“Nos
circundan tantos bosquejos de colores y calores diferentes, que todas ellos son
un auténtico poema sin palabras, con los que debemos recrearnos para crecernos
en lo sistémico”.
La contemplación siempre hay que tenerla en guardia, como
un poeta en acción, incluso cuando todo
parece un desastre, para llegar a leer nuestra propia mirada con el abecedario
de lo celeste y no con el tormento lingüístico de lo mundano; y, así, alcanzar
vigor para tomar la orientación armónica que todos requerimos como naturaleza
vinculante. Desde luego, tenemos que perseverar en el culto a la cultura, en un
nuevo despertar conjunto, si queremos afrontar una de las mayores miserias de
nuestro tiempo, la pérdida del sentido común; lo que conlleva reencontrarse con
nuestras constelaciones interiores, que son las que nos impulsan a
esperanzarnos y a perder el miedo, con la fuerza anímica del consuelo y la
ilusión.
Sabemos que la realidad no es fácil, máxime en un momento
de fuertes contrastes, en el que la tecnología nos conecta, pero nosotros
permanecemos desconectados entre sí, a nuestros propios latidos y sentimientos.
Quizás nos hemos olvidado de vivir, o de cómo morar para vivir y de cómo ser
para convivir. Hoy más que nunca, precisamos visiones confluentes y distintas,
al menos para lograr reconstruir senderos de concordia. En efecto, ahora
poseemos más carencia de respeto que de pan. Por consiguiente, es menester
cultivar el tacto de la bondad y utilizar el pulso de la verdad, para
explorarnos, querernos y hablarnos, como seres racionales que somos.
Indudablemente, en la poesía y no en el poder, está la llave de un espíritu
sincero.
Nos circundan tantos bosquejos de colores y calores diferentes,
que todas ellos son un auténtico poema sin palabras, con los que debemos
recrearnos para crecernos en lo sistémico. Es evidente, que requerimos del
silencio para conseguir conversar internamente, pero también para buscar cauces
de referencia fiables y caminos capaces de orientar la senda existencial. Cada
ciudadano, pues, está llamado a colaborar en el diseño de un itinerario común.
Esto nos llama a despertar a un tiempo nuevo, donde todos nos sintamos
conscientemente maduros y libres, trabajando a golpe de conciencia y con la
voluntad de que nos auxiliemos mutuamente, floreciendo mar adentro con el
oleaje de la unidad como gozo, al pertenecer a una única familia humana.
Unos y otros formamos parte de un tronco poético, con su
ritmo diferencial, pero que ha de sumarse a los demás para esclarecer nuestros
propios andares por aquí abajo. Si este horizonte terrícola se aclara,
aumentará el deseo de hacer y de rehacernos, dejaremos el vacío interior que suele
amortajarnos en vida, con el aislamiento y la desesperación, para tomar el
impulso de interrogarnos, hallándonos y reconociéndonos. En este nuevo ámbito,
donde todo se alienta y se alimenta de percepciones, estamos invitados a
dejarnos ver en comunión y en comunidad, sin que prevalezcan los intereses
egoístas. La cuestión radica en el partir hacia otro rumbo, con un compartir
donante. Por ello, tan vital como ponerse en camino, es también observarse, por
si uno tiene que modificar realizaciones.
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Jueves, 13 de Agosto del 2026
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