“Jamás debemos darle la espalda a la injusticia; nos merecemos un
orbe humanitario, con la autoridad moral del sacrificio”.
La
libertad sin acatamiento es desorden, así como el desconcierto sin estética es
dominación, además de corrompernos, dañándonos en nuestro fuero interno e
impidiéndonos discernir. El horror de la nueva esclavitud no es únicamente un
horizonte del pasado, sus efectos están ahí presentes, son actuales, en forma
de desigualdad general y racismo. Por tanto, es menester dignificar toda
existencia vivencial, comenzando por desenmascararla de falsedades, aplicando
una justicia reparadora integral que combine indemnizaciones, restitución,
rehabilitación y reformas estructurales. Tenemos que salvar al mundo con el
mundo, o sea con sus propios moradores, sintiéndonos familia, hallándonos
próximos entre sí para combatir el caudillaje de la calle, donde se mezclan
dinero, placer y explotación.
Este
fenómeno que continúa encadenándonos es el típico vasallaje, donde nadie está
libre de nada, pues todo se ha globalizado, también nuestras propias miserias
mundanas, relacionadas con el dar gato por liebre, la coerción o las diferentes
formas de servidumbre y sometimiento. Por eso, es vital el razonamiento a la
hora de tomar el camino en el servir, que ha de ser abrazado libremente; pues,
sólo nos hallaremos en el buen estado de plenitud, en la medida en la que con
valentía nos donamos a los demás. Ahí radica nuestro mayor gozo, en cultivar el
amor de amar amor, y en ser conscientes de mirar el bien común y no el interés
privado; sobre todo ahora, que necesitamos redescubrir la dimensión comunitaria
para hermanarnos y universalizarnos.
Hay
que fraternizarse, nadie puede ser cautivo de su identidad; y, así, cuando
surge una posibilidad de cambio, hay que cambiar. Renovarse o morir, que se
dice. Hoy más que nunca, hemos de pasar de la congoja del miedo a la
satisfacción del deber cumplido, que no es otra que desvivirse por vivir para
los otros, desde uno mismo. En la entrega generosa, permanece lo verdaderamente
esperanzador, libre y liberador. La pasión que brilla en el servicio gratuito, es
lo que nos engrandece; sin embargo, cuando la sociedad no se enfrenta a estos
grilletes inhumanos con nuestros semejantes, la ciudadanía en su conjunto se
vuelve cómplice. Jamás debemos darle la espalda a la
injusticia; nos merecemos un orbe humanitario, con la autoridad moral del
sacrificio.
Para
el logro del laurel con lo armónico siempre ha sido indispensable pasar por la
senda de las renuncias; y, en efecto, nuestro mayor abandono radica en
despojarnos de sujeciones terrenales, como las ideas supremacistas que
perduran, para retornar a lo verdaderamente transcendente del pulso por el que
en realidad vivimos. Desventurado el ser humano que no tiene quien le amoneste
cuando experimenta necesidad de ello. Conscientes de que la fuente de la vida
es el corazón, la comunidad es además el poema perfecto a reconquistar, para
sentirnos acompañados y acompasados para la cordialidad de las pulsaciones. Es
verdad que somos distintos, pero no debemos estar nunca distantes, pues si
vivir es soñar con el calor de hogar, hagamos el bien soñando con su intensa
llama.
Mientras
el aguijón de lo maligno nos encamina a volver hacia atrás en ocasiones, lo
ventajoso es generar en nosotros entusiasmo, sentirnos impulsados a seguir la
senda de la confianza, con la serenidad de apoyarnos en la docilidad. Entonces
puede surgir el cansancio que frena el apasionamiento, brotando el desánimo;
pero a poco, que activemos el espíritu de la concordia, notaremos la maduración
de sentirnos vivos y con deseos de forjar ciclos. Esta liberación es lo que nos
sublima, haciendo que nuestras jornadas vivenciales estén impregnadas de
sorpresas, con la certeza de que nos envuelva la mirada acariciadora del verso
que somos, en un universo acorde a la alianza de lo sistémico. Lo sensato es
transformar las conciencias; el mejor juez, que poseemos. ¡Predispongámonos!
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Jueves, 3 de Septiembre del 2026
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