En junio, la Fundación KIRIRA me contactó para realizar el reportaje fotográfico de la campaña a realizar en agosto, en las zonas de Kuria y Tharaka, en Kenia. Las condiciones estaban claras: 24 horas cámara en mano.
En las reuniones previas fue apareciendo el resto del equipo: Ana Belén Serrano Andújar y José María Belló Picazo, repitiendo experiencia; Paula Gamboa Aya, médica; y Sara González Ballesteros, técnica en proyectos de cooperación.
Tras aterrizar en Nairobi, se sumaron Esther Kanga, una mujer mayor dedicada en cuerpo y alma a acoger niñas en su casa mientras estudian; Julius, un padre de familia muy serio y resolutivo; y Denise, un gran conductor, muy sociable y proactivo.
El panorama político y social de África está caracterizado por profundos contrastes.
Si bien es cierto que la pobreza y el chabolismo no es nada nuevo ni algo exclusivo de estas zonas, debemos reconocer que el nivel de miseria y de falta de recursos básicos, como el agua o la vivienda, es alarmante.
Gran parte de estas zonas sobreviven gracias a la agricultura, la ganadería y el apoyo de organizaciones como UNICEF, Cruz Roja y otras más pequeñas, como es el caso de KIRIRA, una fundación creada desde el descubrimiento casual de una necesidad urgente: acabar con la mutilación genital femenina, lo que derivó en la creación de escuelas y refugios para las niñas, logrando —como nos cuenta Estrella Giménez— que, después de 27 años en activo, alrededor del 95% de ellas no sean mutiladas.
La mala gestión de los gobiernos, cegados por los intereses propios, culmina con un pueblo necesitado de ayuda humanitaria para subsistir con lo más básico, como es el agua. Pero hay esperanza.
En la actualidad, el continente es escenario de una intensa movilización social bautizada como «La revolución de la generación Z», un fenómeno en el que colectivos de jóvenes hiperconectados a través de las plataformas digitales lideran protestas masivas en naciones como Madagascar, Tanzania y Kenia para exigir el fin de la corrupción, mayor transparencia institucional y oportunidades de empleo.
Este empuje demográfico choca directamente con la fragilidad económica, que limita severamente la capacidad de los gobiernos para financiar servicios públicos esenciales.
En el transcurso del viaje fotografié a muchas personas y, a medida que lo hacía, se fue abriendo mi burbuja de realidad. Sara González lo explicaba: «Existen otros métodos de vida que, aun no siendo igual al nuestro, funcionan a su manera».
En este voluntariado encontramos de todo: largas jornadas de atención a personas con múltiples dolencias en dispensarios precarios, bailes y agradecimientos interminables, siestas dolorosas en la parte trasera de un coche… Todo ello, junto a las historias que íbamos conociendo, ha resultado ser una experiencia enriquecedora que, lejos de resultar bonita, considero necesaria.
No por el clásico pensamiento de valorar lo que ya se tiene, sino por algo de mayor importancia: el entendimiento.
El ser capaz de adaptarte a un entorno lejos de todas tus normalizadas comodidades y descubrir otras opciones. Entender, ya no otra cultura, sino otras personas, causas, historias, decisiones…
Soy fiel creyente de que la empatía se entrena, y precisamente necesitamos recordar que cada gesto de respeto, cada conversación que fomenta la empatía y cada acción que promueve la solidaridad contribuye a un clima social más sano.
La fotografía ayuda bastante a ese desarrollo, debido a que obliga a parar, mirar y pensar, y eso ya hace que valga la pena, aunque muchas veces no llegues a disparar.
Por eso, las campañas que promueven la paz y el respeto, especialmente en centros educativos y espacios públicos, son esenciales, sin contar con que, cuando ese esfuerzo se multiplica, la paz deja de ser un sueño y se convierte en una realidad posible.
Estrella Giménez y Gordiano Fernández me dieron la oportunidad de reafirmar los valores en los que creo, además de darme la oportunidad de aprender a chapurrear mejor el inglés, demostrando que el cambio es posible cuando dispones de proyectos que dan garantía, un buen equipo de trabajo y voluntarios preparados para ayudar a construir, no para imponer o cambiar.
Porque, al final, eso es lo que hace esta fundación: abrir puertas y ofrecer recursos.
Hay niñas y niños que decidieron estudiar, padres que decidieron proteger a sus hijas de la mutilación… Al final, el cambio lo hacen ellos. Solo se necesita, como dicen muchas madres, «un pequeño empujón».
«La paz no es simplemente la ausencia de violencia; es la presencia activa de justicia, respeto y cooperación».
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Domingo, 30 de Agosto del 2026
Viernes, 28 de Agosto del 2026