Vivimos en unos tiempos en los que abundan los discursos que
caricaturizan a las nuevas generaciones como apáticas, distraídas o
descomprometidas. Basta una conversación con Irina Migallón para
desmontar el prejuicio. A sus 23 años, esta estudiante de Fotografía,
que ha realizado sus prácticas en La Voz de Tomelloso, habla de guerras,
de memoria, de responsabilidad social y de la necesidad de mirar de frente la
realidad. Lo hace con la serenidad de quien todavía está empezando, pero
también con la convicción de quien ya sabe hacia dónde quiere caminar.
La última entrevista de la temporada en Los Magníficos,
el espacio que José Luis Fernández y un servidor gobernamos al alimón en la SER
de Alcázar, terminó convirtiéndose en algo más que una despedida radiofónica.
Fue la reivindicación de una juventud que piensa, trabaja y sueña sin pedir
permiso.
"Me han abierto un mundo que no sabía que podía
existir en una ciudad pequeña"
Irina Migallón llegó a la redacción de La Voz de
Tomelloso con la curiosidad de quien quiere aprender y la cámara como
herramienta para contar historias. Durante dos meses ha recorrido, Tomelloso
sobre todo, retratando desde actos políticos hasta celebraciones populares.
La romería, confesó, fue uno de esos escenarios donde
comprendió que detrás de cada acontecimiento hay personas cuya labor suele
permanecer invisible. "Llegamos a sacar un pequeño reportaje sobre los
muleros, para profundizar en aquellos que hacen posible la fiesta. Los ves,
pero nunca te planteas qué hay detrás de todo ese trabajo".
También asistió a inauguraciones, actividades culturales o
exposiciones como Primada, dedicada al octavo centenario de la Catedral
de Toledo. En definitiva, como diría un mulero castizo, "la hemos
trotado".
Y, pese a las bromas sobre lo mucho que habría tenido que
soportar a Carlos Moreno y a este cronista, la joven fotógrafa nos devolvió el
cumplido. "Ha sido al revés. Me han abierto un mundo que yo no sabía
que podía existir en una ciudad pequeña como Tomelloso".
La fotografía como memoria y compromiso
Irina —a diferencia de otros fotógrafos que persiguen la
belleza o buscan la noticia— aspira a documentar la condición humana. Cuando
José Luis Fernández le preguntó qué tipo de historias le interesaba contar, su
respuesta dejó una madurez impropia de quien apenas comienza.
"A mí me interesa la fotografía social, donde se
muestran realidades. Los fotoperiodistas somos testigos obligados, entre
comillas, a capturar y dejar memoria de esos acontecimientos que pasan".
Y añadió:
"Vivimos en una sociedad llena de realidades que,
sean mejores o peores, hay que dejar guardadas y dejar constancia de qué ha
podido pasar".
Preguntamos a Irina por sus referentes y nos Habló de Lynsey
Addario, fotógrafa de guerra estadounidense, Premio Pulitzer, secuestrada
en Libia y autora de algunos de los testimonios visuales más contundentes de
nuestro tiempo. "Me fascina su capacidad para mantener la cordura y
controlar la cámara en situaciones extremas, sin perder el gusto por la
estética".
No sabe si acabará cubriendo conflictos bélicos. De hecho,
reconoce que cada vida encuentra su propio itinerario. "Puedo pautarme
según sus pasos, pero sé que mi camino será diferente".
Una generación con ganas de comerse el mundo
Hubo un momento especialmente revelador durante la charla,
cuando José Luis le comentó que veía en ella ese impulso juvenil por cambiar el
mundo. Irina sonrió antes de responder. "Es un poco como los jóvenes
que dicen: 'Me voy a comer el mundo'. Pues mira, sí. Voy a intentarlo. No lo
voy a lograr, pero lo voy a intentar". Quizá ahí resida precisamente
el secreto. No en la ingenuidad, sino en la determinación.
Con frecuencia escuchamos que los jóvenes son unos
desinteresados, que viven ajenos a lo colectivo o que solo miran la pantalla
del móvil. Pero Irina Migallón —y tantos y tantos— nos obliga a revisar los
prejuicios.
Hay jóvenes comprometidos, trabajadores, con sensibilidad
social, con vocación y con talento. Jóvenes que quieren contar el mundo para
entenderlo mejor.
Por supuesto, como padre, uno preferiría recomendarle una
tranquila carrera entre bodas, bautizos y comuniones antes que imaginarla en
una trinchera. Aunque, bien pensado, cualquiera que haya cubierto una boda
multitudinaria sabe que tampoco está exenta de riesgos.
La última "Magnífica" de la temporada nos recordó
algo que conviene no olvidar, las nuevas generaciones no necesitan que les
demos lecciones constantes; a menudo basta con escucharlas para recuperar un
poco la esperanza.
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