaba mucho tiempo
rondándome la cabeza. Era casi una necesidad personal. Quería vivir esa
experiencia de recorrer los lugares del Quijote, de pisar el terreno, de mirar
el paisaje con calma. Luego, con todas las notas, los apuntes y los recuerdos
que fui acumulando, ha salido “Un viaje por mi tierra. La ruta del Quijote en
el siglo XXI”. Es un libro de viaje, pero también muy interior, y la
verdad es que estoy muy satisfecho de haber dado el paso.
—Un viaje que no ha
sido precisamente corto, ha visitado veintisiete pueblos…
—Exactamente. Porque hay
que tener en cuenta que la ruta del Quijote no está cerrada ni definida con
precisión. En la obra de Cervantes hay referencias, pero son pocas y, en
muchos casos, abiertas a interpretación. El Toboso es el gran eje, eso está
claro, pero luego hay decisiones que dependen de cada uno. Por ejemplo, cuando
llegas a Sierra Morena, el propio texto plantea varias opciones. Eso
convierte el viaje en algo muy personal, en una reconstrucción que cada
cual puede hacer a su manera.
—Y en ese camino
aparece inevitablemente el debate sobre la patria de Don Quijote, ¿no es así?
—Sí, y además con
bastante intensidad. Es un debate que ha ido creciendo con los años,
especialmente a partir de determinadas conmemoraciones. De hecho, en muchos
foros se termina hablando más de dónde era Don Quijote que de lo que realmente
significa la obra. Por eso, uno de mis objetivos era ofrecer información
suficiente para que el lector no se quede solo con lo que oye, sino que
pueda formarse su propia opinión con criterio.
—Da la sensación de
que en La Mancha hablamos mucho del Quijote… pero lo leemos poco.
—Esa es la paradoja. El
manchego medio conoce muy poco el Quijote de primera mano, aunque lo tenga
presente en su vida cotidiana. Utilizamos sus nombres constantemente, forman
parte del paisaje —institutos, calles, negocios—, pero eso no significa que
haya una lectura real. Y claro, eso genera una relación un poco superficial con
una obra que es muchísimo más profunda.
—Incluso lo puso a
prueba en una presentación, ¿cómo fue?
—Sí, fue casi un
experimento improvisado. Planteé cinco preguntas muy sencillas, cosas que están
al principio del libro. Por ejemplo, qué comía Don Alonso Quijano los domingos.
Y la reacción fue muy significativa, silencio, dudas, caras de sorpresa.
Eso demuestra que no hay un conocimiento directo. No es una crítica, es una
constatación de que nos hemos alejado del texto original.
—¿Cómo ha sido ese
viaje? ¿A pie, en bici…?
—Podría haber sido de
muchas formas, porque me gusta andar y también la bicicleta, pero opté por el
coche. Quería acercarme a la experiencia del viajero actual, al lector
que puede coger su vehículo y seguir esta ruta. Me parecía más útil en ese
sentido. Así que fue algo muy sencillo, el coche, una maleta pequeña y salir
sin demasiadas ataduras.
—¿Y en soledad?
—Sí, prácticamente todo
el tiempo. Solo coincidí con un amigo en un momento concreto, pero en general he
buscado deliberadamente la soledad. Quería vivir el viaje con cierta
intimidad, sin interferencias, escuchando también lo que el propio camino te va
sugiriendo. Ha sido un viaje exterior, pero también muy interior, y creo
que eso se nota en el libro.
—¿Por qué empezar en
Argamasilla de Alba?
—Porque para mí tiene un
valor especial. Mi relación con el Quijote empieza allí, en 1972, cuando
participé en una obra de teatro siendo muy joven. Aquella experiencia me marcó
y desde entonces no he dejado de leer la obra. El Quijote es un libro de
cabecera para mí, así que tenía todo el sentido que el recorrido arrancara
en ese punto tan personal.
—¿El libro también
reflexiona sobre qué es realmente La Mancha?
—Sí, porque no es una
cuestión sencilla. La Mancha ha sido históricamente una región con límites
poco definidos, que ha ido cambiando según decisiones políticas o
administrativas. Ha estado vinculada a distintos territorios, pero sin una
identidad cerrada en ese sentido. No existe un sentimiento nacionalista
manchego, y eso también es una característica propia.
—Sin embargo, sí hay
un fuerte localismo…
—Eso sí. El localismo
está muy arraigado, y se nota, por ejemplo, en todo lo relacionado con la
ruta del Quijote. En lugar de haber una visión compartida, lo que encontramos
muchas veces son rivalidades entre pueblos por apropiarse de ese legado. Eso
dificulta construir una idea común de La Mancha, aunque también forma parte
de nuestra manera de ser.
—¿Cómo está
funcionando el libro hasta ahora?
—Bueno, dentro de lo que
es el mundo editorial, estoy contento. Ya voy por la cuarta edición, que
no está nada mal. En las presentaciones siempre hay gente interesada, que ha
oído hablar del libro o que llega con curiosidad. No son cifras espectaculares,
pero sí suficientes para sentir que el trabajo ha encontrado su público.
—¿Y sigue escribiendo?
—Sí, no paro. Tengo
varias ideas en marcha, aunque todavía están en una fase muy inicial. Cuando
me jubilé decidí dedicarme a esto de lleno, era algo que tenía pendiente.
Es verdad que hoy en día se publica mucho y eso impone cierto respeto, incluso
un poco de pudor. Pero al final, si tienes algo que contar, tienes que
hacerlo. No queda otra.
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Martes, 14 de Abril del 2026
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