Opinión

Un cadáver en la sala (XI)

Juan José Sánchez Ondal | Domingo, 7 de Junio del 2026
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CAPÍTULO XII  - Donde se cuenta la aparición del bi desaparecido

El momento no era el más adecuado para iniciar hipótesis ni líneas de investigación. Habían llegado a un estado de cierto pesimismo, pero la experiencia de Cervera le decía que en tales circunstancias convenía practicar lo que él llamaba el zum: alejarse del problema para, después de despejar la mente, volver a abordarlo de nuevo.

—¿Nos bajamos a comer el menú de la cafetería? —propuso «Plinillo», que ya conocía la forma de trabajar de su jefe.

—Voy a ordenar estos papeles y bajamos. Ve a ver si hay algo nuevo.

—¡Para ti, Cervera! —le comunicó un compañero con el teléfono de su mesa descolgado—. Es del Anatómico.

Cervera se desplazó hasta el aparato. ¿Habría algo nuevo que no figurara en el informe del forense?

—Soy el oficial Rueda, de la comisaría de Moncloa. Te llamo desde el Anatómico. Oye, que ha estado aquí un hermano gemelo del degollado del caso que tú llevas y lo ha reconocido. Quería hacer una declaración, pero te lo he mandado para allá. Debe estar al llegar.

—¡Coño! ¿Cómo no me has avisado? Lo estamos buscando hasta debajo de las piedras. A ver si se esfuma.

—No sabía nada. Lo siento.

—Ramiro, ven, que ha aparecido el Segundo en el Anatómico Forense.

—¡Joder! ¿También ha cascao? ¿Se cargaron a los dos hermanos?

—No, que viene para acá. Ha estado allí y ha reconocido el cadáver de Primitivo.

—¡Arrea! Pues a ver qué película nos cuenta.

No más de media hora había transcurrido cuando comparecía en la comisaría Segundo Álvarez Barcia, de nacionalidad española, con pasaporte n.º AX 07…00, nacido el 15 de septiembre de 1963 en Alicante, etcétera, etcétera, con residencia accidental en Madrid, en la avenida de Barajas 17, hotel Los Vuelos, habitación 419.

—Nos va a contar usted con pelos y señales todo lo que ha hecho desde que llegó a Madrid; el motivo de su visita, su relación con su difunto hermano y cuanto explique la serie de embustes que ha estado soltando —le conminó Cervera.

—Pues verá, voy a ser totalmente sincero, aunque me implique. Soy el responsable de la muerte de mi hermano.

—¿Lo mató usted?

—En cierto modo, sí.

—A ver, explíquese. ¿Cómo que en cierto modo?

—Verá, empezaré por el principio. Yo marché de España porque tuve un lío de faldas en Alicante con la mujer del dueño de la empresa en que trabajaba hace muchos años. Se descubrió el pastel y me largué a Venezuela. Allí trabajé en varias cosas, pero no me iba bien. Me casé y no sacaba para mantenernos. Entonces, con un amigo, empezamos a trapichear con droga hasta que me pillaron. Estuve seis meses en la cárcel y mi esposa se divorció de mí.

—De eso nos dio fe el vicenotario —pensó Ramiro.

—Me fui a Colombia y, a través de un compañero de celda, contacté con otro traficante a mayor escala. La cosa iba viento en popa. Allí las cosas eran más fáciles, hasta que un cliente insatisfecho me denunció. Me trincaron y esta vez la condena fue de cinco años. El último alijo que coloqué ascendía al equivalente de 30.000 euros de aquí. Parte me lo gasté y el resto se lo llevaron los abogados, procuradores y demás intervinientes en mi pleito.

—Pleitos tengas y los ganes —pensó Ramiro.

—Pero, claro, Góscoles, por cuenta del que trabajaba, no estaba dispuesto a perder una cantidad así y, en cuanto salí de la cárcel hace un año, me dijo que tenía dos meses para reintegrarle los 30.000 o aparecería en cualquier cuneta con 30.000 libras de plomo en la barriga. Y yo sabía que Góscoles, alias «No te escapas», era gran cumplidor de sus promesas.

Como esa cantidad me era imposible reunirla, salvo que atracara un banco, en lo que no era experto, le dije que tenía pendiente un negocio y que me diera plazo. Me lo dio hasta dos veces, pero no había manera de hacerme con más dinero que el que necesitaba para mantenerme.

—Y aquí va a entrar en escena el hermano, como si lo viera —pensó «Plinillo».

—Entonces me acordé de mi hermano y de que mi madre nos había dejado un cercao en Valderrocas, que valdría algo con lo que parar un poco el golpe.

—¿No decía yo? ¡Clavao!

Tardé unos días en dar con la empresa de mi hermano y su teléfono, y cuál sería mi sorpresa cuando me dijo que el cercao valía una pasta, así que pensé que con mi mitad podía ponerme a salvo y aún me sobraba. Le metí prisa para que vendiera porque el último plazo que me había dado Góscoles había terminado.

Hablé con éste, le dije que tenía posibilidad de obtener dinero de sobra en España y que me prorrogara el plazo una vez más, que más valía vivo que con una balacera en el cuerpo, pero no me creyó y me dijo que me despidiera de mis amigos, si los tenía.

—Ese tal Góscoles, alias «No te escapas», ¿cómo se llama realmente y de dónde es? —preguntó Cervera.

—Octavio Góscoles no sé qué más; todos le conocemos como Góscoles, «No te escapas» o «El Seguro». Supongo que es su nombre auténtico, aunque vaya usted a saber. Es de Colombia, de Barranquilla, creo.

—A donde se iba el Caimán de la canción —dijo «Plinillo», recibiendo una mirada recriminatoria de su jefe.

—Está bien, continúe.

—Pues mi hermano me comunicó que podíamos firmar la venta aquí, el día 21. Le pedí que me consiguiera en efectivo la mayor cantidad posible a cuenta de mi parte. Vine, firmamos, me dio una cartera de su empresa con el dinero que había conseguido reunir. Eran 20.000 euros, cantidad con la que, seguro, conseguía prórroga de los 10.000 restantes.

«No te escapas» tiene delegados en España: en Madrid y en Marbella, que yo sepa, y yo, que tenía su teléfono, decidí llamarle diciéndole que podía entregarle los 20.000 en efectivo, ya mismo, al delegado de aquí y el resto en unos días. De ahí mis prisas en salir de la notaría.

—Ah, embustero, ese era el vuelo que podías perder, ¿eh? —pensó Ramiro.

—Cogí el coche de mi hermano y, en el primer bar que vi, aparqué y me metí a llamar por teléfono a Góscoles. Me dijo que sabía que estaba en Madrid y que tenía suerte de estar aún vivo; que esperara en ese bar y me diría dónde entregar el dinero y a quién.

A los diez o doce minutos me llamó al bar y me dijo que los llevara a una cafetería en la calle Doctor Fleming, 203, dentro de media hora como máximo, a quien se identificaría como «Buena suerte». Así lo hice.

Se me acercó un tipo fornido con una camisa floreada y, tras desearme «Buena suerte», le entregué el dinero en la misma carpeta que me dio mi hermano y me dijo:

—El resto se lo entregarás al jefe en persona aquí la semana que viene, que tiene gana de verte la cara. Tenlo preparado. Llámale a su teléfono el lunes por la mañana.

Y se marchó.

—¿Quiere un vaso de agua? —le preguntó Cervera al verle seco de las parrafadas que acababa de soltar, que, por otra parte, estaban bien urdidas y no parecían incurrir en contradicciones con la información de que disponían.

—Sí, se lo agradezco.

Después de beber más de la mitad del vaso que le trajo Ramiro, continuó:

—Desde el teléfono de la cafetería llamé a mi hermano para decirle que había decidido quedarme unos días en Madrid, que le explicaría y que me dijera dónde le acercaba el coche, pero el teléfono estaba apagado o fuera de cobertura. Pensé llamarle desde el hotel y, cuando llegué, así lo hice, pero seguía sin servicio y le dejé un mensaje en el contestador, diciéndoselo. Si lo tienen ustedes pueden comprobarlo.

—Lo haremos. Siga.

—De la tensión de estos días y el jet lag, estaba hecho polvo y me acosté temprano. Me levanté tarde y estuve llamándole a lo largo del día sin conseguir comunicar.

Esta mañana, ya intranquilo, volví a llamar con el mismo resultado y, en lo que me afeitaba, puse la televisión y en el noticiero oí el crimen cometido en un cine y, al ver los datos que daban de su negocio y que las iniciales casaban con las suyas, me temí lo peor y acudí volando al depósito donde estaba el cadáver y, desgraciadamente, comprobé que se trataba de él.

Sin duda, el cuchillo o la navaja que terminó con su vida estaban destinados a mí, pero, dado el parecido, lo confundieron conmigo y lo degollaron —dijo, visiblemente y, al parecer, sinceramente emocionado.

—¿A qué hora se supone que fue?

—Creemos que debió ser hacia las seis y media de la tarde, aunque el cadáver lo descubrieron a las 0:40 del día siguiente.

—¡Maldito Góscoles! ¡A esa hora ya sabía que yo iba a entregar los 20.000 euros!

—Tal vez no dio tiempo a que llegara la contraorden a los sicarios.

—¿Eran sicarios? ¿Eran varios? ¿Los han cogido?

—No. Tenemos sospecha de que fueron uno o dos, pero tenemos pocos datos de ellos.

—Tiene una pareja que suele hacer a ese canalla ese tipo de servicios. Son de allí, padre e hijo.

—¿Cómo son?

—El padre es un feroz, se llama Cósimo y le apodan «Sanguinario»; tendrá unos cincuenta años, estatura media, fuerte, pelo canoso y con entradas. No se le pone nada por delante ni tiene el menor escrúpulo. Y el hijo, Adolfito «El Largo», es, como el apodo indica, alto y delgado y discípulo aventajado del padre. Siempre operan juntos.

—Son ellos, jefe. El alto y el fuerte. Fijo como la vista, que dicen en mi pueblo —comentó «Plinillo».

—¿Qué piensa hacer ahora?

—Estoy desconcertado. No lo sé. Con mi hermano muerto no podré conseguir el resto del dinero para la semana que viene, como pretenden, y entonces estamos en las mismas y con esa pareja pisándome los talones no tengo salvación, a menos que ustedes me protejan.

—Está bien —dijo Cervera—. Comprobaremos cuánta información tenemos y la que nos ha aportado y, de momento, como hasta la semana que viene tiene plazo...

—¡O no! —saltó como un muelle Segundo—. Con esos sueltos, a saber si les han dado contraorden o se enteran de que marraron el golpe y vienen a por mí.

—Esperemos que no sea así. Usted permanezca en el hotel, localizable, y veremos cómo actuar. Recibirá noticias nuestras.

—El coche de mi hermano lo tengo aquí cerca, aparcado. ¿Puedo seguir usándolo? Es que me veo más seguro con él que en transportes públicos o cogiendo taxis.

—No veo inconveniente, de momento. Sobre todo, esté lo menos visible posible y no ande exhibiéndose.

—Hombre, soy el único familiar que tenía mi hermano; se portó conmigo como nadie y ha dado la vida por mí, así es que me gustaría enterrarle como se merece. Ya que no pude asistir al entierro de mis padres...

—Usted verá, pero esté en todo momento localizable. ¿No tiene teléfono móvil?

—No, señor.

—Entonces procure estar el mayor tiempo posible en el hotel y va a llamarme todos los días, mañana y tarde, o en cualquier momento si tiene noticia de ellos, dándome razón de su paradero a este teléfono.

Y Cervera le entregó su tarjeta.

—Como usted diga. 

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