Opinión

Cuando la adicción deja de estar en la droga

Javier Rubio | Viernes, 14 de Agosto del 2026
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Hay una pregunta que quizá resulte mucho más reveladora que la habitual cuando hablamos de una persona atrapada en una adicción: no tanto qué consume, cuánto consume o desde cuándo lo hace, sino qué está buscando realmente cuando consume, porque detrás de una dependencia puede haber mucho más que una sustancia y, en ocasiones, comprender la adicción exige apartar por un momento la mirada de la droga para dirigirla hacia la persona que hay detrás de ella, hacia aquello que siente, aquello que teme, aquello que intenta olvidar y, sobre todo, aquello que durante un tiempo ha descubierto que puede dejar de sentir cuando consume.

La historia del consumo de sustancias asociadas al placer, al poder, a la noche y a determinados ambientes sociales tampoco es reciente, porque durante buena parte del siglo XX, especialmente en determinados círculos artísticos, culturales y económicos, el alcohol, el tabaco, el whisky, el champán y posteriormente otras sustancias convivieron con una determinada idea del éxito, la sofisticación y la transgresión, hasta el punto de que las grandes noches, los clubes, los hoteles, los camerinos y las fiestas privadas construyeron una cultura del exceso que durante décadas fue presentada, no pocas veces, como una forma de libertad, de rebeldía e incluso de creatividad; en Barcelona, como en Madrid y en tantas otras grandes ciudades, determinados ambientes de la burguesía y de las élites culturales incorporaron el consumo a una determinada liturgia nocturna en la que la frontera entre el placer y el exceso podía llegar a desaparecer.

La cultura popular también convirtió en mito la relación de algunos artistas con las sustancias, y figuras como Frank Sinatra quedaron vinculadas para siempre a un imaginario de noches interminables, alcohol, música, lujo y excesos que terminó formando parte del propio personaje, aunque conviene establecer una diferencia esencial entre la representación cultural del consumo y la enfermedad de la adicción, porque que una conducta esté socialmente aceptada, incluso celebrada, no significa que sea inocua ni que todas las personas que participan de ella desarrollen una dependencia; el problema aparece cuando aquello que comenzó siendo una elección, un juego, una forma de diversión o incluso un símbolo de pertenencia deja de estar bajo el control de quien consume y empieza, poco a poco, a convertirse en una necesidad.

Y es precisamente en ese momento cuando la psiquiatría de las adicciones obliga a mirar mucho más profundamente, porque una persona no siempre consume para experimentar placer y, de hecho, en muchas ocasiones continúa consumiendo cuando el placer inicial ya ha desaparecido, cuando las consecuencias son evidentes y cuando incluso existe un deseo consciente de abandonar el consumo, lo que significa que detrás de la conducta puede existir algo mucho más complejo que la simple búsqueda de una sensación agradable: puede existir la necesidad de escapar de la ansiedad, de silenciar determinados pensamientos, de dormir, de soportar el miedo, de relacionarse con los demás, de sentirse más segura, de pertenecer a un grupo o, sencillamente, de dejar de sentir durante unas horas aquello que en la vida cotidiana se ha convertido en insoportable.

Lo que empieza como una búsqueda de placer puede terminar transformándose, por tanto, en una búsqueda de alivio, y entre ambas cosas existe una diferencia enorme, porque ya no se trata únicamente de "quiero sentirme bien", sino de "necesito dejar de sentirme así", una frase que probablemente explique mucho mejor que cualquier juicio moral el mecanismo por el que algunas personas terminan atrapadas en una dependencia.

Hay, además, otra dimensión especialmente interesante de las adicciones que con frecuencia queda relegada a un segundo plano y que tiene que ver con la capacidad del cerebro para aprender no solamente el efecto de una sustancia, sino todo aquello que la precede, porque el cerebro aprende el lugar, la hora, las personas, la música, los olores, los objetos, la forma de conseguirla, las conversaciones y, sobre todo, aprende el ritual que anuncia que después de todo aquello llegará el efecto que está esperando, de manera que, con el paso del tiempo, el deseo puede aparecer incluso antes de que la sustancia esté presente y una simple señal asociada al consumo puede ser suficiente para desencadenar una anticipación extraordinariamente poderosa.

Conseguir la sustancia, prepararla, manipularla, administrarla, esperar y finalmente experimentar sus efectos forman una secuencia que puede quedar profundamente grabada, y después de suficientes repeticiones cada uno de esos pasos puede adquirir significado por sí mismo, hasta el punto de que la persona puede sentir que ya está entrando en el estado que busca antes incluso de haber recibido el efecto completo de la sustancia, porque el cerebro ha aprendido a anticipar la recompensa y, en cierto modo, ha incorporado el ritual al propio placer.

Quizá por eso resulte tan reveladora la observación de que, en determinadas personas con una dependencia muy consolidada, la primera satisfacción puede encontrarse incluso en la propia administración, antes de que la sustancia haya producido plenamente su efecto, porque la jeringuilla deja entonces de ser únicamente un instrumento y pasa a formar parte de una secuencia aprendida, una promesa de que algo va a cambiar inmediatamente, de que la tensión desaparecerá, de que el dolor se hará más soportable o de que durante unos instantes el mundo interior dejará de resultar tan difícil de habitar; no se trata necesariamente de una supuesta "adicción a la jeringuilla" independiente de la sustancia, sino de un condicionamiento en el que el gesto, la anticipación y la expectativa han adquirido un enorme peso psicológico.

Y aquí aparece una pregunta inevitable: si existen tantas formas de experimentar placer —la música, el sexo, el deporte, la comida, las relaciones afectivas, la creatividad, el reconocimiento, el contacto con otras personas o simplemente la sensación de estar vivo—, ¿por qué alguien termina recurriendo a una sustancia que puede resultar tan destructiva? La respuesta es que una droga no compite con esas experiencias únicamente en términos de placer, sino en términos de rapidez, intensidad, previsibilidad y capacidad para modificar el estado interno, porque una experiencia natural suele necesitar tiempo, contexto y participación, mientras que determinadas sustancias pueden producir una transformación rápida y predecible de la manera en que una persona se siente, y el cerebro tiene una enorme capacidad para aprender aquellas conductas cuya recompensa aparece de manera inmediata.

Pero hay algo todavía más profundo, porque en muchas adicciones la sustancia termina dejando de competir con el placer y empieza a competir directamente con el sufrimiento, y ese es probablemente uno de los cambios más importantes que pueden producirse en la evolución de una dependencia: al principio puede existir una búsqueda de euforia, de desinhibición, de energía o de placer, pero con el tiempo puede aparecer una necesidad mucho más difícil de combatir, que es la necesidad de evitar el malestar.

La persona que inicialmente consumía para sentirse extraordinariamente bien puede terminar consumiendo para no sentirse mal, y la sustancia puede convertirse entonces en una herramienta para regular la ansiedad, el miedo, la tristeza, la frustración, el vacío o determinados pensamientos, de modo que abandonar el consumo ya no significa únicamente renunciar a una experiencia placentera, sino enfrentarse de nuevo a aquello que durante un tiempo había conseguido anestesiar.

Ese es uno de los círculos más perversos de la dependencia, porque la sustancia ofrece alivio, el alivio refuerza el consumo, la repetición consolida el hábito, el organismo y la mente se adaptan y finalmente aparece un escenario en el que la persona puede consumir no porque espere una felicidad extraordinaria, sino porque necesita recuperar un equilibrio que siente que ya no puede alcanzar de otra manera, y entonces la pregunta deja de ser únicamente "¿por qué consume?" para convertirse en otra mucho más incómoda y probablemente mucho más útil: ¿qué consigue no sentir cuando consume?

La respuesta puede llevarnos mucho más cerca del origen del problema, porque una adicción no tiene una única explicación y en ella intervienen factores biológicos, psicológicos, sociales y ambientales, además de las características de la sustancia, la vía de administración y el contexto en el que se produce el consumo, de manera que sería tan simplista explicar todas las adicciones mediante un trauma como reducirlas a una falta de voluntad, pero precisamente por eso resulta necesario preguntarse qué estaba ocurriendo en la vida de esa persona antes de que la sustancia adquiriera ese poder.

Puede existir una vulnerabilidad previa, una dificultad para regular determinadas emociones, una experiencia dolorosa, una necesidad intensa de pertenencia, un entorno en el que el consumo estaba normalizado, una búsqueda de identidad o simplemente una primera experiencia que produjo una recompensa tan intensa que el cerebro aprendió rápidamente a repetirla, y ninguna de estas circunstancias explica por sí sola una adicción, pero todas pueden formar parte de una historia que termina haciendo que una sustancia adquiera un significado que para otra persona jamás tendrá.

Durante demasiado tiempo hemos utilizado una explicación aparentemente sencilla para comprender la dependencia: "si quisiera, lo dejaría", pero una adicción consolidada no funciona de una manera tan elemental, porque la voluntad existe, pero no opera en el vacío y una persona puede desear profundamente dejar de consumir y, al mismo tiempo, experimentar un deseo intenso y condicionado hacia aquello que su cerebro ha aprendido a identificar como fuente de recompensa, alivio o regulación emocional.

Por eso el tratamiento tampoco puede reducirse exclusivamente a retirar la sustancia, porque si desaparece la droga pero permanece intacto aquello que la persona utilizaba para soportar su vida, el problema fundamental puede seguir ahí, esperando, y entonces comienza la parte verdaderamente difícil: aprender a dormir sin ella, a tolerar la ansiedad sin ella, a enfrentarse al vacío sin ella, a relacionarse con los demás sin ella, a soportar determinados recuerdos sin ella y, sobre todo, a recuperar la capacidad de experimentar placer mediante experiencias que durante años han podido parecer insuficientes frente a la intensidad de una sustancia.

Tal vez una de las mayores trampas al hablar de adicciones consista precisamente en mirar solamente aquello que resulta visible, porque vemos la botella, la pastilla, el polvo, la jeringuilla o el consumo compulsivo y creemos estar viendo el problema completo, cuando quizá estamos viendo únicamente la última escena de una historia que comenzó mucho antes, una historia en la que pudo haber una vulnerabilidad, después una emoción difícil de gestionar, después una sustancia que ofreció una solución inmediata, después la repetición, después el hábito y finalmente la pérdida progresiva de control.

Cuando la historia alcanza ese punto, la persona ya no está simplemente consumiendo, sino repitiendo una secuencia que su cerebro ha aprendido demasiado bien, y quizá por eso la pregunta más importante no sea "¿por qué no lo deja?", porque esa pregunta coloca todo el peso sobre la voluntad individual y deja fuera la complejidad del proceso, sino otra mucho más incómoda y, al mismo tiempo, mucho más humana: ¿qué encontró ahí dentro que todavía no ha conseguido encontrar en ningún otro lugar?

Quizá la respuesta no esté en la droga, sino en aquello que la droga prometió solucionar; quizá esté en el dolor que consiguió silenciar durante un tiempo, en la ansiedad que hizo desaparecer, en el vacío que consiguió llenar, en la pertenencia que proporcionó o en esa sensación fugaz de control que apareció cuando todo lo demás parecía escapar, y comprenderlo no significa justificar el consumo, minimizar sus consecuencias ni negar la responsabilidad individual, sino reconocer que detrás de una conducta destructiva puede existir una maquinaria mucho más compleja de lo que aparenta desde fuera.

Porque mientras sigamos preguntando solamente qué consume una persona, estaremos describiendo su adicción, pero cuando empecemos a preguntarnos para qué la necesita, estaremos empezando a comprenderla, y quizá el verdadero objetivo de la psiquiatría no sea únicamente conseguir que alguien deje de necesitar una droga, sino ayudarle a reconstruir los mecanismos internos, las relaciones, los recursos y las formas de encontrar placer y alivio que durante un tiempo quedaron sustituidos por ella.

Al final, una adicción puede empezar con una sustancia, pero rara vez termina siendo solamente una historia sobre una sustancia; es una historia sobre el cerebro, sobre el deseo, sobre el aprendizaje, sobre el placer, sobre la dependencia y sobre la capacidad humana de convertir una experiencia puntual en una necesidad, pero también es, muchas veces, una historia sobre el dolor, sobre aquello que no supimos nombrar, sobre aquello que no supimos soportar y sobre la búsqueda desesperada de una salida rápida.

Y quizá ese sea el verdadero cierre de esta historia: la pregunta definitiva no debería ser por qué alguien eligió la droga, sino por qué llegó un momento en su vida en el que la droga pareció ofrecerle una respuesta que ninguna otra cosa conseguía darle; porque mientras no encontremos esa respuesta, podremos retirar la sustancia, pero difícilmente habremos llegado al lugar donde comenzó la adicción.

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