“El NO ya no es respuesta” es el
lema que desde la Confederación Española de Alzheimer, CEAFA, hemos elegido con
motivo del Día Mundial del Alzheimer. Y probablemente pocas veces un lema ha
resumido de forma tan sencilla el momento que vivimos las personas, las
familias y las asociaciones vinculadas a esta enfermedad.
Durante demasiado tiempo hemos
convivido con el “no”.
Durante años hemos escuchado: no
hay cura. No hay un tratamiento capaz de modificar el curso de la enfermedad.
No sabemos por qué aparece. No podemos hacer más…
Mientras tanto, las asociaciones de
familiares y pacientes hemos trabajado mucho. Nos hemos profesionalizado.
Contamos con centros y profesionales especializados, hemos desarrollado y
puesto en valor las terapias no farmacológicas y hemos aprendido a acompañar
mejor a las personas con Alzheimer y a sus familias.
También la ciencia ha seguido
avanzando. Con enormes dificultades, con muchos intentos fallidos, después de
ver fracasar numerosos fármacos en distintas fases de investigación y no
siempre con los recursos que una enfermedad de esta dimensión merece.
Pero siguió avanzando.
Y hoy estamos ante un escenario
nuevo.
Por primera vez disponemos en
Europa de tratamientos autorizados capaces de ralentizar la progresión del
Alzheimer en determinadas personas en fases iniciales de la enfermedad.
No curan y no son para todas las
personas. Requieren un diagnóstico preciso, criterios clínicos determinados y
seguimiento médico.
Pero existen. Y después de tantos
años esperando, esto importa. Y mucho.
Desde el movimiento asociativo lo
decimos con claridad: queremos que las personas que cumplan los criterios
clínicos y puedan beneficiarse de estos tratamientos tengan la oportunidad de
acceder a ellos dentro del sistema sanitario público.
Por eso pedimos que se
reconsidere la decisión que ha dejado a lecanemab y donanemab fuera de la
financiación pública en España.
No pedimos que se administren a quien
no esté indicado. No ignoramos sus riesgos ni las exigencias de seguimiento que
requieren. Pedimos algo mucho más sencillo: que sea la indicación médica, y no
el bolsillo de cada familia, la que determine quién puede acceder a ellos.
Y, puesto que hablamos de
financiación y sostenibilidad, hablemos también de todos los costes. Porque el
coste del Alzheimer no empieza ni termina en el precio de un medicamento.
Las familias conocen demasiado
bien el enorme coste económico de esta enfermedad, además de su incalculable
coste personal y emocional. Cuidados, reducción o abandono de la actividad
laboral, dependencia creciente, recursos sanitarios y sociales... Todo eso
también forma parte de la cuenta.
Por eso, si un tratamiento
consigue ralentizar la progresión de la enfermedad y prolongar durante un
tiempo la autonomía de determinadas personas, debemos estudiar también qué
significa ese tiempo en términos de calidad de vida, cuidados, dependencia y
utilización de recursos sanitarios y sociosanitarios.
Cuando hablamos del coste de los
nuevos tratamientos, no podemos comparar su precio con cero. El Alzheimer ya
tiene un coste enorme.
Y aquí aparece una cuestión
todavía más profunda: el valor que damos al tiempo.
¿Vale menos ganar tiempo a los
ochenta que a los cincuenta?
¿Vale menos conservar durante más
tiempo la capacidad de decidir, de salir a pasear, de preparar un desayuno, de
ducharse sin ayuda, de reconocer el camino de vuelta a casa o de mantener una
conversación con alguien a quien queremos?
¿No estaremos, de alguna manera,
descartando demasiado pronto a nuestros mayores?
Envejecer no puede convertirse en
un diagnóstico. Y ser mayor no puede significar que dejemos de buscar
respuestas.
Hay una frase que, para mí,
resume también cuánto nos queda por avanzar. Hace más de treinta años el
Alzheimer entró por primera vez en mi familia y entonces escuchamos: “son cosas
de la edad”.
Treinta años después, el
Alzheimer ha vuelto a golpear a mi familia y he vuelto a escuchar prácticamente
la misma frase. “Son cosas de la edad”.
Quizá deberíamos preguntarnos
cuánto hay de edadismo detrás de esa forma de mirar la enfermedad.
Porque el Alzheimer no es
envejecer. La edad es uno de sus principales factores de riesgo, pero no
podemos convertirla en una explicación para todo, normalizando síntomas que
pueden estar avisándonos de una enfermedad o restando importancia a la
necesidad de diagnosticar, tratar y cuidar.
Y tampoco podemos olvidar la otra
cara de esa confusión: no todas las personas con Alzheimer son mayores. La
enfermedad también puede aparecer a edades más tempranas y alterar de lleno
proyectos de vida, familias y trayectorias profesionales.
Envejecer no es tener Alzheimer.
Y tener Alzheimer no significa necesariamente ser mayor.
Confundir Alzheimer y edad tiene
consecuencias. Puede retrasar la consulta y el diagnóstico y, con ello, la
posibilidad de intervenir cuanto antes, acceder a terapias, planificar el
futuro y, ahora también, valorar si una persona puede ser candidata a los
nuevos tratamientos.
Hemos avanzado, sí. Pero seguimos
sabiendo demasiado poco y seguimos llegando tarde demasiadas veces.
Y hay otra cuestión que no
podemos olvidar: el código postal sigue importando demasiado. Dónde vive una
persona puede condicionar cuándo recibe un diagnóstico, a qué especialistas y
pruebas puede acceder y qué recursos encuentra después.
Ahora que se abre una nueva etapa
en el tratamiento del Alzheimer, no podemos permitir que se abran también
nuevas brechas de desigualdad. Ni la cuenta corriente ni el lugar donde se vive
deberían determinar las oportunidades de una persona frente a la enfermedad.
Y esto no significa elegir entre
tratamientos y cuidados. Necesitamos ambas cosas. Investigación y atención.
Diagnóstico precoz y acompañamiento. Tratamientos farmacológicos cuando estén
indicados y terapias no farmacológicas. Atención sanitaria y social.
Porque los nuevos tratamientos no
serán para todas las personas con Alzheimer. Pero todas las personas con
Alzheimer deben seguir teniendo respuesta.
Quienes puedan beneficiarse de
ellos deben poder acceder en condiciones de equidad. Y quienes no sean
candidatos deben seguir encontrando cuidados, terapias, recursos y
acompañamiento durante todo el proceso.
Tenemos que hablar de eficacia,
seguridad, sostenibilidad y recursos públicos, por supuesto. Pero sin perder
nunca de vista para qué hacemos todo esto: para ganar tiempo cuando sea posible
y para procurar vida, autonomía, dignidad y cuidados durante todo el camino.
La investigación ha conseguido
abrir una puerta que durante décadas permaneció cerrada.
No la cerremos.
Porque cuando hablamos de
Alzheimer, el tiempo importa.
Tiempo para decidir. Tiempo para
vivir con mayor autonomía. Tiempo para seguir siendo parte activa de nuestra
propia vida.
El “NO” ya no es respuesta. Cada
día cuenta.
Inés M. Losa Lara
Presidenta Federación de
Asociaciones de Alzheimer de Castilla-La Mancha (FEDACAM)
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Lunes, 21 de Septiembre del 2026
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