Hay vidas que se miden en
años y vidas que se miden por las batallas ganadas, el legado construido y la
lealtad a los orígenes. Mi padre, a sus casi 92 años, ha llegado al final de su
camino. Se ha ido despacio, arropado por sus hijos, sin sufrir y en absoluta
paz. Se fue como vivió siempre, con la dignidad intacta de quien jamás se
rindió ante nada ni ante nadie, y de quien dedicó gran parte de su vida a
mejorar la de los demás.
Su trayectoria estuvo
marcada por una solidaria entrega a la comunidad. Lo demostró en Puertollano,
en la época de la Transición, donde su vocación lo llevó a ser cofundador de "La Constitución",
la primera asociación de vecinos del municipio. Allá donde estuvo, cultivó
amistades sinceras de las que dejan huella y apoyó de corazón a diversos
colectivos de la localidad. Esa misma constancia la aplicó para plantar cara a
la muerte en más de una ocasión, demostrando una gran voluntad. Miró a los ojos a la
tuberculosis, venció al cáncer, sobrevivió a un gravísimo accidente de tráfico
y se levantó tras una caída de más de cuatro metros. Soportó úlceras, cirugías
y prótesis; su cuerpo era el de un luchador
indomable que se negaba a marchar antes de
tiempo.
En medio de esa intensa
vida pública, hoy los recuerdos más íntimos se agolpan sin orden y con fuerza
en mi mente. Lo recuerdo llevándome en bicicleta al campo cuando yo era un
niño. Recuerdo el día que juré bandera y me dio "permiso" para fumar,
y las risas que compartimos después en el coche cuando le confesé que,
precisamente en ese mismo instante, había decidido dejar el tabaco. Imposible
olvidar su faceta más divertida, como cuando defendió la portería en un partido
de fútbol solidario y, entre risas, recordábamos que solo le metieron diez
goles.
Mi padre poseía una
increíble habilidad con las manos para
crear y arreglar cualquier cosa —una virtud que,
lamentablemente, yo no heredé—. Estuvo a mi lado apoyándome incondicionalmente
cuando construí mi primera casa, trabajando codo con codo en una instalación de
fontanería que sacó adelante él mismo. Aún me veo de joven visitándolo en su puesto
de trabajo, en el archivo de "la Calvo Sotelo". Y recuerdo con
profundo agradecimiento su empeño indomable durante mi juventud para que
regresase de Barcelona; no paró de buscarme trabajos y opciones con tal de que
no me volviese a ir de su lado.
Esa misma determinación
marcaba su carácter en el día a día. Le encantaba conducir rápido y lo hizo
hasta los 88 años; una pasión al volante que solo se detuvo porque su querido
"Málaga" se averió y yo me negué rotundamente a llevarlo al taller.
Defendió siempre una independencia total,
asumiendo con orgullo el quedarse solo al cargo de su casa cuando falleció mi
madre. A partir de entonces, sus caminatas diarias por el pueblo tenían una
parada obligatoria, siempre pasaban por el
cementerio para saludarla a ella.
Me dejo en el alma cientos y cientos de bellos recuerdos
pasados con mi padre y con mi madre. Desde que era un niño, he visto pasar por
su casa a cientos de amigos. La empatía la derrochaban los dos por igual;
nuestra casa era un hogar de puertas abiertas.
Imposible no recordar aquellas inolvidables tertulias al fresco del verano en
su calle de Puertollano, aquellos encuentros con amigos en Castellón y lo mismo
en Calzada. Siempre que los visitaba, había alguna amistad compartiendo con
ellos. Los días de campo con la familia, las tardes de fútbol, las
Nochebuenas... al rememorar aquellos bellos días de mi niñez, de mi juventud y
de mi madurez, siempre los veo así, compartiendo su vida con alguien, ya fuesen
vecinos, familia o amigos. Mi madre, que le "aguantaba" estoicamente
todas sus "cosas", estuvo siempre, siempre a su lado. Y él le
devolvió esa lealtad con creces, cuando ella enfermó, no dudó en aprender a
cocinar para cuidarla y mimarla como solo un compañero de vida sabe hacerlo.
Ese amor incondicional
se extendió de forma infinita hacia sus nietos. Recuerdo con una tremenda
ternura el cariño desmedido que siempre le tuvo a mi hija y a mi hijo, y de
manera muy especial, aquel orgullo inmenso que iluminó su rostro cuando supo
que su nieto se iba a llamar como él y como yo, uniendo a tres generaciones en
un mismo nombre. Hoy, mientras rememoro tantos y tantos momentos, no puedo
evitar que las lágrimas corran por mis mejillas, pero me sostiene recordar que
siempre, en cada mirada y en cada gesto, noté el orgullo que sentía por mí y
por los suyos.
Fue un gran deportista y aficionado a la caza menor,
respetuoso con la tierra, matando solo lo que se iba a comer y repartiendo con
generosidad las piezas entre amigos y vecinos. Cuando su rodilla le impidió
seguir subiendo montes, conquistó los ríos como
pescador; formó parte de la directiva de
su asociación de pesca local cosechando casi dos centenares de trofeos, e
incluso se coronó campeón regional. Al jubilarse, vivió cerca del mar,
realizaba caminatas diarias de bastantes kilómetros y nadaba de enero a diciembre,
desafiando al invierno con una vitalidad que nos asombraba a todos, manteniendo
allí también su afición a la caña.
Su sensibilidad iba más
allá del deporte; le apasionaba la poesía y
un día me confesó que en su juventud él también había escrito algunos poemas.
Conservo grabada en el alma la felicidad que derrochaba en nuestro viaje a
Euskadi con motivo del hermanamiento poético. Qué contento se le veía con su
boina, luciéndola allí con el estilo y el orgullo de una auténtica chapela.
Pero el mar y los
viajes no eran la última parada. Pasados unos catorce años, mi madre y él
decidieron cumplir el sueño de sus vidas, el de volver a su pueblo natal.
Regresar a la tierra de la que un día tuvieron que salir buscando un futuro. Y
al volver a Calzada de Calatrava, su fuego interno no se apagó. Enseguida
empezó a colaborar estrechamente con el tejido vecinal y la agrupación local
socialista de su pueblo. Su predisposición, su trabajo constante y su labor
incansable hicieron que sus compañeros lo eligiesen para presidir el partido.
Incluso, como muestra de apoyo incondicional, formó parte de la lista electoral
en varias ocasiones. Lo hacía sin pretensiones, sin buscar una concejalía ni un
sillón; lo hacía solo por empujar, por ayudar, por demostrar con orgullo sus
verdaderos ideales de justicia y libertad.
Ese compromiso
inquebrantable con sus paisanos lo llevó también a formar parte activa de la
Asociación de Mayores "Salvador del Mundo" de Calzada. Su
compañerismo, su vitalidad y el profundo afecto que sembró entre sus iguales
hicieron que la asociación le rindiera un emotivo y merecido homenaje público,
un reconocimiento que él recibió con los ojos llenos de brillo, sabiéndose
profundamente querido en su propia casa y rodeado de sus vecinos.
Hoy su cuerpo cansado
ha encontrado la tregua que merecía. La tristeza nos inunda y el vacío ya se
siente, pero el orgullo que siento como hijo es infinitamente mayor que el
dolor. Se ha ido un calzadeño de pura cepa, el fundador vecinal de Puertollano,
el militante ejemplar, el incansable deportista de monte, río y mar. Se nos va un poeta, un luchador, comprometido y solidario; el
amigo de sus amigos y el apoyo inquebrantable de su familia. Pero, por encima
de todo, se va una persona íntegramente independiente, un hombre libre que
amaba la libertad más que a nada en este mundo.
Se ha ido
un padre extraordinario.
Me consuela saber que,
tras haber superado todos los temporales, regresa definitivamente al lado de mi
madre en la tierra que los vio nacer. Esta tarde, cuando su caminata diaria
termine por fin a su lado, sabremos que ha vuelto a casa.
Información
de la despedida:
Fiel a sus
convicciones, la despedida será un acto estrictamente laico, sin ceremonia
religiosa. El entierro civil tendrá
lugar esta tarde, a las 19:00 horas, en el Cementerio de Calzada de Calatrava,
donde recibirá sepultura junto a nuestra madre.
Buen viaje, “jefe”. Has
ganado el partido más importante.
Que la tierra de tu
Calzada te sea leve.
Julio
Criado García
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Jueves, 30 de Julio del 2026
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Viernes, 31 de Julio del 2026