“El
aluvión de crisis que nos atormentan, no sólo demandan responsabilidad, sino
también una modificación en nuestro modo de vernos y de mirarnos. Justamente, por
ello, los daños de las persistentes guerras como el deterioro de la tierra,
están profundamente adheridos, a nuestra
forma de ser y obrar”.
Actualmente, los aires no son muy propicios para el árbol
de la vida. La alteración del equilibrio armónico de la creación se está
acelerando; y, además, estamos siendo testigos de multitud de crisis y de un
gran desconsuelo humano. La situación nos reclama un cambio de actitud,
comenzando por los gobiernos que deben acelerar la acción, promoviendo una
agricultura sostenible y regenerativa, reforzando el seguimiento y la
transparencia, haciendo realidad con mayor rigor las leyes vigentes. Hoy más que
nunca, hemos de reorientarnos hacia la protección de la naturaleza. El desgaste
suele sacudir con mayor pujanza a los más vulnerables, precisamente a los que
menos han contribuido a originar las circunstancias, pero las soluciones han de
ser colectivas.
Sin naturaleza no somos nada, como tampoco coexistimos y
florecemos deshumanizándonos, ni degradando aquello que nos alienta. Son estas
dotes nativas y humanas las que deben hacernos reflexionar. El aluvión de
crisis que nos atormentan, no sólo demandan responsabilidad, sino también una
modificación en nuestro modo de vernos y de mirarnos. Justamente, por ello, los
daños de las persistentes guerras como el deterioro de la tierra, están profundamente adheridos, a nuestra forma de
ser y obrar. En consecuencia, cuando el corazón está deformado, las relaciones
sobrellevan desconfianza y las estructuras que construimos, comienzan a
reflejar ese desorden que sufrimos. Debiéramos, pues, reencontrarnos y entrar
en interrogatorio con nosotros mismos.
Nos urge ahondar en este quebranto de lo oriundo,
comenzando por nuestros propios vínculos internos, donde se arremolinan la
razón, los deseos, la voluntad y la conciencia. En efecto, hemos de poner orden
en nuestro fuero intrínseco, para que este océano de rabia externa se aminore y
comience a reinar la cultura desinteresada del abrazo. Lo armónico no subsiste
si la humanidad no es sensible a los lamentos. Personalmente, estoy convencido
de que las causas profundas del choque y del lucro de la creación, provienen de
una crisis ética y cultural, así como de una pérdida del sentido de los
límites, de la codicia de dominación y de la búsqueda del beneficio inmediato;
obviando reconocer la dignidad de cada persona y la custodia donante de aquello
que nos acompaña.
Desde luego, los auténticos instrumentos para enmendar esta
abundancia de carcomas que nos cercan hasta dejarnos sin soplo, con una avalancha
de calamidades y siniestros, pasa por cultivar el diálogo sincero, la bondad,
la comprensión, el cuidado y el amor. Esto nos insta a surcar la paciencia, con
la bondad y la justicia. Únicamente estas cualidades poseen el poder de
transformar individuos, de renovar sociedades y de sanar las heridas. Si
asumimos esta tarea con humildad y certeza, nos volveremos colaboradores con el
acontecer diario; restaurando el espíritu de la concordia, a pesar de los mil
desiertos que nos acorralan. Lo importante es pasar página, ir de la división a
la correspondencia de pulsos y de la violencia a la mesura, respeto y
moderación.
Por desgracia, los cimientos existenciales se están
desmoronando. Y ante las formas de depreciación y mengua, surtida por la
ignorancia cívica, debemos compartir gestas de dedicación y servicio, que
cuiden los entornos y cualquier lugar de concurrencia. Esta viable ciudadanía
debe fructificar con sus actividades, distanciados de las labores que realizan las
corporaciones multinacionales, que lo único que cosechan es llenar sus cuentas
bancarias, mientras vacían nuestro mundo de sus dones naturales. Sin duda, precisamos un enfoque integrador e
integrante, que confluya en una alta producción, excelente nutrición, óptimo medio
ambiente y una vida mejor vivida, o sea más donada y siempre asistida. De lo
contrario, nadie levantará cabeza, porque nuestra historia debemos escribirla
juntos.
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Domingo, 18 de Octubre del 2026
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