Opinión

El encuentro. Memorias de una adopción

Manoli Jiménez Sobrino | Jueves, 27 de Agosto del 2026
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El cofrecillo de los recuerdos se abre, activándose de una forma casi mágica, que a mí misma me sorprenden ya que son relatos, que nos contaban mi madre y mi abuela, que se están activando de una forma, misteriosa. Desde que decidí emprender este escrito para dejar testimonio de unos hechos reales, que marcaron a esta familia con el ying y el yang. Con la tiniebla y la luz, con la desdicha y la felicidad y el gozo que produce el amor, la entrega y el deber cumplido.

Las dos, tanto mi madre como mi abuela, Manuela, a lo largo de su vida  que fue larga para ambas (Manuela, dejo la vida con 83 años y mi madre Juana, el mismo día que cumplió 91 años, fue el día de los Santos Inocentes y su funeral el día de la Sagrada Familia).

Para ellas, desde el día de su ENCUENTRO. Todo se modificó, ya nada sería igual. Cuando a sus vidas llegaba el podador a dar un corte, allí estaban ellas para ampararse, defenderse y demostrarse el amor que se tenían.

Como decía, los recuerdos se agolpan en mi mente como si tuvieran ansias de ver la luz, con tanta prisa y tanta claridad  que soy consciente que esto será un testimonio como digo para la tercera generación, un testimonio muy hermoso, que no quiero que se escape nada de estas vidas ejemplares, porque está claro que el que siembra amor, recoge amor. En el Santo Evangelio nos lo promete Jesús "Yo os daré el ciento por uno, con la vara que midáis seréis medidos, el que más da más recoge", todo esto y mucho mas se convirtió en una hermosa realidad para ellas desde el día del encuentro.

Se le iluminaba la cara a mi madre cuando  recordaba el encuentro. Sus ojos grandes, se entornaban de dicha, dándole paso a una suave sonrisa

!Las musas me siguen acompañando y los recuerdos son imágenes reales que acuden en mi mente, enumerando de una en una las ocasiones, pues fueron varias las veces que oí relatar estos hechos!

En su Carrión, la mandó su tía a la tienda a comprar algo y al volver una esquina se dio de bruces con un matrimonio, muy bien vestido y ella pensó: que suerte si ellos fueran mis tíos de Tomelloso. Ellos la miraron detenidamente y cuando anduvieron unos pasos para que la niña no los escuchara, comentaron: que te parece si fuera nuestra Juana.

Así con ese misterio llegaron al domicilio que llevaban escrito en la nota. Se presentaron, saludaron y ya entraron en la habitación, ansiosos de conocer a la niña, preguntaron por ella y les dijo la tía, siéntense ustedes que la niña vendrá enseguida la he mandado a la tienda. Ellos se miraron con el mismo pensamiento, sin decir palabra.

Cuando llego la niña, salió su tía a abrir la puerta y le venía diciendo por el patio, ya están aquí tus tíos de Tomelloso, antes de entrar a la habitación ella contesta, si ya los he visto por la calle. A ellos les  hizo mucha  gracia que la niña tuviera el mismo presentimiento que ellos.

La señora Manuela (su Manuela, como la llamaría ya siempre mi madre) la cogió entre sus brazos y la estrecho con ternura. La niña se acurrucó  contra el pecho, ya que desde la muerte de sus padres, nadie la había estrechado. En el abrazo sintió amor, calor y ternura, que le parecía estar en el cielo, así permanecieron las dos felicísimas, Manuela antes de bajar a la pequeña al suelo, le susurró al oído, ya no vas a sufrir más, porque yo te voy a querer mucho mucho, subió la niña sus brazos menudillos para arriba y se colgó de su cuello, entre sollozos de felicidad y alegría.

El viaje de vuelta para Tomelloso, fue una delicia para los tres, sobre todo para la pequeña, que vio en esas horas como se habría un abanico de delicadezas y agasajos a su persona, imposible de imaginar en siete meses que llevaba huérfana.

Allí en casa de su tía viuda y con tres hijos  escaseaba todo, desde ropa, el cariño, la comida, etc. los hijos de su tía eran menores que ella. Ante el comentario del señor Valentín, que vio con buenos ojos que Juana estaba bien nutrida, dijo su tía, si es que es muy comilona, además de comerse su ración, descubrí que dándole la papilla a sus primos iba casi  a medias... así que niñeras de estas sobran todas, y un macho que tenían ellos en muy buena estima (por aquellos años a los animales se les quería como a uno más de la familia). En la Posada la gente preparaba para comer por su cuenta; a las viandas se les llama "ato" su tía Manuela, se ve que  llevaba la cesta de la comida a rebosar de "ato. Le preguntaron a la niña: ¿tienes "gana"?, ella moviendo  la cabeza de arriba abajo dijo que si, el primer menú que compartió con ellos fue salsa de primero y carne frita con tomate, Manuela preparo la salsa y después hizo la carne, la niña impaciente "repizco" el pan y fue a mojar una "sopa" en la salsa, entonces el señor Valentín, la subió en sus rodillas y le dio de comer mientras se hacia la carne. Manuela cuando terminó de  guisar, cogió  a Juana y estampándole un sonoro beso, la sentó en su regazo, dándole de comer la carne.

Me imagino la escena (conociendo a mi abuela ya que cuando murió yo tenía 19 años), suministrándole la carne con una exquisitez y una ternura indescriptibles, cada vez que iba a darle un trozo, le soplaba para que no se quemara y le preguntaba ¿te esta buena?, ¿estas contenta? ¿qué fruta te gusta más?, así hasta que terminó de comer la niña y después comieron ellos.

Engancharon el carro que ya tenían, prepararon una cama en la parte trasera para que descansara mejor. Contaba ella, que hasta que cogió el sueño, se hacia la dormida, para escuchar los comentarios que hacia el matrimonio.

Manuela no dejaba de mirarla y decía: que hermosa es nuestra chica, que naricitas tiene, que pelo tan lindo, que suerte que  hemos tenido y contestaba Valentín, pues sí, yo creo que hemos acertado, a mí lo que más me satisface es lo lista que es, coge las cosas al vuelo, y sobre todo que es agradecida, así esa conversación le sirvió de "nana" y cogió  un sueño placido y profundo, no se despertó hasta Daimiel.

Como la comida había sido abundante, dijo que tenía sed y el señor Valentín le llevo agua fresquita de la fuente de Daimiel, en la funda de su petaca. Contaba mi madre que aunque tenía un poquito sabor a tabaco a ella  le supo a gloria, sobre todo por el detalle que ella lo agradeció mucho.

Cuando llegaron a Manzanares, hicieron una parada larga, que aprovecharon para comprarle ropa y unos juguetes, uno de ellos le gustó mucho y lo conservó toda su vida. Se trataba de un costurero de madera, que en el interior llevaba un dedal de su medida, unas tijeras pequeñitas, carretes de hilo de seda de colores, etc. y una pelota de goma. El costurero tenía una tapa y una cerradura con su llave chiquitina, que su Manuela le puso una cinta en la llave y se la colgó al cuello para que no se le perdiera, el resto del viaje vino Juana con las dos manos ocupadas, en una  su pelota de goma y en la otra la llave del costurero.

Con la ropa nueva la pusieron guapa, para cuando llegaran, que estuviera bien "presentá", le compraron un abrigo, un vestido, una bufanda de piel, unos pololos con puntillas y unas botas de media caña. Así de bien vestida llegó a su nuevo hogar, en la calle San Marcos 37, a la otra puerta, en el numero 35 vivía una hermana del señor Valentín, llamada Ascensión, esta tenía dos hijos, Josefa y Luis, Josefa era  unos meses mayor que Juana, cuando llegaron los esperaba con mucha expectación, ya sabía la "mercancía" que traían" y allí estaba ella sin pestañear para no perderse nada.

A Juana la bajó su "tío" Valentín, por la riostra del carro (por la parte de atrás) y después de darle un sonoro beso en el pelo, la dejó en el suelo,  Josefa corrió  hasta ella diciendo en voz alta " ya tengo una hermana", las dos se abrazaron con el mismo cariño, que si se conocieran de siempre.


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