Entre los comentarios que
venimos contándonos sobresale, a opinión de Ciri, el asunto de la utilización
de la IA de la que hablábamos el viernes pasado.
—Hasta las cencerretas, como
decimos en Villahermosa, estoy ya del asunto de las elecciones, compañero del
alma; aunque para que me entiendas mejor, usaré otra expresión sinónima que
utilizamos en Tomelloso estoy hasta el
corcho. Qué paliza continua en los informativos. Y hasta ahora no me he
enterado nada más que de los insultos, las críticas y descalificaciones de unos
para con otros. De lo que importa a los ciudadanos “ni mú”, promesas vacías que
ni ellos las creen.
—Pues ya somos dos, pero,
amigo Joaquín hemos venido a solazarnos con nuestra amistad, los cafés con magdalenas
y nuestros comentarios. Así pues cambiamos de dirección.
—¡Estoy contigo! ¡Ni
quinientas palabras más!
—La otra noche, serían sobre
las cuatro, me desvelé, cosa que ocurre
a los que somos entrados en años; me contaba mi abuela que cuando le pasaba eso
comenzaba a rezar el rosario y se dormía enseguida. Se me agolpaban recuerdos
de infinidad de géneros, hubo una frase que en su tiempo me impactó sobremanera
y no pude quitármela de la cabeza: “Dios ha muerto”. Como para ponerme a rezar
con esa frase en la mente.
—Ciri esa afirmación es
famosísima. La escribió Friedrich Nietzsche en uno de sus libros como “Así
habló Zaratustra” y me quiere sonar también en “La gaya ciencia” .
—Es propia de una persona
atea, que no quiere relación con Dios y prefiere afirmar que ha muerto. Y que
conste que yo soy cristiano y católico.
—Cero en filosofía,
compañero. Los tiros van por otro lado. Pensándolo mejor, te podría un sufi
raspado en contraprestación, porque durante algún tiempo calificaron esta
expresión como ateísmo activo.
Queridos lectora y lector,
los ojos de Ciri no llegan a comprender mi cambio de sentencia aunque sea
jocosa, mueve la cabeza en varios sentidos como diciendo “estás ido de la
azotea”. Se encierra en saborear los manjares que tiene delante y durante unos
momentos me ignora.
—Perdona, compañero, si me
atiendes, te explico, pero abre los oídos bien.
—Explica los tengo de par en
par —argumenta el camarada con poca alegría.
—Cuando Nietzsche habla de
la muerte de Dios no se refiere al Dios en el que tú y yo creemos. Desde ahora
cada palabra tiene un significado muy específico. Ese Dios para la sociedad
occidental ha sido el sostén del comportamiento humano y social, es decir de la
moral. Las normas de convivencia se apoyaban en mandatos, que según los creyentes,
había dado el Dios del Antiguo Testamento. Te recuerdo los Diez Mandamiento y
su definitiva influencia para judíos y cristianos.
—Así lo creo yo —asegura
Ciri muy serio.
—Cuando tiene lugar el
avance científico (siglos XVI-XVII) y posteriormente La Ilustración o El Siglo
de las Luces, se pasa a dar explicación científica y razonada de todo lo que
rodea al hombre, desde el universo hasta su propia existencia, de modo que se
dejan de lado las interpretaciones que hasta el momento había dado la religión.
Yo opino que fueron los clérigos dirigentes
los que más influyeron, apoyándose en la religión, aportaban las
conclusiones, ahora desechadas: dogmas, creencias, supersticiones…
—O sea que las explicaciones
del mundo y el hombre fundamentadas en
la fe se apartan para dar paso a las de la
ciencia y la razón.
—Así es. Te recuerdo que no
hace mucho estuvimos hablando de creencias, fe, devociones. Algo que deberíamos
comentar es la diferencia entre Dios como Ser en sí mismo y el concepto
que las personas tenemos de Dios. Utilizando el antropomorfismo hemos creado un
dios a imagen nuestra que nada tiene en común con el de verdad.
—Es algo que me hace pensar
y me crea muchos problemas de cabeza —añade Ciri con mucha preocupación en la
cara.
—La última aclaración,
compañero: En la mente de Nietzsche no está la figura de Dios muerto e incluso ni
se imagina un catafalco con el cadáver de Dios fulminado por la razón; sino la
afirmación de que las personas hemos desarrollado la mente y la razón
intelectual y el nivel científico por lo que ya no necesitamos un dios que nos
de la solución de los problemas matemáticos
o humanos. A este dios solucionador de los problemas se le llama
comúnmente y de modo vulgar “dios fontanero”; nos resuelve las “averías” que
surgen en el vivir común.
—Demasiado sesuda vuestra
reunión de hoy, ahí está que cada quien repiense y concluya —es Julián que se
ha acercado hasta nosotros— os invito a una copita de esa mistela tan rica que
tenéis por aquí.
No nos oponemos ni a la
opinión del amigo ni a su invitación. Descorremos el telón y sonreímos con la
petición de que nos cuente el último chiste que haya oído.
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Sábado, 24 de Octubre del 2026
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