Es
una de las efemérides más repetidas: el 23 de abril de 1616 el mundo perdió a
Cervantes y Shakespeare. Pero la realidad es que nunca compartieron fecha de
defunción en tiempo real. La razón es la «guerra de los calendarios» entre el
mundo católico y el protestante
En 1582, el Papa
Gregorio XIII decidió corregir el calendario Juliano, que se había desviado
diez días del ciclo solar. La reforma del calendario juliano, utilizado desde
que Julio César lo instauró en el año 46 a. C., para
dar paso al vigente calendario gregoriano, al que va ligado su nombre.
Instaurado el 4 de octubre de 1582, el nuevo
calendario vino a solucionar el problema que planteaba el hecho de que el año
juliano tenía 11 minutos y 14 segundos más que el año solar, lo que había
provocado que la diferencia acumulada hiciera que el equinoccio de primavera se
adelantara en diez días.
Gregorio XIII, asesorado por el astrónomo
jesuita Christopher Clavius promulgó, el 24 de febrero de 1582,
la bula Inter Gravissimas en la que establecía que
tras el jueves 4 de octubre de 1582 seguiría el viernes 15 de octubre de 1582.
Con la eliminación de estos diez días desaparecía el desfase con el año solar,
y para que no volviera a producirse, se eliminaron en el nuevo calendario tres
años bisiestos cada cuatro siglos.
Así, el calendario gregoriano es
su legado más valioso y reconocido para la Humanidad. Gregorio
XIII, de nombre secular Ugo Buoncompagni, estudió
derecho en la Universidad de Bolonia, donde obtuvo, en 1530, el doctorado
en Derecho y el doctorado en Derecho Canónico; era,
por tanto, doctor in utroque iure (en uno y
otro derecho). Fue profesor en la Universidad de Bolonia desde 1531 hasta 1539.
España, como
bastión católico, lo aplicó de inmediato. El nuevo calendario del Papa Gregorio XIII sorprendió al rey de España
(y Portugal) Felipe II en Lisboa, promulgando allí mismo un decreto al efecto
(29-9-1582), señalando que en todos sus reinos «el quinto día del mes de
octubre pasara a ser decimoquinto».
Inglaterra,
por su parte, rechazó el cambio "papal" por motivos religiosos y no
lo adoptaría hasta 1752 (Del miércoles 2 de septiembre se pasó al jueves 14 de
septiembre).
Esta
brecha de diez días entre ambos calendarios, creó situaciones que hoy nos
parecen de ciencia ficción. El ejemplo más extremo de este "caos
temporal" lo protagonizó Santa Teresa de Jesús.
La
mística abulense falleció en Alba de Tormes la noche del 4 de octubre de
1582. Lo fascinante es que esa fue, precisamente, la noche elegida por
Felipe II para aplicar la reforma gregoriana en España. Por decreto real, al
jueves 4 de octubre le siguió el viernes 15 de octubre. Santa Teresa murió el
día 4 y fue enterrada el día 15... ¡a la mañana siguiente!
En
los registros parece que pasó una semana, pero en realidad fue el paso natural
de una noche a otra en la que diez días simplemente "se evaporaron"
de la historia española.
Cuando
España e Inglaterra intentaban hacer las paces, el calendario era un verdadero
quebradero de cabeza logístico. Un ejemplo perfecto es la firma del Tratado
de Londres en 1604, que ponía fin a la guerra entre ambos países.
Para
que el documento fuera válido y no hubiera confusiones sobre cuándo empezaba el
cese de hostilidades, los diplomáticos se veían obligados a fecharlo por
duplicado. En el texto oficial aparecen las dos fechas: 18 de agosto (según
el calendario inglés) y 28 de agosto (según el español).
Si
un barco español atacaba a uno inglés el día 22 de agosto, ¿estaba rompiendo la
paz? Dependía de qué calendario llevara el capitán en su camarote. A este
sistema de doble fecha se le llamó históricamente "Old Style"
(Estilo Antiguo) para el juliano y "New Style" (Estilo Nuevo)
para el gregoriano.
Volviendo
a nuestros literatos, cuando Miguel de Cervantes fue enterrado en Madrid
el 23 de abril de 1616 (había muerto el 22 de abril), para los ingleses ese día
era todavía 13 de abril.
Por
su parte, cuando William Shakespeare falleció el 23 de abril de su
calendario, en España ya era el 3 de mayo. Shakespeare sobrevivió a
Cervantes por un total de 10 días reales, aunque la posteridad, por
comodidad y romanticismo, prefiera verlos partiendo juntos en la misma fecha
del calendario.
A
pesar de que los calendarios los separaron, hubo algo que los unió con una
precisión asombrosa: su paladar. Ambos autores compartieron la admiración por
los productos de las tierras hispanas, especialmente el vino.
Cervantes
incluyó los vinos de diferentes procedencias españolas: Ciudad Real, San Martín
o Cazalla en sus obras, como en el Quijote y en las Novelas
Ejemplares. Shakespeare, por su parte, también dejó constancia del
«lujo y exotismo» refiriéndose a la Malvasía de Canarias (Sack)
en obras como Enrique IV.
Es
curioso pensar que, mientras uno apuraba sus últimos días en la calle del León
de Madrid y el otro en su retiro de Stratford-upon-Avon, ambos podrían haber
brindado con el mismo vino que celebraban en sus páginas. Estaban distanciados
por la religión y por el tiempo de los hombres, pero unidos para siempre por el
tiempo de la literatura.
Constantino López
Sociedad
Cervantina de Alcázar
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Domingo, 19 de Abril del 2026
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