Cuevas

Una cueva de casi 180 años muy bien conservada

Pedro Izquierdo y Carmen Cañas nos enseñan otras de las joyas del subsuelo de Tomelloso

Carlos Moreno | Viernes, 10 de Septiembre del 2021
Los propietarios de la cueva junto  a José María Díaz y nuestro compañero, Carlos Moreno. Reportaje fotográfico de Francisco Navarro Los propietarios de la cueva junto a José María Díaz y nuestro compañero, Carlos Moreno. Reportaje fotográfico de Francisco Navarro

Seguimos disfrutando, y mucho, con nuestras visitas a las cuevas del centro de la ciudad. Descubrimos el encanto de estas primeras construcciones que se hicieron y también el admirable celo con la que las conservan sus propietarios. Es este el caso de Pedro Izquierdo y Carmen Cañas que amablemente nos han abierto las puertas de su casa en la calle Independencia para mostrarnos otra joya del subsuelo de Tomelloso. Después somos los periodistas las que enseñamos las cuevas a nuestros lectores.

José María Díaz no tarda en poner fecha a su construcción, en torno a 1840-1845, con lo que la cueva ronda los 180 años de edad. La casa original que era de un vecino. Pedro Pablo González,  apodado “El Pluma”, tomellosero muy conocido por ser el que trajo la imagen de la Virgen a Tomelloso junto a Venancio Torres y otro vecino.   La vivienda, que daba a las calles Monte e Independencia, se dividió en dos. Pedro adquirió la parte de Independencia, pero curiosamente la lumbrera de la cueva cae en el otro lado, en el conocido local de copas El Patio que era la otra mitad.

Todas las características de la cueva dan fe de su antigüedad: techo bajo en la pura tosca, tinajas pequeñas y de barro, la canaleta por donde corría el mosto y un desgarre de la lumbrera más pequeño por el temor de los constructores pioneros a que se pudiera producir un hundimiento.  En el desgarre todavía son bien visibles las covachas que permitían apoyar los pies a los picadores y observamos también los restos de dos antiguos pozos.

El hueco de la escalera se va ensanchando a medida que bajamos y su dimensión, como bien apunta el propietario, demuestra que las tinajas se bajaban por ahí, a modo de rampa. Los peldaños se han revestido con un suelo rústico, reforma que permite bajar con mayor comodidad y seguridad.

Detenemos nuestra vista en las tinajas  y vemos que hay de varios tamaños: de 100 arrobas, o lo que es lo mismo, de capacidad para 1.600 litros y otras algo mayores de 150 arrobas. Estas presentan un elemento decorativo cerca de las bocas, que en algunos casos, están cubiertas con tapas de anea. Todavía más pequeña es la denominada tinaja del gasto de la propia casa. Asegura José María que, aunque la cueva no es muy grande, “en los tiempos que se hizo era de un pichulero (otra vez aflora el curioso vocablo) de cierto empaque, ya que el solo hecho de hacer la cueva, encargar las tinajas y llenarlas de vino suponía un importante desembolso de dinero”.  José María nos ilustra con unas de sus sabias explicaciones acerca de cómo se hacían las tinajas y la manera de moverlas que era un trabajo de titanes.

El techo y las paredes de la cueva están encalados, no vemos un solo desprendimiento y el suelo se ha revestido con cemento. La conservación es impecable. En el fondo de la cueva hay un hueco que fue el inicio de una posible ampliación que, finalmente, no se llevó a cabo.

 La cueva alberga una curiosa colección de aperos: horcates, bombonas, botijos, orzas, arados, horcas, sartenes, redinas de aceite…y una bellísima colección de botellas de cristal que ha ido recopilando Carmen. En una de las tinajas, que presentan una forma panzuda o de pirindola, aparecen las lañas que se ponían cuando se veía una grieta, intentando que no reventaran. ¡Sartenero y lañaor! Así se anunciaban por las calles los hombres que realizaban esta función reparadora de tinajas.

Las tinajas cuentan con tapones a varias alturas para sacar vino de diferentes calidades, lo que viene a demostrar la inteligencia de aquellos vinateros que tenían soluciones para todo.  Antes de la despedida comentamos con Pedro el valor de unas tinajas muy apreciadas, porque son pocas las que quedan de este tamaña. Pero él y su esposa aman las tradiciones y quieren seguir  teniéndolas a buen recaudo en casa.

 

 


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