Hay algo profundamente
desalentador en comprobar que ni siquiera una crisis sanitaria consigue apartar
a la política de sus viejos reflejos. Uno pensaría que cuando aparecen
enfermedades infecciosas, cuando hay pacientes hospitalizados, cuando los
profesionales sanitarios trabajan bajo presión y existe un riesgo real para la
población, lo importante sería coordinarse, compartir información y tomar
decisiones. Pero no. A veces da la impresión de que lo primero sigue siendo la
fotografía, la rueda de prensa, el titular y la disputa por quién aparece
delante del micrófono.
Estos días escuchaba
la intervención de un médico con amplia experiencia internacional en la gestión
de enfermedades infecciosas. Su papel había consistido en supervisar protocolos
y evaluar procedimientos. Nada extraordinario. Trabajo técnico. Trabajo de
especialistas. De quienes están acostumbrados a enfrentarse a problemas reales
y no a conflictos de despacho. Según relataba, los protocolos aplicados en
Canarias eran adecuados, la organización funcionaba y la situación clínica de
los pacientes evolucionaba razonablemente bien dentro de la gravedad de algunos
casos. Incluso destacaba el buen trabajo realizado sobre el terreno.
Sin embargo, la
conversación acabó derivando hacia otra cuestión muy distinta: la batalla
política.
La anécdota es
reveladora. Llega una representante del Gobierno central. Hay comparecencias
públicas. Hay declaraciones. Hay cámaras. Y de repente surge el conflicto
porque alguien siente que ha sido desplazado de una escena que considera
propia. Ya no se habla de protocolos, ni de vigilancia epidemiológica, ni de
recursos asistenciales. Se habla de quién convocó a quién, de quién compareció
antes, de quién ocupó el espacio político que correspondía al otro.
Resulta difícil no
preguntarse si de verdad seguimos instalados en esa lógica. Porque la impresión
es que, para algunos responsables públicos, la prioridad continúa siendo
gestionar la imagen antes que el problema.
Lo más llamativo es
que los profesionales que trabajan directamente sobre el terreno suelen mostrar
una actitud radicalmente distinta. Los médicos, enfermeros, técnicos y demás
personal sanitario no se preguntan quién aparecerá en la fotografía. Se preguntan
si hay camas suficientes, si los protocolos funcionan, si existen equipos de
protección adecuados y si el paciente va a recibir la atención que necesita. Su
trabajo consiste en asistir, atender y proteger. El resto pertenece al universo
de la representación política.
Y sin embargo, son
precisamente esos profesionales quienes terminan soportando las consecuencias
de decisiones tomadas muy lejos de donde se desarrolla el trabajo real.
La conversación con
este especialista derivó también hacia un asunto que rara vez ocupa portadas:
la dependencia internacional de muchos programas de salud pública. Hablaba
desde la experiencia directa de quienes trabajan en proyectos coordinados a
través de organismos internacionales en África. Explicaba cómo numerosas
iniciativas de vigilancia epidemiológica y control de enfermedades dependen
casi por completo de la financiación estadounidense. Cuando esos fondos
desaparecen, las consecuencias son inmediatas: faltan recursos, faltan equipos
de protección y se ralentizan programas esenciales para contener brotes
infecciosos.
Algunos de esos
proyectos han visto reducida o eliminada su financiación precisamente en un
momento en que continúan existiendo amenazas sanitarias importantes, entre
ellas los brotes de ébola que periódicamente reaparecen en distintas regiones
africanas. La consecuencia práctica es sencilla de entender: si desaparece el
dinero, desaparecen también parte de los medios necesarios para vigilar,
aislar, proteger y responder.
El médico iba más allá
y apuntaba una reflexión incómoda. Mientras se reducen recursos destinados a la
prevención de epidemias, Estados Unidos se encuentra inmerso en la organización
del próximo Mundial de fútbol. No afirmaba una relación directa y demostrable
entre ambos hechos, pero sí expresaba una sospecha compartida por algunos
profesionales de la cooperación internacional: que las prioridades
presupuestarias terminan desplazándose hacia proyectos considerados
estratégicos o políticamente rentables, mientras la salud pública global pierde
peso en la agenda.
La imagen resulta
difícil de ignorar. Por un lado, científicos y sanitarios que trabajan en
condiciones precarias intentando contener enfermedades potencialmente
devastadoras. Por otro, enormes inversiones destinadas a acontecimientos
deportivos de alcance planetario. Probablemente la realidad sea más compleja
que esa comparación, pero la pregunta permanece: ¿qué dice de nuestras
prioridades colectivas que siempre resulte más sencillo movilizar recursos para
el espectáculo que para la prevención?
No deja de ser una
paradoja. Las epidemias no entienden de fronteras. Un brote que comienza en una
aldea remota puede acabar convirtiéndose en un problema internacional en
cuestión de semanas. La experiencia reciente debería haber enseñado que la
salud pública global es una red interdependiente. Sin embargo, seguimos
actuando como si los problemas sanitarios fueran asuntos lejanos mientras
permanecen lejos de nuestras cámaras.
Al final, la historia
termina conectando dos escalas aparentemente distintas. Por un lado, la pequeña
disputa institucional entre administraciones que compiten por el protagonismo
de una rueda de prensa. Por otro, las grandes decisiones geopolíticas que determinan
el flujo de recursos internacionales. Pero ambas comparten un mismo elemento:
la salud pública acaba subordinada a intereses ajenos a ella.
Quizá por eso resulta
tan frustrante contemplar determinadas escenas. Porque mientras unos discuten
sobre competencias, otros atienden pacientes. Mientras unos calculan el impacto
mediático de sus declaraciones, otros trabajan con riesgo de contagio. Mientras
unos se preocupan por aparecer en la fotografía correcta, otros intentan que no
falten equipos de protección, medicamentos o recursos básicos.
Y tal vez esa sea la
verdadera reflexión que deja todo este episodio. No sobre una infección
concreta ni sobre un conflicto puntual entre administraciones. La cuestión de
fondo es otra: seguimos sin ser capaces de establecer una tregua entre la
política y la realidad cuando las circunstancias lo exigen.
En una emergencia
sanitaria, la ciudadanía no necesita contemplar una competición por el
protagonismo institucional. Necesita coordinación. Necesita eficacia. Necesita
profesionales respaldados por recursos suficientes. Todo lo demás debería venir
después.
Primero trabajar.
Después, si queda tiempo, ya habrá ocasión para las ruedas de prensa.
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Viernes, 5 de Junio del 2026
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