Opinión

Se nos ha muerto Jesucristo

Rafael Toledo Díaz | Martes, 29 de Septiembre del 2026
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No, no se apure querido lector porque aún no estamos en Semana Santa, además, este año todavía tenemos que sobrevivir a las navidades. Tampoco se trata de que el Hijo de Dios nos haya dejado huérfanos y desamparados ante tantos conflictos, guerras, injusticias y los grandes desastres naturales que nos están sucediendo últimamente; no, no va de eso.

Pero sí que en fechas recientes ha fallecido nuestro amigo Miguel, alias "Jesucristo", un apodo por el que casi nadie le conoce, pero que mi madre le adjudicó tras protagonizar un sketch parodiando una escena del conocido musical "Jesucristo Superstar" y que interpretaba Camilo Sesto allá por 1975 en la cartelera madrileña.

Y así, cuando a mi madre le hablábamos de Miguel o le encontrábamos por la calle y le preguntábamos si lo reconocía, ella contestaba siempre: claro, sí, sí, Jesucristo.

Todavía puedo recordar aquel salón abarrotado de jóvenes y a Miguel entrando bajo los cánticos del reconocido estribillo: ¡Hosanna, hey sanna, sanna, sanna oh! Sanna hey, sana oh, sanna...

Ahora, después de tanto tiempo y desde la calle, aquel lugar anexo a la parroquia me parece más pequeño. Fue allí donde se constituyó un club juvenil que fue el germen del tejido asociativo de esta ciudad del sur metropolitano, un espacio donde se desarrollaban múltiples actividades y que durante algunos años dinamizó la agenda social y cultural de la ciudad.

Entre sus paredes, aquel grupo de jóvenes propuso debates, participó en tertulias, realizó sesiones de cinefórum y organizó multitud de eventos y no solo de índole religioso, pues casi toda la actividad estaba en función de la sociedad y el momento histórico que vivía el país; aunque también escuchábamos música e íbamos a la discoteca.

Al final de la dictadura y los primeros años de democracia, la Iglesia trataba de aplicar las resoluciones del Concilio Vaticano II en su intento por comprender a una sociedad nueva y abrirse ante los cambios que se avecinaban.

Que la Iglesia utilizase la energía y vitalidad de nuestra juventud para su campaña, es muy posible. Pero también es cierto que las vivencias junto a aquella comunidad cristiana de base y el aprendizaje y la formación de aquellos días nos hicieron mejores personas; además, de aquel grupo salieron muchas parejas.

Puestos en antecedentes, les contaré que, entre los numerosos jóvenes que aparecieron por el club, Miguel llegó con Susi (Jesús) —que tristemente tampoco está ya con nosotros— y Pedro. Aquel inseparable trío, aparte de su compromiso con las tareas asignadas a cada grupo, derrochaba alegría, risas y humor en todo momento.

El primer gran reto fue un viaje a Francia. De aquella manera, y tutelados por Juan Carlos —que era un cura casi tan joven como nosotros— emprendimos una aventura en aquellos tres modelos icónicos de Seat, un 127, un 124 y el 1430, todos un poco cacharros pero que en aquel momento no nos importaba. A pesar de su juventud, Miguel y Susi ya tenían el carnet de conducir y se atrevían con aquellas carreteras de tres carriles, el central para adelantar en ambos sentidos —más tarde supimos que le llamaron el carril de la muerte—.

En principio la idea era acudir a la pequeña aldea de Taizé donde se realizaba un encuentro interconfesional y el llamado Concilio de los Jóvenes, pero llegamos con retraso y, como los lugares de oración bajo las carpas nos parecieron demasiado místicos, decidimos pasar al siguiente objetivo que era visitar París.

Claro que nos gustó la Torre Eiffel, pero yo creo que no subimos en aquellos días; aunque sí nos impresionó el ambiente del barrio latino y, en particular, el Bulevar Saint-Germain. Aquello era Europa y hacía unos pocos años que en aquellas calles se desarrollaron los acontecimientos más importantes del "Mayo del 68".

Aún recuerdo la precariedad de toda la intendencia, durmiendo al raso en el Bosque de Bolonia, pero también la grata convivencia donde todo se solventaba con diálogo y, cómo no, aquellas eucaristías íntimas con pan y vino.

Después de la mili todo funcionaba según lo previsto y fue entonces cuando apostamos por el teatro como actividad esencial. Por eso, cuando fundamos aquel grupo aficionado que se llamó "Gangarilla", Miguel volvió a interpretar un personaje en "Doña Clarines", una obra de los hermanos Quintero que suponía un reto porque era de mayor duración que nuestros montajes autodidactas. También en el reparto estaba Marijose —y supongo que ya eran novios—. Aquella obra llegamos a representarla también en Valdepeñas.

Poco tiempo después realizamos juntos otro gran viaje que nos unió un poco más. En aquella ocasión ya éramos tres parejas de recién casados. Nuestros padres decían que era una locura, pero bendita locura volver a recorrer una parte de Europa en aquella "Siata" de tu padre.

En esa ocasión sí subimos a la famosa torre de la ciudad parisina. Después nos fuimos a visitar a unos parientes a uno de los cantones alemanes de Suiza y fue en aquel lugar donde nos sorprendió la urbanidad de sus ciudadanos que por entonces ya reciclaban los desechos y tenían grandes centros comerciales.

Más tarde atravesamos los Alpes y, de camino, paramos en Milán porque el objetivo en Italia era visitar Venecia. Allí, entre canales y góndolas supimos de la pizza, del helado, de vaporettos y aquellos enormes mosquitos del camping donde nos alojamos.

Volvimos bordeando la Costa Azul después de afrontar mil peripecias y con la mochila repleta de anécdotas. La última, en la frontera de la Seo de Urgel donde aquel policía nos ordenó bajar de la Siata repleta de equipaje para revisar el habitáculo de la rueda de repuesto. En algún momento dudamos si conseguiríamos volver en aquel cacharro con tantos kilómetros en sus ruedas, un vehículo extraño que despertaba curiosidad cuando repostábamos en las gasolineras francesas.

Cansados, felices, y —por qué no decirlo— con algún que otro mosqueo consecuencia de tantas horas compartiéndolo todo, por fin llegamos a casa.

A continuación todo se fue diluyendo, también los amigos y compañeros del club fueron quedando atrás. Emprendimos una nueva etapa donde las prioridades eran la familia, los hijos, el trabajo y la brega diaria. Por cierto, tú, Miguel, siempre tuviste una estabilidad laboral desde la adolescencia, bien es cierto que tu fidelidad a la empresa hasta que te jubilaste ha sido encomiable.

También la Iglesia inició un nuevo ciclo. Aquel papa polaco desaprobó, discrepó o se opuso a la Teología de la Liberación. Por eso, y aunque nosotros —al menos quien escribe— no éramos tan revolucionarios ni afines a todos los postulados de esa corriente cristiana tan aperturista, ante el viraje conservador de la institución nos fuimos alejando de la doctrina que un día nos ilusionó.

Bien es cierto que a pesar de cambios y avatares "nuestra parroquia" —a la que seguimos vinculados, al menos emocionalmente— sigue fiel y mantiene su compromiso ayudando a los más necesitados, que en esta ciudad son muchos.

Claro que nos hemos seguido viendo en las calles, en el barrio, pero con la madurez, nuestras conversaciones eran otras. Yo, como buen atlético, te chinchaba sobre tu madridismo, pero nunca entrabas al trapo porque eras un aficionado modelo, simplemente te gustaba el fútbol y tu Real Madrid.

Como todos, supongo que habrás tenido tus malos ratos, momentos de altibajos porque la vida es así. Pero cuando hemos coincidido apenas hemos evocado aquella década tan intensa como apasionante que compartimos, y tampoco nos hemos regodeado en la nostalgia, algo que agradezco, pues nunca tiempos pasados fueron mejores, solo son diferentes. Sin embargo, ahora, recordando aquel lejano pretérito, me intenta atrapar la añoranza.

Supimos de tu enfermedad y tu lucha, pero nunca esperábamos que el final fuese tan precipitado.

Aparte de mostrar estas pinceladas de intimidad —y esperando que me disculpen— no sé qué decirle a tu familia para infundirle ánimo, no tengo palabras.

Querido Miguel, aunque últimamente ando bastante descreído,  allá donde estés, si es que estás por algún lugar, debes saber que a pesar de la tristeza que nos provoca tu ausencia, serás memoria. Para quienes te conocimos, siempre serás recordado como  buena gente y mejor persona. Descansa en paz.

 

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