Opinión

La mujer que aprendió el lenguaje de las hojas

Cristina Grueso García | Domingo, 14 de Junio del 2026
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Existen personas cuya historia no puede contarse mediante fechas ni lugares. Personas que han sido escritas por el tiempo con una caligrafía lenta, hecha de pérdidas, hallazgos, cicatrices y asombros. Personas que no atraviesan la vida: la habitan.

Ella es una de ellas.

Camina bajo la sombra cuando el verano se vuelve demasiado insistente, protegida por ese sombrero que parece guardar no solo su rostro, sino también una forma de mirar el mundo. Hay algo en ella que recuerda a los paisajes donde el viento conversa con los árboles y donde las horas no tienen prisa.

Quizá por eso lleva hojas colgando de sus orejas.

No simples adornos, sino símbolos involuntarios de lo que es: alguien que ha sabido permanecer unida a la tierra incluso cuando las tormentas intentaban arrancarla de raíz.

Le gustan los colores como quien ama los estados del alma. El verde safari de los caminos que aún quedan por recorrer. El mostaza de las cosas que guardan una luz antigua. El amarillo de los paraguas capaces de desafiar los días grises. El rojo inesperado de unos zapatos que recuerdan que la belleza también puede ser valiente.

Nunca le resultó fácil elegir un favorito.

Porque sabe que la vida no funciona así.

Sabe que una tarde puede ser más hermosa que otra solo porque la luz cae de manera distinta sobre una mesa. Que una canción cambia según quién la escuche. Que los recuerdos alteran el color de las cosas.

Y quizá por eso ama los lugares de tránsito: las cafeterías de los hoteles donde las historias llegan y se marchan sin despedirse; los balcones desde donde se contempla el lento desfile del tiempo; los rincones donde nadie parece estar buscando nada y, sin embargo, todo sucede.

Dibuja.

Y quien dibuja posee una mirada diferente. Una mirada capaz de descubrir universos en aquello que otros consideran cotidiano. Ella sabe encontrar belleza en una curva, en una sombra, en una hoja caída sobre el suelo, en la expresión fugaz de un desconocido.

Pero hay algo aún más extraordinario en su historia.

Algo que atraviesa los años como un río subterráneo.

Un amor.

No el amor apresurado que suele narrarse en las novelas ni el que necesita grandes gestos para demostrar su existencia. Sino ese otro amor más raro y más difícil: el que permanece. El que aprende a crecer mientras cambian los cuerpos, las ciudades, las certezas y las estaciones.

Hay historias de amor que duran mucho tiempo.

Y luego están aquellas que terminan convirtiéndose en una forma de hogar.

La suya pertenece a esa categoría secreta.

Dos personas que han ido construyendo juntos una geografía compartida de recuerdos, silencios, rutinas y complicidades. Dos vidas que han aprendido a caminar una al lado de la otra sin perder su propia identidad. Dos árboles que crecieron cerca y acabaron entrelazando las raíces.

Pocas cosas poseen tanta belleza.

Pocas cosas resisten tanto.

Y quizá sea precisamente ahí donde reside una parte de su fuerza.

Porque quien ha sido amado durante tantos años y también ha sabido amar durante tantos años adquiere una profundidad difícil de explicar. Como los libros releídos una y otra vez. Como las películas cuyos diálogos terminan formando parte de la memoria.

Ella puede recitar historias enteras porque algunas historias han terminado viviendo dentro de ella.

Y mientras el mundo continúa acelerándose, aún encuentra felicidad en las pequeñas ceremonias de la existencia: un plato de lentejas con arroz que sabe a infancia y refugio; un gazpacho manchego compartido alrededor de una mesa; un sudoku que ordena el pensamiento; un dibujo nacido de una tarde tranquila; una conversación larga mientras la luz se retira lentamente de los balcones.

Ha atravesado mucho.

Más de lo que cuentan las fotografías.

Más de lo que sospechan quienes la conocen solo de paso.

Pero hay personas que convierten las heridas en muros y otras que las convierten en ventanas. Ella eligió abrir ventanas.

Por eso conserva intacta esa sensibilidad que algunos confunden con fragilidad y que en realidad es una de las formas más altas de la fortaleza.

Porque seguir emocionándose después de las decepciones es valentía.

Seguir creando después de las pérdidas es valentía.

Seguir amando después del tiempo es valentía.

Y así avanza por el mundo, con sus hojas artesanas balanceándose al ritmo de sus pasos, con el verde y el amarillo guardados en algún rincón del alma, con la memoria llena de historias, con el arte entre las manos y con un amor antiguo acompañándola como una constelación silenciosa.

Como esos árboles que han sobrevivido a innumerables inviernos y que, sin hacer ruido, continúan regalando sombra, belleza y vida a todo cuanto crece cerca de ellos.

No desesperes. 


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