Opinión

Cóctel de prioridades: Mundial, representación política y Ébola. El que se mueva no sale en la foto

Javier Rubio Chacón | Viernes, 5 de Junio del 2026
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Hay algo profundamente desalentador en comprobar que ni siquiera una crisis sanitaria consigue apartar a la política de sus viejos reflejos. Uno pensaría que cuando aparecen enfermedades infecciosas, cuando hay pacientes hospitalizados, cuando los profesionales sanitarios trabajan bajo presión y existe un riesgo real para la población, lo importante sería coordinarse, compartir información y tomar decisiones. Pero no. A veces da la impresión de que lo primero sigue siendo la fotografía, la rueda de prensa, el titular y la disputa por quién aparece delante del micrófono.

Estos días escuchaba la intervención de un médico con amplia experiencia internacional en la gestión de enfermedades infecciosas. Su papel había consistido en supervisar protocolos y evaluar procedimientos. Nada extraordinario. Trabajo técnico. Trabajo de especialistas. De quienes están acostumbrados a enfrentarse a problemas reales y no a conflictos de despacho. Según relataba, los protocolos aplicados en Canarias eran adecuados, la organización funcionaba y la situación clínica de los pacientes evolucionaba razonablemente bien dentro de la gravedad de algunos casos. Incluso destacaba el buen trabajo realizado sobre el terreno.

Sin embargo, la conversación acabó derivando hacia otra cuestión muy distinta: la batalla política.

La anécdota es reveladora. Llega una representante del Gobierno central. Hay comparecencias públicas. Hay declaraciones. Hay cámaras. Y de repente surge el conflicto porque alguien siente que ha sido desplazado de una escena que considera propia. Ya no se habla de protocolos, ni de vigilancia epidemiológica, ni de recursos asistenciales. Se habla de quién convocó a quién, de quién compareció antes, de quién ocupó el espacio político que correspondía al otro.

Resulta difícil no preguntarse si de verdad seguimos instalados en esa lógica. Porque la impresión es que, para algunos responsables públicos, la prioridad continúa siendo gestionar la imagen antes que el problema.

Lo más llamativo es que los profesionales que trabajan directamente sobre el terreno suelen mostrar una actitud radicalmente distinta. Los médicos, enfermeros, técnicos y demás personal sanitario no se preguntan quién aparecerá en la fotografía. Se preguntan si hay camas suficientes, si los protocolos funcionan, si existen equipos de protección adecuados y si el paciente va a recibir la atención que necesita. Su trabajo consiste en asistir, atender y proteger. El resto pertenece al universo de la representación política.

Y sin embargo, son precisamente esos profesionales quienes terminan soportando las consecuencias de decisiones tomadas muy lejos de donde se desarrolla el trabajo real.

La conversación con este especialista derivó también hacia un asunto que rara vez ocupa portadas: la dependencia internacional de muchos programas de salud pública. Hablaba desde la experiencia directa de quienes trabajan en proyectos coordinados a través de organismos internacionales en África. Explicaba cómo numerosas iniciativas de vigilancia epidemiológica y control de enfermedades dependen casi por completo de la financiación estadounidense. Cuando esos fondos desaparecen, las consecuencias son inmediatas: faltan recursos, faltan equipos de protección y se ralentizan programas esenciales para contener brotes infecciosos.

Algunos de esos proyectos han visto reducida o eliminada su financiación precisamente en un momento en que continúan existiendo amenazas sanitarias importantes, entre ellas los brotes de ébola que periódicamente reaparecen en distintas regiones africanas. La consecuencia práctica es sencilla de entender: si desaparece el dinero, desaparecen también parte de los medios necesarios para vigilar, aislar, proteger y responder.

El médico iba más allá y apuntaba una reflexión incómoda. Mientras se reducen recursos destinados a la prevención de epidemias, Estados Unidos se encuentra inmerso en la organización del próximo Mundial de fútbol. No afirmaba una relación directa y demostrable entre ambos hechos, pero sí expresaba una sospecha compartida por algunos profesionales de la cooperación internacional: que las prioridades presupuestarias terminan desplazándose hacia proyectos considerados estratégicos o políticamente rentables, mientras la salud pública global pierde peso en la agenda.

La imagen resulta difícil de ignorar. Por un lado, científicos y sanitarios que trabajan en condiciones precarias intentando contener enfermedades potencialmente devastadoras. Por otro, enormes inversiones destinadas a acontecimientos deportivos de alcance planetario. Probablemente la realidad sea más compleja que esa comparación, pero la pregunta permanece: ¿qué dice de nuestras prioridades colectivas que siempre resulte más sencillo movilizar recursos para el espectáculo que para la prevención?

No deja de ser una paradoja. Las epidemias no entienden de fronteras. Un brote que comienza en una aldea remota puede acabar convirtiéndose en un problema internacional en cuestión de semanas. La experiencia reciente debería haber enseñado que la salud pública global es una red interdependiente. Sin embargo, seguimos actuando como si los problemas sanitarios fueran asuntos lejanos mientras permanecen lejos de nuestras cámaras.

Al final, la historia termina conectando dos escalas aparentemente distintas. Por un lado, la pequeña disputa institucional entre administraciones que compiten por el protagonismo de una rueda de prensa. Por otro, las grandes decisiones geopolíticas que determinan el flujo de recursos internacionales. Pero ambas comparten un mismo elemento: la salud pública acaba subordinada a intereses ajenos a ella.

Quizá por eso resulta tan frustrante contemplar determinadas escenas. Porque mientras unos discuten sobre competencias, otros atienden pacientes. Mientras unos calculan el impacto mediático de sus declaraciones, otros trabajan con riesgo de contagio. Mientras unos se preocupan por aparecer en la fotografía correcta, otros intentan que no falten equipos de protección, medicamentos o recursos básicos.

Y tal vez esa sea la verdadera reflexión que deja todo este episodio. No sobre una infección concreta ni sobre un conflicto puntual entre administraciones. La cuestión de fondo es otra: seguimos sin ser capaces de establecer una tregua entre la política y la realidad cuando las circunstancias lo exigen.

En una emergencia sanitaria, la ciudadanía no necesita contemplar una competición por el protagonismo institucional. Necesita coordinación. Necesita eficacia. Necesita profesionales respaldados por recursos suficientes. Todo lo demás debería venir después.

Primero trabajar. Después, si queda tiempo, ya habrá ocasión para las ruedas de prensa.

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