Volvió de madrugada. Sus padres fueron a recogerlo y,
al llegar a casa, le esperaba una sorpresa: amigos, abrazos y familia después
de medio año lejos de Tomelloso. Miguel Ángel Ramírez Perona regresó este
domingo del sur del Líbano tras participar en una misión de paz de Naciones
Unidas con el contingente español desplegado en la Blue Line.
Un día después de su llegada cumplía 23 años, este soldado
de infantería habla con La Voz de lo vivido en una tierra marcada por el miedo,
la pobreza y la incertidumbre. Los hace sin épica impostada, con una madurez
que asombra. Con la certeza aprendida entre convoyes, pueblos sin agua y noches
de tensión asegura que, “las cosas importantes son mucho más simples de lo que
creemos”.
En Navidad hablamos con este tomellosero desde la misión.
Entonces aún quedaban meses por delante y el conflicto no había alcanzado el
nivel de tensión que llegó después.
—¿Cómo fue la vuelta?
—Fueron mis padres a recogerme y llegué a casa sobre las
cuatro de la mañana. Y allí estaban todos mis amigos y mi familia esperándome.
La verdad es que no me lo esperaba para nada.
—Seis meses después, ¿qué siente uno al pisar otra vez
Tomelloso?
—Sobre todo tranquilidad. Ahora toca disfrutar de la
familia, de los amigos y de estar aquí en casa.
—¿Qué le ha dejado esta experiencia?
—Es una experiencia única. Hay que vivirla para darte cuenta
de cuáles son las cosas importantes de verdad.
—¿Y cuáles son?
—Pues la familia, los amigos, las cosas cotidianas. Allí
aprendes que algo tan simple como tomarte un café tranquilamente con tus amigos
en una terraza puede ser un lujo que mucha gente no tiene.
—Usted pertenece al Regimiento Asturias 31, en El Goloso.
¿Cuándo supo que iba al Líbano?
—Cuando dijeron lo de la misión ni me lo pensé. Pero luego
llegué a casa y mis padres se echaron las manos a la cabeza. Me decían que
dónde iba tan lejos, que me quedara aquí quieto.
—Al final se fue.
—Sí. Y ahora creo que fue una buena decisión.
—¿Cómo fueron aquellos primeros días?
—Nosotros empezamos la preparación seis meses antes. Había
que trabajar con los vehículos, el material y todo lo que íbamos a utilizar
allí. Los tres primeros meses en misión fueron tranquilos. Pero a partir del 28
de febrero cambió todo.
—¿Qué ocurrió?
—La situación empeoró bastante. Se redujeron mucho las
patrullas y empezamos a hacer más convoyes logísticos y médicos. También
seguridad para civiles y para abastecimiento.
—Ustedes estaban desplegados en la Blue Line, la franja
más sensible de la frontera.
—Sí. Allí hacíamos patrullas y dábamos seguridad a la población cercana. Intentábamos que la gente pudiera trabajar tranquila.
—¿Se siente impotencia viendo cómo vive la población
civil?
—Muchísima. Al final los que siempre pagan las guerras son
los inocentes. Los civiles.
—¿Qué imágenes se le quedan grabadas?
—Los pueblos sin agua potable. Los niños y las mujeres
pidiéndonos botellas de agua cuando pasábamos con los convoyes. La gente
viviendo como puede, en chabolas en mitad del campo, trabajando la tierra para
salir adelante.
—¿Cómo se entendían con la población?
—Yo de árabe no sé nada, pero allí mucha gente se maneja en
inglés. Y también había gente que hablaba español.
—¿Español?
—Sí, sobre todo por las telenovelas y las películas. Los
serbios con los que convivíamos decían que habían aprendido mucho español
viendo telenovelas y “Torrente”. Y muchos libaneses también.
—¿Hasta “Torrente” llegó al Líbano?
—Sí, sí. Un domingo pusieron “Torrente presidente” en la
base y allí estábamos españoles, serbios y alguno más viendo la película
juntos.
—¿Una experiencia con la suya le cambia a uno?
—Claro. Te hace valorar muchísimo más lo que tienes aquí.
Una ducha caliente, dormir tranquilo, estar con tu gente… cosas normales.
—¿Les respetaban las partes enfrentadas?
—A nosotros sí nos respetaban bastante. Nosotros estábamos
en medio de los contendientes, básicamente.
—¿Llegó a pasar miedo?
—No hemos tenido ningún incidente grave, gracias a Dios.
Pero al final estás en una zona de conflicto y la tensión existe.
—¿Cómo se lleva un chico de 22 años estar medio año tan
lejos de casa?
—Al final haces mucha piña con tus compañeros. Son seis
meses viviendo juntos y pasando situaciones difíciles. Eso une muchísimo.
—¿Les preparan psicológicamente para volver?
—Sí. Antes de regresar tuvimos charlas con la psicóloga de
la misión para afrontar otra vez la vida aquí. Porque aquí todo sigue igual
mientras tú has estado allí.
—¿Qué pensó al volver a ver a su gente?
—Que ya estaba en casa. Y que eso era lo importante.
—¿Se plantea repetir misión?
—Sí, claro. Si pudiera, me gustaría ir también en unos años
a alguna misión en los países bálticos.
—¿Cómo ve la situación internacional? Ucrania, Oriente
Próximo…
—La verdad es que pinta bastante feo todo. Ojalá las cosas
se calmen porque la situación allí se nota mucho.
—Cumplió 23 años el lunes. Menudo regalo.
—Sí. Mi regalo ha sido volver a España.
—¿Y ahora qué toca?
—Disfrutar de mi familia, de mis amigos… y de un café
tranquilo.
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