Hay una pregunta que
quizá resulte mucho más reveladora que la habitual cuando hablamos de una
persona atrapada en una adicción: no tanto qué consume, cuánto consume o desde
cuándo lo hace, sino qué está buscando realmente cuando consume, porque detrás
de una dependencia puede haber mucho más que una sustancia y, en ocasiones,
comprender la adicción exige apartar por un momento la mirada de la droga para
dirigirla hacia la persona que hay detrás de ella, hacia aquello que siente,
aquello que teme, aquello que intenta olvidar y, sobre todo, aquello que
durante un tiempo ha descubierto que puede dejar de sentir cuando consume.
La historia del
consumo de sustancias asociadas al placer, al poder, a la noche y a
determinados ambientes sociales tampoco es reciente, porque durante buena parte
del siglo XX, especialmente en determinados círculos artísticos, culturales y
económicos, el alcohol, el tabaco, el whisky, el champán y posteriormente otras
sustancias convivieron con una determinada idea del éxito, la sofisticación y
la transgresión, hasta el punto de que las grandes noches, los clubes, los
hoteles, los camerinos y las fiestas privadas construyeron una cultura del
exceso que durante décadas fue presentada, no pocas veces, como una forma de
libertad, de rebeldía e incluso de creatividad; en Barcelona, como en Madrid y
en tantas otras grandes ciudades, determinados ambientes de la burguesía y de
las élites culturales incorporaron el consumo a una determinada liturgia
nocturna en la que la frontera entre el placer y el exceso podía llegar a
desaparecer.
La cultura popular
también convirtió en mito la relación de algunos artistas con las sustancias, y
figuras como Frank Sinatra quedaron vinculadas para siempre a un imaginario de
noches interminables, alcohol, música, lujo y excesos que terminó formando parte
del propio personaje, aunque conviene establecer una diferencia esencial entre
la representación cultural del consumo y la enfermedad de la adicción, porque
que una conducta esté socialmente aceptada, incluso celebrada, no significa que
sea inocua ni que todas las personas que participan de ella desarrollen una
dependencia; el problema aparece cuando aquello que comenzó siendo una
elección, un juego, una forma de diversión o incluso un símbolo de pertenencia
deja de estar bajo el control de quien consume y empieza, poco a poco, a
convertirse en una necesidad.
Y es precisamente en
ese momento cuando la psiquiatría de las adicciones obliga a mirar mucho más
profundamente, porque una persona no siempre consume para experimentar placer
y, de hecho, en muchas ocasiones continúa consumiendo cuando el placer inicial
ya ha desaparecido, cuando las consecuencias son evidentes y cuando incluso
existe un deseo consciente de abandonar el consumo, lo que significa que detrás
de la conducta puede existir algo mucho más complejo que la simple búsqueda de
una sensación agradable: puede existir la necesidad de escapar de la ansiedad,
de silenciar determinados pensamientos, de dormir, de soportar el miedo, de
relacionarse con los demás, de sentirse más segura, de pertenecer a un grupo o,
sencillamente, de dejar de sentir durante unas horas aquello que en la vida
cotidiana se ha convertido en insoportable.
Lo que empieza como
una búsqueda de placer puede terminar transformándose, por tanto, en una
búsqueda de alivio, y entre ambas cosas existe una diferencia enorme, porque ya
no se trata únicamente de "quiero sentirme bien", sino de
"necesito dejar de sentirme así", una frase que probablemente
explique mucho mejor que cualquier juicio moral el mecanismo por el que algunas
personas terminan atrapadas en una dependencia.
Hay, además, otra
dimensión especialmente interesante de las adicciones que con frecuencia queda
relegada a un segundo plano y que tiene que ver con la capacidad del cerebro
para aprender no solamente el efecto de una sustancia, sino todo aquello que la
precede, porque el cerebro aprende el lugar, la hora, las personas, la música,
los olores, los objetos, la forma de conseguirla, las conversaciones y, sobre
todo, aprende el ritual que anuncia que después de todo aquello llegará el
efecto que está esperando, de manera que, con el paso del tiempo, el deseo
puede aparecer incluso antes de que la sustancia esté presente y una simple
señal asociada al consumo puede ser suficiente para desencadenar una
anticipación extraordinariamente poderosa.
Conseguir la
sustancia, prepararla, manipularla, administrarla, esperar y finalmente
experimentar sus efectos forman una secuencia que puede quedar profundamente
grabada, y después de suficientes repeticiones cada uno de esos pasos puede
adquirir significado por sí mismo, hasta el punto de que la persona puede
sentir que ya está entrando en el estado que busca antes incluso de haber
recibido el efecto completo de la sustancia, porque el cerebro ha aprendido a
anticipar la recompensa y, en cierto modo, ha incorporado el ritual al propio
placer.
Quizá por eso resulte
tan reveladora la observación de que, en determinadas personas con una
dependencia muy consolidada, la primera satisfacción puede encontrarse incluso
en la propia administración, antes de que la sustancia haya producido
plenamente su efecto, porque la jeringuilla deja entonces de ser únicamente un
instrumento y pasa a formar parte de una secuencia aprendida, una promesa de
que algo va a cambiar inmediatamente, de que la tensión desaparecerá, de que el
dolor se hará más soportable o de que durante unos instantes el mundo interior
dejará de resultar tan difícil de habitar; no se trata necesariamente de una
supuesta "adicción a la jeringuilla" independiente de la sustancia,
sino de un condicionamiento en el que el gesto, la anticipación y la
expectativa han adquirido un enorme peso psicológico.
Y aquí aparece una
pregunta inevitable: si existen tantas formas de experimentar placer —la
música, el sexo, el deporte, la comida, las relaciones afectivas, la
creatividad, el reconocimiento, el contacto con otras personas o simplemente la
sensación de estar vivo—, ¿por qué alguien termina recurriendo a una sustancia
que puede resultar tan destructiva? La respuesta es que una droga no compite
con esas experiencias únicamente en términos de placer, sino en términos de
rapidez, intensidad, previsibilidad y capacidad para modificar el estado
interno, porque una experiencia natural suele necesitar tiempo, contexto y
participación, mientras que determinadas sustancias pueden producir una
transformación rápida y predecible de la manera en que una persona se siente, y
el cerebro tiene una enorme capacidad para aprender aquellas conductas cuya
recompensa aparece de manera inmediata.
Pero hay algo todavía
más profundo, porque en muchas adicciones la sustancia termina dejando de
competir con el placer y empieza a competir directamente con el sufrimiento, y
ese es probablemente uno de los cambios más importantes que pueden producirse en
la evolución de una dependencia: al principio puede existir una búsqueda de
euforia, de desinhibición, de energía o de placer, pero con el tiempo puede
aparecer una necesidad mucho más difícil de combatir, que es la necesidad de
evitar el malestar.
La persona que
inicialmente consumía para sentirse extraordinariamente bien puede terminar
consumiendo para no sentirse mal, y la sustancia puede convertirse entonces en
una herramienta para regular la ansiedad, el miedo, la tristeza, la
frustración, el vacío o determinados pensamientos, de modo que abandonar el
consumo ya no significa únicamente renunciar a una experiencia placentera, sino
enfrentarse de nuevo a aquello que durante un tiempo había conseguido
anestesiar.
Ese es uno de los
círculos más perversos de la dependencia, porque la sustancia ofrece alivio, el
alivio refuerza el consumo, la repetición consolida el hábito, el organismo y
la mente se adaptan y finalmente aparece un escenario en el que la persona puede
consumir no porque espere una felicidad extraordinaria, sino porque necesita
recuperar un equilibrio que siente que ya no puede alcanzar de otra manera, y
entonces la pregunta deja de ser únicamente "¿por qué consume?" para
convertirse en otra mucho más incómoda y probablemente mucho más útil: ¿qué
consigue no sentir cuando consume?
La respuesta puede
llevarnos mucho más cerca del origen del problema, porque una adicción no tiene
una única explicación y en ella intervienen factores biológicos, psicológicos,
sociales y ambientales, además de las características de la sustancia, la vía
de administración y el contexto en el que se produce el consumo, de manera que
sería tan simplista explicar todas las adicciones mediante un trauma como
reducirlas a una falta de voluntad, pero precisamente por eso resulta necesario
preguntarse qué estaba ocurriendo en la vida de esa persona antes de que la
sustancia adquiriera ese poder.
Puede existir una
vulnerabilidad previa, una dificultad para regular determinadas emociones, una
experiencia dolorosa, una necesidad intensa de pertenencia, un entorno en el
que el consumo estaba normalizado, una búsqueda de identidad o simplemente una
primera experiencia que produjo una recompensa tan intensa que el cerebro
aprendió rápidamente a repetirla, y ninguna de estas circunstancias explica por
sí sola una adicción, pero todas pueden formar parte de una historia que
termina haciendo que una sustancia adquiera un significado que para otra
persona jamás tendrá.
Durante demasiado
tiempo hemos utilizado una explicación aparentemente sencilla para comprender
la dependencia: "si quisiera, lo dejaría", pero una adicción
consolidada no funciona de una manera tan elemental, porque la voluntad existe,
pero no opera en el vacío y una persona puede desear profundamente dejar de
consumir y, al mismo tiempo, experimentar un deseo intenso y condicionado hacia
aquello que su cerebro ha aprendido a identificar como fuente de recompensa,
alivio o regulación emocional.
Por eso el tratamiento
tampoco puede reducirse exclusivamente a retirar la sustancia, porque si
desaparece la droga pero permanece intacto aquello que la persona utilizaba
para soportar su vida, el problema fundamental puede seguir ahí, esperando, y
entonces comienza la parte verdaderamente difícil: aprender a dormir sin ella,
a tolerar la ansiedad sin ella, a enfrentarse al vacío sin ella, a relacionarse
con los demás sin ella, a soportar determinados recuerdos sin ella y, sobre
todo, a recuperar la capacidad de experimentar placer mediante experiencias que
durante años han podido parecer insuficientes frente a la intensidad de una
sustancia.
Tal vez una de las
mayores trampas al hablar de adicciones consista precisamente en mirar
solamente aquello que resulta visible, porque vemos la botella, la pastilla, el
polvo, la jeringuilla o el consumo compulsivo y creemos estar viendo el
problema completo, cuando quizá estamos viendo únicamente la última escena de
una historia que comenzó mucho antes, una historia en la que pudo haber una
vulnerabilidad, después una emoción difícil de gestionar, después una sustancia
que ofreció una solución inmediata, después la repetición, después el hábito y
finalmente la pérdida progresiva de control.
Cuando la historia
alcanza ese punto, la persona ya no está simplemente consumiendo, sino
repitiendo una secuencia que su cerebro ha aprendido demasiado bien, y quizá
por eso la pregunta más importante no sea "¿por qué no lo deja?",
porque esa pregunta coloca todo el peso sobre la voluntad individual y deja
fuera la complejidad del proceso, sino otra mucho más incómoda y, al mismo
tiempo, mucho más humana: ¿qué encontró ahí dentro que todavía no ha conseguido
encontrar en ningún otro lugar?
Quizá la respuesta no
esté en la droga, sino en aquello que la droga prometió solucionar; quizá esté
en el dolor que consiguió silenciar durante un tiempo, en la ansiedad que hizo
desaparecer, en el vacío que consiguió llenar, en la pertenencia que proporcionó
o en esa sensación fugaz de control que apareció cuando todo lo demás parecía
escapar, y comprenderlo no significa justificar el consumo, minimizar sus
consecuencias ni negar la responsabilidad individual, sino reconocer que detrás
de una conducta destructiva puede existir una maquinaria mucho más compleja de
lo que aparenta desde fuera.
Porque mientras
sigamos preguntando solamente qué consume una persona, estaremos describiendo
su adicción, pero cuando empecemos a preguntarnos para qué la necesita,
estaremos empezando a comprenderla, y quizá el verdadero objetivo de la
psiquiatría no sea únicamente conseguir que alguien deje de necesitar una
droga, sino ayudarle a reconstruir los mecanismos internos, las relaciones, los
recursos y las formas de encontrar placer y alivio que durante un tiempo
quedaron sustituidos por ella.
Al final, una adicción
puede empezar con una sustancia, pero rara vez termina siendo solamente una
historia sobre una sustancia; es una historia sobre el cerebro, sobre el deseo,
sobre el aprendizaje, sobre el placer, sobre la dependencia y sobre la capacidad
humana de convertir una experiencia puntual en una necesidad, pero también es,
muchas veces, una historia sobre el dolor, sobre aquello que no supimos
nombrar, sobre aquello que no supimos soportar y sobre la búsqueda desesperada
de una salida rápida.
Y quizá ese sea el
verdadero cierre de esta historia: la pregunta definitiva no debería ser por
qué alguien eligió la droga, sino por qué llegó un momento en su vida en el que
la droga pareció ofrecerle una respuesta que ninguna otra cosa conseguía darle;
porque mientras no encontremos esa respuesta, podremos retirar la sustancia,
pero difícilmente habremos llegado al lugar donde comenzó la adicción.
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