A ritmo de tambor marcando las zancadas de los porta-pasos
semanasanteros, o por lo menos así me ha parecido la solemne entrada de Ciri
esta tarde en el cafetería. El sol casi poniente ha dibujado su silueta sobre
la pared del establecimiento.
Ya dentro se ha desprendido de un sombrero panamá de
verano, el color amarillo pálido data el material del que está hecho. Siempre a
ritmo y movimientos medidos lo ha colocado en la percha más cercana a su silla,
cosa que agradezco, porque dejarlo en la mesa, me parece una falta de higiene,
tanto para los comensales como para la testa que posteriormente tapará.
Puedo adivinar que haber cumplido un centenar de
encuentros junto con su publicación y habiendo recibido tantos parabienes y
enhorabuenas se le han subido a la cabeza, de modo que se sueña con fama de
artista distinguido.
—Buenas tardes, Don Ciri —saludo con cierto sarcasmo
suave.
—Muy buenas las tengamos.
—Parece usted un gentleman de película por esos
andares de contoneo y el salero al acomodar con tanto cariño su flamante
sombrero.
—Así es. Mi figura atlética de este modo lo proclama. Me
lo ha regalado mi querida señora por aguantarte cien tardes y evidentemente
para la romería pasada.
Nos reímos con la alegría que nos caracteriza. Abrazo
cariñoso entre los dos. En ambos rostros se descubre la ilusión y el
agradecimiento mutuo de amigos entrañables.
Comentamos que la cafetería está más concurrida que
otras tardes y como el orgullo es tan falso y pegajoso nos tienta, para creer
que es por nosotros. Algunas miradas preguntonas sí hemos descubierto. Los tres
amigos vecinos de otros días también se han levantado de sus asientos con una
afectuosa felicitación. Son entrañables del mismo modo.
No podían faltar Manolo, el camarero, y Kali, se han acercado trayendo los cafés, las
magdalenas y unas inclinaciones de cabeza y torso, manos a la espalda y
reverencias estilo medieval, para
regocijo de los presentes.
Estamos de acuerdo Ciri y yo en que se va creando un
grupo muy interesante de amigos en el ámbito de la cafetería como en el espacio
de internet, incluso interactuando y comentando con nosotros desde Facebook y
WhatsApp.
Comentamos la romería del fin de semana pasado,
coincidimos en que fue muy concurrida con momentos de disfrute de cualquier
persona tomellosera o amiga. Así mismo coincidimos en que el paso por la plaza fue
excesivamente prolongado por sufrir demasiados cortes en su desarrollo. Fuimos
testigos de que gran número de asistentes se privaron de verla en su totalidad
por el cansancio y prefirieron marchar a casa.
Continúa el goce del café y las magdalenas. Sabéis,
compañeros lectoras y lectores, que Ciri es “mu bacín” como se dice por
estos lares, no cesa de observar a diestro y siniestro el ir y venir de la
gente, pero a la vez respetuoso para no intervenir con murmuraciones.
—¡Cálamus!
Ha exclamado mi amigo al borde de un atragantamiento
con la magdalena a medio deglutir. Confieso que me ha dado un volquinazo el
corazón por el susto, que me ha producido el grito y su escape directo a la barra. Hacia allí miro y
comprendo el grito. Hay un señor con un morral pidiendo una consumición al
camarero. Con un alborozo exagerado a mi entender se saludan ambos y en pocos
minutos se dirigen los dos hacia nuestra mesa.
Os recuerdo que este señor es periodista a su modo.
Nos hizo una visita antes de las navidades pasadas. Tiene la cualidad de
atravesar el tiempo y el espacio, él la llama “acronotopología”, nos sonaba
entre brujería y futurismo; nosotros que somos muy de pisar firme no nos
fiábamos, terminamos amigos. “El plumilla del Mediterráneo” lo bautizó Ciri.
—Bueno, amigo Cálamus, a qué debemos tu agradable
visita por estas tierras. Algo importante debe estar sucediendo y me duele no
estar enterado, mi curiosidad es un pozo sin fondo —interroga mi compañero sin
miramiento alguno.
—Has acertado de lleno. Está sucediendo algo que viene
preocupándome años atrás.
—Te refieres —intervengo yo— a algo que ha comenzado y
no ha concluido aún, evidentemente.
—Así es. Si me permitís deleitarme un minuto con esta
delicia de café os informo detalladamente.
—Faltaría más. —Se apresta a decir mi colega sin una
nimiedad de convencimiento, pero a ver qué remedio…, imprescindible frenar la inquietud
y esperar.
La respuesta no se hace esperar.
—Visito vuestra geografía, porque me han dicho que
durante algunos fines de semana se celebran romerías en muchos pueblos. Me sorprendió
sobremanera porque romería es el nombre que se daba a las peregrinaciones de
cristianos a Roma, a ellos se les llamaba romeros. Me imaginé cientos de
personas por esos caminos de Dios en dirección a Roma.
Con una mirada nos decimos Ciri y yo lo ingenua que
puede ser una persona desconocedora de algo.
—Pero… —continúa Cálamus— mis preguntas, como buen
informador de acontecimientos importantes, quedaron resueltas en el momento que
me invitaron a una de ellas. Se trata, como muy bien sabéis, de peregrinar con
una imagen de María la Madre de Jesús, a los que conocí hace años, traída a
hombros de personas devotas.
—Así es —interviene Ciri todavía con cara de asombro
por la obviedad del visitante.
—Voy a recorrer varios pueblos cercanos e informaré
debidamente con mis artículos detallando los eventos.
—En eso quedamos. Pero avísanos cuando vuelvas para
estar atentos.
—Eso va a ser difícil, no me gusta escribir mensajes
en papel, se gasta mucho dinero y menos en esos aparatos con los que habláis entre
vosotros, pienso que va a salir alguien y me morderá la oreja.
La carcajada que damos con tal ocurrencia contagia a
los tres vecinos perennes. Nos reponemos porque el plumilla nos hace señales de
tranquilidad. No bien estamos callados cuando le oímos decir:
—En mi última visita no concluimos nuestra reunión sin
haber tomado unas copas de un licor servido a los dioses.
—¡Por Zeus, Cálamus! ¡Al instante se cumplirá tu
voluntad.
Amigos lector y lectora ya sabéis a qué está haciendo
mención… Efectivamente a la copita de mistela tomellosera.
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Sábado, 2 de Mayo del 2026
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