Descubriendo Tomelloso

Las coplas de ciego

Ángel Martín-Fontecha | Viernes, 20 de Noviembre del 2020

“…Como el de Carrañaca, que era un ciego de mal genio, que pedía limosna tocando la guitarra de puerta en puerta, y a quien no le daba, o le daba poco, le echaba unas regañinas que para qué”.

“Ya no es ayer” FRANCISCO GARCÍA PAVÓN


El ciego cantor de coplas y romances es un personaje popular en España desde la época de la Edad Media. Es también un personaje literario, un arquetipo, que aparece en múltiples obras de literatura donde su presencia se hace indispensable cuando se pretende una ambientación popular. En todos nuestros pueblos, nuestros mayores, aún los recuerdan cuando ocupaba las esquinas de las principales calles y plazas por el tiempo de las ferias y romerías, o en las encrucijadas de los caminos, en ventas y en cortijos, relatando o cantando truculentos acontecimientos o novelescos episodios que dejabanimpresionado a quienes los oyeran.

Pidiendo limosna, componiendo y recitando sus canciones, romances, oraciones, y hasta en ocasiones ejerciendo el arte de sanadores, echando pronósticos a las preñadas o ensalmos para muelas, desmayos y males de madre, los ciegos utilizaron mil ardides para obtener prebendas del sectormayoritario de la sociedad. Su ingenio les valió también para tentar la fibra sensible de los gobernantes, llegando a obtener privilegios como el de la exención de tributos a la corona, concedido en tiempos de los Reyes Católicos y que pervivió hasta bien entrado el siglo XVIII.

La tradicional vinculación del ciego con la música ha dado lugar a que se le considerase una cierta predisposición innata hacia este arte, o lo que es lo mismo, a creer que no servía más que para entonar romances. Lo cierto es que durante mucho tiempo el ciego se ha servido de la música popular como medio de subsistencia, que sus composiciones romanceadas no eran más que la excusa para luego poner a la venta los pliegos donde las llevaba impresas, sin intención de pasar a la posteridad como grandes poetas.

Las coplas de estos personajes fueron las realidades emotivas de un tiempo. Hoy apenas si se recuerdan qué fueron, pese a su vigor, fuerza y presencia en tiempos pasados. Las coplas de ciego eran historias reales, en la mayoría de los casos, contadas al son de algún instrumento musical desafinado como el violín, el acordeón o la guitarra.

Eran contadas y cantadas normalmente por hombres, más que por mujeres, aunque éstas solían acompañar al heraldo de las penitencias. Allá por los años de la década del 40 al 50 hemos se veían a estos personajes, que cuando llegaban a los poblados de entonces, despertaban inusitado interés, y la gente formaba corro en torno de ellos, esperando oír sus coplas.

Normalmente iban acompañados de un lazarillo, listo como el hambre, que era el que vendía las coplas que el ciego iba cantando. Las coplas solían estar impresas en papel de mala calidad, que los tiempos tampoco daban para mucho más. Las historias que el ciego iba cantando, eran casi siempre truculentas macabras, trágicas, pasionales, de engaños y desengaños, de mentiras y verdades.

Por si en aquellos años no hubiera bastante miseria, venían los ciegos con sus coplas y llenaban de pavor y espanto la vida de aquel entonces. De allí, con la música y la canción, se iban a otra parte pero antes habían dejado en el ambiente del lugar en que estaban un halo de hielo en el alma de los que escuchaban las coplas de ciego que, por ser tan trágicas, causaban lágrimas en los concurrentes y, a la vez, repulsa contra el responsable de la desgracia de alguna persona; por ejemplo, una joven engañada a la que, habiendo sido criada, el señorito la había preñado y, para que el deshonor no manchase la honra de aquella familia, la joven era expulsada en plena noche, con el hijo en brazos...

Con el paso de los años las coplas se fueron modernizando no sólo por el papel donde eran impresas, que ya era de mejor calidad e incluso las copias habían sido realizadas en alguna imprenta, sino por los temas; que ya podían ser de cualquier tipo, incluso políticos o de reclamación social. A veces, el papel del ciego ya no era necesario y particulares o asociaciones ponían a la venta las modernas coplas por un módico precio que serviría para financiar sus actividades más o menos culturales.

Las coplas aquellas fueron desapareciendo a comienzos de la década del 50. Aquellos ciegos de las coplas tristes fueron desapareciendo a medida que la radio iba ampliando sus ondas y supliendo los romances por las historias radiadas no menos trágicas que presentaban por capítulos. Estas coplas de ciegos solían comenzar con una llamada de atención al personal, similar a ésta:

"Hombres, mujeres y niños,

mendigos y caballeros,

paisanos y militares,

carcamales y mancebos.

El que ya no peina canas

porque se quedó sin pelo,

y el que el tupé se compone

con bandolina y ungüento..."

Si la narración era larga, para evitar que se le marchara la clientela, hacían intermedios que a veces aprovechaban para vender medicinas o diversos tipos de potingues, y anunciaban la continuación de la siguiente manera:

"Fin de la segunda parte,

éstas dos no pintan nada,

la tercera es la que vale..."

El final irremisiblemente solía ser una invitación a la compra del pliego, si les había gustado el recitado:

"Y aquí se acaba el romance

que en el pliego escrito está,

sólo dos céntimos cuesta

a quien lo quiera llevar".

Como ejemplo de la implantación de estos personajes en la sociedad durante siglos, podemos ver lo que referente a ellos se indicaba en el reglamento del Ayuntamiento de Tomelloso en 1901. Así, en el Capítulo V, artículo 43 y 46 “de los vendedores ambulantes, ciegos, organistas, músicos, titiriteros, tc, etc”, podemos ver el siguiente apunte:



En Tomelloso, el ejemplo más cercano a nosotros de un personaje de estas características fue “Carrañaca”. Un señor mayor que iba por las calles arrancando a su desvencijada guitarra notas destempladas, simulando lamentos. Iba embozado en un gran chaquetón y con un pañuelo inmenso al cuello. Siempre malhumorado, regañaba a todos aquellos que no le ayudaban con sus limosnas.



A continuación se muestran algunas de aquellas composiciones que de boca en boca y de mano en mano, pasaron por los tomelloseros; siendo transmisoras de una literatura popular, que era la única a la que las clases sociales más bajas podían llegar.