“Elevemos la mirada, hacia adelante. No mires jamás de dónde vienes, sino hacia dónde vas. Tampoco caigamos en la trampa de desgastarnos en lamentos, en lugar de avivar en nosotros las energías apacibles, que es lo que verdaderamente nos transforma, confiando nuestro compromiso al futuro de la humanidad, a través de la transmisión de la vida humana”.
Todo en esta vida tiene su antagonismo; en el caso del
amor, el odio. Sea como fuere, procura saber lo que quieres ofrecer y dónate en
tu tránsito por aquí abajo, antes de que el rencor se apodere de tus
habitaciones internas y acabe por destruirte. Amando es como se vive realmente;
de no hacerlo, es como se camina amortajado hacia su propio sepelio. Por tanto,
la humanidad por sí mismo, tiene que dejar de deshumanizarse, ha de sentirse
familia; y, como tal, debe favorecer todo tipo de encuentros desinteresados.
Nuestros vínculos contemplativos han de formar un poema perfecto, lo que
requiere una estrecha sintonía de variados pulsos confluentes, que es lo que
realmente nos embellece y nos dispone a fomentar el cultivo del abrazo sincero
a los demás.
Quizás tengamos que poner más corazón en todo lo que
hacemos, también en el brío dominante tecnológico, que ha de ser moldeado por
toda la humanidad. No puede estar en manos de un puñado de países o empresas,
pues todas las naciones deben tener una posición, tanto de escucha como de voz.
Hemos de atendernos y entendernos mutuamente. Por ello, el amor es
imprescindible, no sólo para hacernos radiantes, sino para mostrarnos cuánto
podemos soportar. La presencia del dolor y de la barbarie que destroza la
íntima comunión existencial, va a estar ahí, en cualquier esquina, a la espera
de hacernos sudar: sangre, sudor y lágrimas. Será vital, por consiguiente, no
sólo sentirse acompañado, también acompasado por lenguajes que nos armonicen.
Hoy más que nunca requerimos sentir la caricia de una
mirada, para poder dar luz al pan de nuestros agobios, que es lo que nos hace
batallar por un futuro más humanitario, en el cual los seres humanos sean los
que decidan y rindan cuentas. Jamás olvidemos, que somos ciudadanos apegados al
afecto, no a las frías máquinas que pueden llegar a dominarlo todo, pero
realmente el amor no se impone, se cultiva. A este cúmulo de contrariedades,
además, hay que sumarle el espíritu de la falsedad que nos tritura nuestra
propia inspiración natural, con un cúmulo de tensiones inducidas por una
cultura individualista exagerada de la posesión y del disfrute a cualquier
precio, generando dinámicas de intolerancia y agresividad a más no poder.
Elevemos la mirada, hacia adelante. No mires jamás de dónde
vienes, sino hacia dónde vas. Tampoco caigamos en la trampa de desgastarnos en
lamentos, en lugar de avivar en nosotros las energías apacibles, que es lo que
verdaderamente nos transforma, confiando nuestro compromiso al futuro de la
humanidad, a través de la transmisión de la vida humana. Ahora bien, hemos de
desterrar toda maldad, ya que el orbe de los afectos tiene siempre un sentido
de clemencia, que nos lleva a aceptar al otro, aunque piense y actúe diferente,
como parte de esa conjunción de percusiones. Seamos entonces algo más que un
sentimiento, seamos caminantes de verbo en verso, que es lo que nos hace
ofrecer el bien, aunque nos hayan inundado de males, por el único encanto de
dar y de servir.
Desde luego, esta realidad de entrega permanente y de
guardia constante nos hace salir de nosotros mismos, mientras la rivalidad nos
lleva a centrarnos en el propio egoísmo. El mundo, sería otro muy distinto, si
fuese poesía y no poder, lo que nos
demanda a laborar otros andares más humildes y menos endiosados. Entremos en el
buen juicio, no necesitaremos salvajismo ni desafuero alguno; pues para un
ciudadano de bien, todo el orbe forma parte de su vena conjunta. La mentira es
la que sólo puede ser mantenida por la violencia. Nunca resuelve los trances,
ni siquiera aminora sus efectos calamitosos. Sin embargo, estimar lo que nos
rodea, también a nuestros análogos, es volverse amable; creando nuevas redes de
integración, con el amoroso calor de hogar, sitio en el que uno siempre es
esperado.
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