Tomelloso

Tonino Tarquini: Voyerismo y exhibicionismo social, el placer de mirar y ser mirados

Este mes tratamos con Tonino Tarquini, psicólogo sanitario y experto en educación sexual, el tema del voyerismo y el exhibicionismo desde una perspectiva social y no exclusivamente sexual

La Voz | Domingo, 18 de Octubre del 2026
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Ha pasado más de un cuarto de siglo desde aquel gran experimento televisivo de voyerismo y exhibicionismo social llamado Gran Hermano. Millones de personas permanecían pegadas al televisor observando algo aparentemente tan simple como la vida de los demás. El formato se repitió, se modificó y se adaptó a los nuevos paradigmas de comunicación, hasta que llegaron las redes sociales y con ellas, su definitiva consagración. Ya no necesitamos una casa llena de cámaras ni un programa de televisión. Ahora todos podemos observar y, al mismo tiempo, todos podemos convertirnos en observados.

Las redes sociales no han descubierto nuestra curiosidad por la vida ajena. Simplemente la han democratizado, facilitado y, sobre todo, normalizado. Se han convertido en el caldo de cultivo perfecto para que el voyerismo y el exhibicionismo social alcancen su máxima expresión.

La palabra voyeur procede del francés voir, «ver», relacionado a su vez con el latín videre. El término exhibicionismo, por su parte, procede del latín exhibere: mostrar, presentar, poner a la vista. Ambas conductas tienen una larga historia. Existían mucho antes de las redes sociales, de la televisión y de cualquier otro medio moderno de difusión.

Tradicionalmente han sido conocidas sobre todo por su dimensión sexual, asociadas a comportamientos que se alejan de lo convencional o culturalmente establecido. Conviene, sin embargo, no confundir una fantasía o un interés sexual atípico con un trastorno. Pero no es de su dimensión sexual de la que quiero hablar aquí. Mi intención es utilizar ambos conceptos para mirar, nunca mejor dicho, un fenómeno profundamente social.

Voyerismo y exhibicionismo se necesitan, se retroalimentan y están estrechamente ligados, como dos caras de una misma moneda. El voyeur obtiene placer observando; el exhibicionista, mostrándose y sabiendo que está siendo observado.

Por un lado, encontramos el afán de mostrar: dónde estamos, qué comemos, dónde viajamos, con quién estamos, qué compramos, qué hacemos e incluso cómo nos sentimos. Por otro, miles o incluso millones de personas contemplan silenciosamente esas vidas.

El voyerismo social podría definirse como el sutil arte de mirar la vida de los demás sin ser vistos. Entrar en determinadas redes sociales se parece, metafóricamente hablando, a observar la vida ajena a través de una cerradura digital. Miramos sin exponernos. Pasamos de un perfil a otro, recorremos fotografías e historias y, mientras miramos, casi inevitablemente empezamos a compararnos.

Utilizamos la vida de los demás como un termómetro para valorar nuestra propia vida. Y aquí aparece uno de los mecanismos psicológicos más interesantes de todo este fenómeno: la comparación social. El ser humano necesita referencias para interpretar su posición. Miramos hacia fuera para saber, en cierta medida, dónde estamos nosotros.

El problema es que estamos comparando nuestras dudas, inseguridades, problemas y frustraciones con el escaparate que los demás han decidido enseñarnos. Y cualquier buen comerciante —aunque tampoco hace falta que sea comerciante ni bueno— sabe una cosa: en el escaparate siempre se coloca lo mejor de la tienda o lo que se quiere vender.

No solemos fotografiar las discusiones de pareja, las noches de insomnio, la soledad, las facturas, los complejos, los domingos aburridos ni las inseguridades. Enseñamos lo mejor, o aquello que pueda despertar la atención del voyeur de turno.

El voyeur puede escalar un nivel más y, a veces, pasar del simple mirar al vigilar. En determinados casos, el voyerismo social puede transformarse progresivamente en una auténtica vigilancia digital, una obsesión o un exceso de control.

Hay personas que revisan compulsivamente quién sigue a su pareja, quién acaba de empezar a seguirla, quién ha desaparecido de sus seguidores, quién ha puesto un «me gusta» o quién ha visto una historia. Incluso llegan a contabilizar si el número de seguidores ha aumentado misteriosamente después de aquella salida del sábado con sus amigas.

Y entonces comienza la investigación. Pequeñas variaciones digitales pueden convertirse en enormes interpretaciones emocionales. Ya no estamos simplemente mirando. Estamos buscando información para confirmar sospechas, reducir inseguridades o experimentar una falsa sensación de control.

Desde el punto de vista psicológico, el control es precisamente una paradoja: cuanto más controlamos, más necesitamos controlar, y la consecuencia es generar más descontrol. Cada comprobación puede tranquilizarnos durante unos minutos, pero también enseña a nuestro cerebro que, para volver a sentir esa tranquilidad, necesitamos comprobar otra vez. Y así, el círculo se alimenta a sí mismo, generando verdaderas obsesiones.

La tecnología no crea necesariamente los celos, la inseguridad, la desconfianza o la necesidad de aprobación. Pero pone a nuestra disposición herramientas extraordinarias y eficaces para alimentarlos. Nunca fue tan fácil convertirse en detective de la propia pareja sin placa, sin sueldo y, en ocasiones, sin delito que investigar.

Las barreras físicas que durante siglos protegieron una parte de nuestra vida privada han caído. Nunca habíamos tenido tanta facilidad para enseñar nuestra intimidad ni para acceder a la de los demás. Al fin y al cabo, uno muestra porque existe alguien dispuesto a mirar. Y el otro mira porque siempre encuentra a alguien dispuesto a mostrar.

Y mientras acumulamos toda esa información sobre la vida ajena, absolutamente prescindible en la mayoría de los casos y redundante en muchos otros, quizá se nos escape un pequeño detalle: estar tan ocupados mirando cómo viven los demás puede hacer que nos olvidemos de vivir nuestra propia vida.

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