Vivimos
rodeados de contactos. Tocamos una pantalla y accedemos a una noticia, a
una imagen, a un comentario, a una consigna, a una discusión, a una
ocurrencia, a una invitación al olvido
inmediato. Nunca habíamos estado tan conectados y, sin embargo, pocas
veces ha resultado tan evidente que conectar no siempre significa
vincularse. Hay contactos que apenas nos rozan. Hay mensajes que llegan,
pero no permanecen. Hay palabras que circulan mucho
y significan poco. Por eso, quizá hoy convenga recordar que un libro no
es un contacto: es un trato.
Un
trato exige tiempo. Exige atención. Exige una disposición distinta del
ánimo. Uno no entra en un libro como entra en una sucesión de estímulos,
sino como entra en una conversación verdadera.
Abrir un libro sigue siendo, todavía, uno de los pocos gestos de
nuestra época que desobedecen a la prisa. Nos sentamos, callamos,
leemos. Y, sin darnos cuenta, aceptamos algo que el mundo de la
inmediatez considera casi una extravagancia: que no todo debe
suceder deprisa, que hay cosas que solo se comprenden cuando se les
concede demora.
Ese
es uno de los grandes valores del libro en nuestro tiempo. No
únicamente lo que contiene, sino lo que nos pide. Nos pide concentración
en medio de la dispersión. Nos pide silencio en
medio del ruido. Nos pide continuidad en medio de la fragmentación. Nos
pide paciencia en un presente que confunde velocidad con inteligencia.
Y, sobre todo, nos pide una forma de respeto: la de concederle a otra
conciencia, a otra imaginación, a otra experiencia
del mundo, un tiempo que hoy apenas concedemos a algo.
Leer
no es solo informarse. Tampoco es solo entretenerse, aunque también
pueda serlo. Leer es entrar en relación. Con quien escribió. Con quienes
leyeron antes. Con quienes leerán después.
Con el idioma. Con el pasado. Con uno mismo. Los libros nos traen
noticias de nuestra intimidad, incluso cuando hablan de lugares remotos,
de épocas desaparecidas o de vidas que no se parecen en nada a la
nuestra. A veces una frase nos nombra mejor de lo que
habríamos sabido hacerlo. A veces una página ilumina una preocupación
que aún no habíamos formulado. A veces un personaje ficticio nos dice
una verdad real.
También
por eso los libros son una escuela de democracia íntima. Nos enseñan a
matizar, a escuchar, a sospechar de las respuestas demasiado rápidas y
de las certezas demasiado ruidosas.
Quien lee con frecuencia se acostumbra a convivir con la complejidad,
con la ambigüedad, con los claroscuros de la condición humana. Y eso no
es una debilidad: es una forma de inteligencia cívica.
En
un tiempo que a menudo premia el eslogan, el exabrupto y la
simplificación, el libro sigue siendo uno de los mejores lugares para
aprender que comprender no es reducir, que pensar no
es repetir y que conversar no es derrotar al otro.
Pero
el valor del libro no termina en la esfera individual. Una sociedad que
cuida sus libros, sus bibliotecas, sus librerías, sus editoriales, sus
clubes de lectura, sus autores y autoras,
está cuidando mucho más que un sector cultural. Está cuidando sus
posibilidades de conversación consigo misma. Está protegiendo una forma
de memoria compartida. Está defendiendo un espacio en el que las
generaciones pueden encontrarse, disentir, aprender y
reconocerse. Allí donde hay libros circulando, prestándose,
recomendándose, subrayándose, comentándose, hay algo más que cultura:
hay comunidad.
Por
eso, hoy 23 de abril, Día Internacional del Libro, quizá no haga falta
insistir solo en que leamos más, sino en cómo leemos y para qué. Leemos
para no quedar atrapados en la superficie.
Leemos para preservar una relación humana con las palabras. Leemos para
que el mundo no se convierta en una sucesión de impactos sin
significado. Leemos para que el otro siga siendo un tú y no un simple
ello. Leemos porque necesitamos conocimiento, sí, pero
también porque necesitamos conversación, imaginación, memoria,
criterio, asombro y sentido.
Frente
al contacto fugaz, el libro nos propone un trato duradero. Frente a la
rapidez, una pausa. Frente al ruido, una voz. Frente a la dispersión,
una forma de presencia. Frente al empobrecimiento
del lenguaje, una casa más amplia para pensar y vivir.
Celebremos,
pues, el libro no solo como objeto cultural, sino como una de las
formas más hondas de la relación humana. Celebremos a quienes los
escriben, los editan, los traducen, los ilustran,
los imprimen, los recomiendan, los prestan, los enseñan y los leen. Y
celebremos también esa experiencia aparentemente sencilla, pero cada vez
más valiosa, de sentarse a solas con unas páginas y salir de ellas un
poco menos solo, un poco más acompañado, un
poco más capaz de comprender.
Porque un libro no es un contacto. Es un trato.
Emiliano García-Page Sánchez
Presidente de Castilla-La Mancha
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Jueves, 23 de Abril del 2026
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