En el vasto y complejo universo de la medicina
contemporánea, existe un pilar sobre el que se edifican las esperanzas más
ambiciosas de la humanidad: las células madre. Bautizadas con este
nombre por una razón que trasciende la mera biología, estas células poseen la
asombrosa capacidad de regenerar, de dividirse y de solventar todo aquello que
otras células —envejecidas, mal formadas o exhaustas— no están haciendo bien o,
simplemente, han dejado de hacer. Son el origen, el motor de reparación, la
promesa de curación en un cuerpo que falla.
Sin embargo, en este primer domingo de mayo en España, resulta inevitable e imperativo trazar un paralelismo feroz y crítico entre esa maravilla microscópica y la figura monumental que le da nombre. Porque mucho antes de que los microscopios electrónicos y las placas de Petri descifraran el milagro celular, ya existía la ciencia sin tratados ni manuales más extendida, compleja y solvente del mundo: la maternidad.
El Espejismo de la Gratitud
Hoy es el Día de la Madre. Un día que, si somos honestos y
voraces en nuestra reflexión, ha sido secuestrado por la maquinaria de los
centros comerciales para vendernos la ilusión de la gratitud a través de
obsequios superficiales. Hemos convertido el homenaje a la génesis de nuestra
vida en un trámite políticamente correcto.
Compramos un regalo de última hora y acudimos a la
residencia o al hospital donde nuestra madre, ya mayor y con el cuerpo surcado
por las batallas del tiempo, aguarda. Y lo hacemos mirando el reloj: "rapidito,
que es domingo y tenemos muchas cosas que hacer". En esa prisa, en esa
negligencia crónica de las nuevas generaciones, olvidamos lo imperdonable.
Olvidamos que esa persona a la que hoy visitamos por compromiso y a la que
llamamos "mamá", en su momento, paró el mundo por nosotros.
Olvidamos que de sus uñas hizo garras para protegernos de
cualquier amenaza; que se quitó la comida de la boca para darnos a nosotros el
sustento; que sufrió en silencio cuando éramos pequeños y que no durmió durante
nuestra adolescencia y juventud, consumida por la preocupación de guiarnos en
la oscuridad.
Para que la nave de nuestra vida no naufragara, ella tuvo
que someterse a alianzas invisibles y renuncias incalculables. Hay que decirlo
con claridad: si la dirección de esta nave humana hubiera recaído
exclusivamente sobre unas hipotéticas "células padre", sin la
cohesión, el sacrificio y la plasticidad absoluta de la madre, muy
probablemente nos habrían llevado a la extinción.
Y como premio a esa vida de renuncia, la sociedad moderna
le tenía guardada una última trampa. Cuando por fin debería descansar, ha
tenido que disfrutar —y soportar— a los nietos que les endosamos con un egoísmo
disfrazado de necesidad. Lo hacemos para poder mantener una vida social más
rica, o porque el Estado se niega a dar alternativas reales a un calendario
laboral desconectado de la vida. Mientras los profesores disfrutan de largas
vacaciones, los trabajadores tienen hijos que atender, no paquetes que endosar
en escuelas infantiles, campamentos de verano o actividades extraescolares para
mantenerlos ocupados durante horas. Y cuando el bolsillo no permite esa
externalización del cuidado, el destino final siempre es el mismo: a casa de
la abuela. Ellas vuelven a ejercer de células madre, reparando las grietas
de un sistema social y laboral mal formado y envejecido.
En nuestra ceguera, le hemos arrebatado su individualidad.
Se nos olvida que esas madres de carne y hueso también fueron niñas, fueron
adolescentes irreverentes. Tuvieron ilusiones vibrantes, se enamoraron
perdidamente de canciones en la radio, de hombres o de mujeres. Tuvieron sueños
de grandeza y ambiciones propias que, un buen día, guardaron en un cajón para
convertirse en la luz infinita capaz de guiarnos por senderos donde
nosotros, con toda nuestra arrogancia moderna, nos perderíamos en pocos
minutos.
La ciencia médica seguirá avanzando. Los descubrimientos
sobre las células madre en los laboratorios nos traerán curas y milagros que
hoy apenas podemos imaginar. Pero lo que no sabemos —o quizás sí sabemos muy
bien— es si alguna vez, toda esa biotecnología estará a la altura del
sacrificio inabarcable de las madres de carne y hueso.
Porque en el cuerpo humano y en los laboratorios, células
madres hay muchas. Pero La Célula Madre, la que nos dio la vida, el
aliento y la oportunidad de existir, no hay más que una.
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Domingo, 3 de Mayo del 2026