Opinión

La cigarra y la hormiga: Y tú, pobre obrera, ¿qué has hecho en la vida?

Eva María Baos | Martes, 18 de Agosto del 2026
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Cómo habría sido la conversación entre el conde Lucanor y Patronio, su consejero, si este le hubiese preguntado por un hombre al que acogió en sus tierras:

Ejemplo LII: De lo que aconteció a una hormiga con una cigarra a la que dio posada en su hormiguero.

—Patronio, bien sabéis que, movido por la compasión, he acogido en mis tierras a un hombre que decía estar obrando en grandes menesteres y estudios. Mas pasan los meses y no hace labor alguna de provecho. Cuando le ruego que guarde orden y ayude en las cargas de la hacienda, se ofende gravemente, me acusa de tratarle como a un mendigo sin oficio ni beneficio y en venganza me quita el sueño exagerando sus ronquidos por las noches. Y aún más, cuando le reprendo, me mira con soberbia, me pregunta qué he hecho yo de provecho en esta vida, se jacta de que él ha vivido intensamente y afirma que yo lo único que sé hacer es trabajar sin descanso. Me molestan mucho sus comentarios porque mientras yo trabajo él se endeuda. Gasta sin mesura y vive gracias a rentas ajenas, mas siento gran pesar y culpa porque tiene mucho arte y prometí ayudarlo, temo parecer cruel y desalmado si lo echo de mi casa porque no tiene dónde ir. ¿Qué me aconsejáis que haga?

—Señor conde Lucanor —dijo Patronio—, para que en esto hagáis lo que más os conviene, me placería mucho que supieseis lo que aconteció a una hormiga con una cigarra.

El conde le rogó que se lo contase.

—Señor conde —siguió Patronio—, hubo una vez una hormiga muy trabajadora que abrió las puertas de su morada a una cigarra. Esta cigarra no solo cantaba, sino que decía estar muy ocupada en mandar misivas y forjar tratos con grandes señores, empresas que nunca tenían fin ni daban fruto. La hormiga trabajaba por ambas, mientras la huésped ensuciaba el hormiguero, se jactaba de su alta alcurnia y se enorgullecía de alternar con mariposas.

Ocurrió que la hormiga, cansada del ruido y el desorden, le pidió mesura. La cigarra, con gran arrogancia, le respondió: "Deberías agradecerme, pues tu vida era un yermo de aburrimiento antes de que yo trajera mi brillantez a este agujero".

Y para mayor escarnio de la pobre anfitriona, sucedió que una mañana se presentó a la entrada del hormiguero un escarabajo mercader, tirando de un carro cargado de finísimos pólenes traídos de tierras lejanas y gotas de rocío añejadas. La cigarra se apresuró a recibirlo y adquirió a crédito las más caras viandas y sedas, firmando los pagarés con gran floritura.

Viendo la hormiga semejante derroche, le preguntó con espanto cómo pensaba pagar tamaña fortuna si, como ya se ha dicho, sus empresas no daban fruto. La cigarra, acomodándose en un lecho de pétalos frescos que acababa de encargar, rio con gran condescendencia.

—¡Ay, pobre criatura de miras estrechas, tienes que ver más allá y pensar con la cabeza! —exclamó la holgazana mientras saboreaba un néctar de jazmín importado—. Esto no son gastos, sino menesteres de representación e inversiones de capital. ¿Acaso esperas que cierre mis magnos tratos con los señores del bosque ofreciéndoles estas tristes migajas de trigo rancio que tú masticas? El éxito pertenece a quienes invierten en su imagen, pero bien sé que una mente acostumbrada a escarbar en la tierra no puede comprender las finanzas de las altas esferas. ¿Qué tienes tú que decir si no entiendes nada de economía?

Y así, mientras la hormiga guardaba grano a grano con el lomo partido y el sudor en la frente, la cigarra llenaba el hormiguero de lujos superfluos, alegando que el entorno rústico de su anfitriona mermaba su creatividad, y dejando que, días más tarde, los mosquitos cobradores llamasen a la puerta exigiendo los pagos atrasados.

Viendo la hormiga que el mal crecía, le dio un ultimátum: o enmendaba sus costumbres, o habría de buscarse otra posada. La cigarra, haciendo grandes aspavientos, fingió una herida mortal. Llevándose las patas al pecho como si el ultimátum le hubiera atravesado el corazón con una lanza, se dejó caer dramáticamente sobre una alfombra de musgo. Clamó que la hormiga la estaba haciendo sentir como a una pordiosera de los arrabales, como a una vagabunda, ofendiendo así su fina sensibilidad.

—¡Oh, cuán áspero es el mundo con las almas elevadas! —gimoteaba la cigarra, derramando lágrimas secas—. Yo, que con mi arte he intentado poner color a la grisura de tu monótona existencia, me veo tratada como un parásito indigno. ¡Qué ceguera la tuya, que confundes la inspiración con la pereza!

Y para cobrarse esta supuesta afrenta, la cigarra decidió que si su espíritu padecía, el cuerpo de su anfitriona habría de acompañarla en el martirio. Pasó la noche entera cantando con gran estruendo, robándole el sueño a la hormiga para quebrantar su voluntad, pues bien sabía que el cansancio amansa a los justos. Mas no era un canto hermoso, sino un quejido agudo y desafinado, acompañado de hondos y dramáticos suspiros.

Cada vez que la pobre hormiga, exhausta por la labor del día, lograba cerrar los ojos, la cigarra afinaba su guitarra con gran estrépito y entonaba interminables coplas sobre la incomprensión de los genios y la crueldad de los corazones de piedra. Se paseaba por las galerías del hormiguero arrastrando los pies a propósito, asegurándose de que el eco de su "sufrimiento" retumbara hasta el último rincón, negándole a la obrera el menor resquicio de paz."

A la mañana siguiente, cuando el sol ya despuntaba alto y la pobre hormiga llevaba horas acarreando pesadas cargas con los ojos enrojecidos por el insomnio, la cigarra emergió por fin de sus aposentos. Mostrábase tan fresca, lozana y altiva como si hubiese reposado sobre un mullido lecho de rosas, sin asomo de fatiga por el estrépito nocturno. Con aires de gran señora, desperezándose con lentitud, se plantó ante la dueña de la casa. Y lejos de mostrar arrepentimiento alguno por el tormento que había infligido, carraspeó con suficiencia y exigió formales disculpas por los inmerecidos agravios de la víspera. Acto seguido, dispúsose a yantar, mas al ver la mesa vacía, se quejó amargamente de que no quedara ni un pedazo del dulce bizcocho que la hormiga solía hornearle para su desayuno.

La exhausta anfitriona, perdiendo ya la escasa paciencia que le quedaba, le respondió que bastante había tenido con soportar sus desvelos como para amasarle encima bizcochos, y se negó en redondo a pedirle perdón. Mas no se detuvo ahí la obrera, sino que, alzando por fin la voz, le recriminó su desmedida desvergüenza. Le hizo saber que no era de personas nobles ni de buen huésped morder la mano que le da sustento, ni pagar el cobijo con vanidosas exigencias y alborotos nocturnos.

—Vuestro comportamiento es a todas luces inaceptable y carente de virtud —sentenció la trabajadora, mirándola a los ojos—. Llenáis mi casa de extravagancias, despreciáis mi mesa, me robáis el sueño y aún pretendéis que os rinda pleitesía, cuando no sois más que un huésped desagradecido que confunde la caridad con la servidumbre.

Ante tan cruda reprimenda, la cigarra, sintiéndose ofendida en lo más hondo de su orgullo y privada de su merecido manjar, le contestó a la hormiga:

—Es bien cierto que en este instante mis bolsillos están vacíos —proclamó la holgazana con voz teatral—, pero ¡qué vida he llevado! He gastado grandes fortunas en recorrer el vasto mundo y en procurarme los más exquisitos caprichos. He yantado en las mejores posadas y en los banquetes de las cortes más refinadas. He navegado mares remotos, he paseado por los exóticos jardines de imperios lejanos y he debatido de filosofía con los sabios de oriente. He escuchado los versos de los trovadores más ilustres y he trabado amistad lo mismo con señores de la alta esfera que con los más pintorescos personajes de mil tabernas. ¡Por eso soy alguien tan interesante! Tengo tan rica y tan variada conversación, poseo un caudal de historias y saberes tan vasto que vuestra estrecha mente jamás lograría abarcar; pecáis de suma ingratitud, pues poder bendecir con mi presencia esta modesta morada debería resultaros un auténtico privilegio y no una carga.

»Y sabed también que mi falta de blanca es solo un ligero contratiempo, pues me hallo enfrascada en proyectos de gran magnitud que bien pronto me devolverán la opulencia y el brillo de antaño. Es solo cuestión de tiempo y de tener la paciencia necesaria para que estos magnos negocios den su fruto. Mas no pretendo que vos lo entendáis, pobre hormiga, que nada sabéis de alta economía ni de las finanzas que rigen el mundo. Vuestro entendimiento no alcanza para comprender tan complejos menesteres, pues solo sabéis de arrastrar granos y no de las altas inversiones que gentes de mi alcurnia manejamos.

»Sabe, además —añadió la cigarra, alzando su guitarra como si de un estandarte sagrado se tratase—, que de mi labor me siento sumamente orgullosa. Bien podría yo emplearme en otros oficios más vulgares con los que ganar mucho más dinero, mas me niego a ello. Mi arte es puro y necesario, pues sano las penas de los insectos del bosque con mis canciones y mis acordes. Es este un trabajo que me llena el espíritu plenamente. Y si mis ingresos no alcanzan para colaborar con los gastos de esta hacienda ni para satisfacer mis muchas deudas, no es culpa mía, sino de este mundo mezquino que no sabe recompensar a los sanadores del alma.

Dicho esto, y a modo de hiriente despedida, la miró de arriba abajo con gran desdén y le lanzó esta postrera ponzoña:

—Y tú, pobre obrera, ¿qué has hecho en la vida?

Acto seguido, sacudiéndose las antenas, se marchó a almorzar a los prados, diciendo que no volvería hasta que la hormiga supiese hablar como las gentes de bien.

—Y, ¿qué hizo la hormiga tras la marcha de tan ingrata huésped? —preguntó el conde muy interesado pues le recordaba mucho al hombre que había acogido en sus tierras.

Respondió Patronio:

—Señor conde, la hormiga quedó sola, con los ojos turbios por el insomnio y el alma turbada por la culpa. Esperó luego que la cigarra recapacitara, que entendiera que estaba siendo injusta y se disculpara. Transcurrían las horas y la cigarra no daba señales de vida. Al caer la tarde, un mensajero alado hizo llegar al hormiguero una pedante nota garabateada en una hoja de roble, preguntando a qué hora exacta se le serviría la cena, pues su delicado estómago reclamaba sustento. Al leer aquellas palabras, la paciencia de la hormiga, ya tan raída como un hilo viejo, terminó por quebrarse por completo. Sintiendo hervir la sangre en sus venas, marchó a los aposentos que la cigarra había usurpado. Tomó los pergaminos inútiles manchados de tinta, la pesada guitarra, los ropajes de seda y los pétalos marchitos de la ingrata. Con una fuerza que solo otorga la justa indignación, arrastró todos aquellos bártulos por las galerías y los arrojó uno a uno al camino polvoriento. Finalmente, sacudió sus patas para librarse hasta del último rastro de aquella arrogancia y pasó doble cerrojo a su puerta.

Al principio, sintió gran remordimiento, temiendo haber obrado con vileza y dejando a la cigarra a merced del frío. Mas, al caer la noche, al ver su casa limpia y gozar del mayor de los tesoros, que es el silencio y el descanso sin reproches, comprendió que su paz valía mucho más que las falsas lágrimas de una holgazana. Por su parte, la cigarra no pereció en la intemperie. Se fue a llorar su falsa desdicha ante un incauto abejorro, pregonando a los cuatro vientos que la hormiga era una criatura cruel, usurera, altiva y sin corazón, que la había dejado en la calle. La hormiga fue tenida por villana entre muchos insectos del bosque, pero nada le importó. Descubrió que la mala fama es un precio muy menguado a cambio de dormir a pierna suelta, mientras contemplaba desde su ventana cómo el abejorro comenzaba a padecer, incauto de él, el mismo tormento que ella había dejado atrás.

—Y vos, señor conde —concluyó Patronio—, pues veis que este huésped os falta al respeto, os roba el sueño y os menosprecia en vuestra propia casa, no os dejéis vencer por la culpa ni temáis lo que dirán las gentes. Quien responde a la bondad con soberbia no busca amparo, sino vasallos; y es gran locura perder la propia salud por mantener la holgazanería ajena. Quien tiene luz en el entendimiento pero soberbia en el corazón, solo usa su ingenio para vivir del esfuerzo ajeno. No es arte lo que él tiene, sino astucia de parásito. Vos decís que teméis parecer cruel, escuchad bien: la culpa que sentís es la cadena con la que ese hombre os tiene preso. Muchos usan el "arte" como escudo para su pereza, pero la verdadera inteligencia siempre es agradecida. La hospitalidad es un deber hacia quien la agradece, pero es complicidad hacia quien abusa de ella.

Mi consejo es este: Dadle un plazo. Si su mente es tan brillante, que produzca algo de provecho en un mes. Si no es así, poned sus enseres en el camino y cerrad la puerta sin demora. Si se ofende, recordadle que el mendigo es quien pide sin dar, y el señor es quien da para que otros obren. No lo echáis por falta de caridad, sino por defensa de la Justicia.

Al Conde le plugo este consejo, hízolo así y halló descanso en sus tierras. Y viendo don Juan que este cuento era muy provechoso, lo mandó publicar en “La voz de Tomelloso” y compuso estos versos que dicen así:

"Quien de tu pan come y tu vida desprecia, no es artista noble, sino carga necia.”

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