“Humanicémonos y hermanémonos, será nuestro principal factor de
desarrollo y no el progreso técnico o las meras relaciones de conveniencia”.
Todo
depende del amor que pongamos en lo que hacemos cada día. Es una fuerza interior
que tiene su origen en lo auténtico, a través de un transparente diario
acontecer, vertido en los demás antes que en uno mismo. Guiados por estos
buenos sentimientos es como ha de convivirse, en diálogo entre análogos y con
la operatividad de la escucha permanente como horizonte. El acuerdo,
precisamente, es fruto del amor recibido y ofrecido. Lo importante es que el
tejido de lo armónico gobierne nuestros pasos por aquí abajo, y seguro que
fructificarán, en un nítido bienestar social. Convertidos en gente de palabra
sincera, todo será más llevadero en una sociedad globalizada, que requiere de
relaciones de comunión con espíritu donante.
Indudablemente,
no hay mejor desarrollo humano que la entrega. En efecto, la acción ciudadana,
cuando está inspirada y sustentada por el corazón, contribuye a la edificación
de un espacio universal, sin fronteras ni frentes, hacia el cual avanza la
historia de la familia humana. Humanicémonos y
hermanémonos, será nuestro principal factor de desarrollo y no el progreso
técnico o las meras relaciones de conveniencia. Son las entretelas de cada
ser humano las que vencen nuestros males y abren la conciencia a relaciones
recíprocas de libertad y responsabilidad. El utilitarismo o el interés mundano,
sin embargo, nos atrofian los sentidos, hasta el extremo de volvernos esclavos
del caudal monetario, que lo único que hacen es fragmentarnos y dividirnos.
Sólo
hay que adentrarse en la realidad y observar que las confrontaciones suelen
alcanzar las principales arterias comerciales. Además, la tecnología está
avanzando más rápido que la rendición de cuentas. Así, los esfuerzos
diplomáticos suelen quedarse en nada, porque este entendimiento exige una
visión trascendente de la persona, dejándolo todo en manos poderosas y sin moral
alguna, que lo único que promueven es una propagación tan degradante como
deshumanizante e inhumana. Quizás tengamos que volver a sentirnos familia, para
poder retornar a la ética hogareña que parece estar en crisis, porque si no
está en apuros es que somos demasiado autocomplacientes y pensamos que ya se
han realizado todos los ideales, lo cual sería lo más nefasto que nos podría
pasar.
Las
operaciones ofensivas ya no se limitan a provocar el cierre de puertos o a
amenazar a los buques; estas atrocidades batalladoras y guerreras están
sometiendo el sistema alimentario global a una presión especialmente mortecina,
con precios más altos, un agravamiento del hambre, cosechas más reducidas y
mayores dificultades, especialmente para los habitantes más vulnerables del
mundo. Desde luego, los cuellos de botella marítimos nunca han de ser instrumentos
de coerción y tampoco las provisiones y suministros de víveres deben
convertirse en un daño colateral de los conflictos. Con razón se dice, que hay
algo tan necesario como el pan de cada día, y es la paz de la jornada; la
quietud sin la cual el mismo chusco es agrio.
En
cualquier caso, todo hecho debe ser una fuente de avenencia, no un motivo de
conflicto o de preocupación. Está visto, que allá donde habita la concordia
siempre hay saludable victoria. Sea como fuere, además en esta tierra que es de
todos y de nadie en particular, tenemos el deber de favorecer, la pacífica
evolución de los pueblos en el respeto de los derechos del prójimo, volviéndolo
próximo a nosotros, incluso cuando esto demanda renunciamientos o limitaciones
personales. Así, personas de diverso origen, pero respetuosas entre sí, podrán
ofrecer al mundo el panorama de la leal colaboración, de un intercambio
cooperante de energías que tienden unánimemente al bien colectivo, con el único
símbolo de superioridad que conozco, el de la bondad injertado en la verdad.
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Martes, 25 de Agosto del 2026
Jueves, 27 de Agosto del 2026
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