La ventaja de conocer el argumento de “Asesinato en el
Orient Express”, de tantas veces como lo hemos leído y visto —sobre todo en
la cinta de Sidney Lumet y su irrepetible constelación de actores y actrices—
es que, como ya sabemos cómo acaba, podemos dejar de lado la trama y centrarnos
en la interpretación o la escenografía. En asuntos, digamos, más teatrales, ya
que la resolución del caso más famoso de Hércules Poirot está implantada en
nuestro córtex (en el del numeroso público del Marcelo Grande) de manera
indeleble.
Nuestro resumen es que este viernes disfrutamos en el
Marcelo Grande de una gran función con la versión para las tablas de “Asesinato
en el Orient Express” de Ken Ludwig. Pinkerton Producciones nos regaló
una noche de teatro bien hecho, soberbiamente interpretado; a pesar de
algunas insistentes y contagiosas toses primaverales en la platea, no nos
perdimos ni una frase, y eso que los actores no llevaban micrófonos.
Capítulo aparte merece la escenografía, bien resuelta, potente, atractiva, capaz de trasladar el ambiente opulento y a veces asfixiante del tren más famoso de la historia. El vestuario y las caracterizaciones están muy logrados. Era justo que el respetable premiase al elenco con una gran ovación: no era para menos.
Un engranaje coral que funciona
En el montaje de José Saiz las puñaladas que recibe Rachett
solo son ocho frente a las doce que ideó Agatha Christie; pero no es un asunto
baladí encerrar a diez personajes durante casi dos horas en un escenario tan,
como hemos dicho, asfixiante algunas veces.
Una voz en off nos cuenta el origen de todo: el secuestro y
posterior asesinato del hijo del coronel Armstrong (ya saben nuestros lectores
que Christie se basó en la tragedia del aviador Charles Lindbergh). Vemos en
escena un vagón del Orient Express estacionado en la estación de Estambul del
que brota vapor. El andén sirve para presentar a los personajes, y es ese coche
de Wagon Lits el que se irá convirtiendo durante la función —actores mediante—
en compartimentos o salón.
A partir de ahí se desarrolla una trama conocida que
sostiene Juanjo Artero, dando vida al más famoso detective privado
nacido en Bélgica. Un Poirot elegante, cercano y brillante, con barba y
mínima coleta, pero con bombín y presencia escénica incontestable.
Otra de las grandezas de la obra es la perfecta compenetración entre el elenco y el protagonista. Los personajes están bien construidos, con diálogos ágiles y un engranaje coral certero. Tal vez podríamos destacar —sin desmerecer a ninguno— a Candela Granell como la Condesa Andreny, a Mónica Zamora como la Princesa Dragomiroff, a Paco Pellicer como el servicial Michel o a Helena Font en su torrente Mary Debenham.
Un final conocido que invita a pensar
El archisabido final —con el dilema moral que conlleva— nos
lo plantea el montaje de José Saiz de manera sobria y alejada del tempo
general de la obra. La conclusión nos enfrenta, una vez más, a una
reflexión sobre la venganza y la justicia.
El respetable aplaudió y los actores saludaron en otra
conclusión esperada y esperable. Y es que salimos anoche contentos del
Marcelo Grande.
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Sábado, 18 de Abril del 2026
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