Tomelloso

Marcelina Perona: “El de terrera era un trabajo duro, pero lo llevábamos bien”

La Voz de Tomelloso ofrece el valioso testimonio de una de las últimas mujeres que se dedicaron a ese oficio en Tomelloso

Carlos Moreno/Francisco Navarro | Martes, 14 de Mayo del 2024
{{Imagen.Descripcion}} Marcelina Perona en el patio de su casa Marcelina Perona en el patio de su casa

Marcelina Perona Buitrago (Tomelloso, 1948) es el testimonio vivo de una de las últimas terreras que hubo en Tomelloso. Ella es el arquetipo de aquellas mujeres valientes que derrocharon fuerza y sudor para prestar una inmensa ayuda en la construcción de las cuevas, el elemento arquitectónico más singular de Tomelloso y, sin duda, decisivo para conformar una ciudad vitícola tan dinámica y pujante. Marcelina nos recibe en su casa de la calle Mediodía y lo hace con esa sencillez y nobleza que siempre le acompañan. De entrada, nos confiesa que no suele sentirse excesivamente cómoda en actos públicos o entrevistas con los medios de comunicación, pero el periodista ha jugado con la ventaja de conocer a su hijo Pedro, compañero de aventuras futboleras en los ya remotos tiempos del Polideportivo Tomelloso; él ha sido el mediador clave para poder realizar este reportaje. Se lo agradecemos porque hemos pasado un delicioso momento con una mujer que transmite corazón, conocimientos y buenos valores.

-¿Cuándo empezó a trabajar como terrera?

-Fui de las últimas. Mi padre era picador y mis tíos también. Y nosotras sacábamos tierra en las cuevas en las que trabajaban ellos. Trabajé alrededor de ocho o diez años, porque después  surgieron las cooperativas y la elaboración de vino en las cuevas empezó a abandonarse. Empecé a trabajar con trece años, apenas tenía fuerza, pero fui peleando y haciéndome al trabajo. Estuve trabajando hasta los 19 años que fue la edad en la que me casé.

-¿Qué recuerdos tiene de un oficio que, a primera vista, debía ser bastante duro?

-Era un trabajo duro es cierto, pero lo llevábamos bien. Era un trabajo más, como el que se iba al campo o el que trabajaba en los albañiles. Entonces se vivía así y no podías elegir. De coger la maroma se hacían unos pitos en las manos, así les decían, y tenías que ponerte esparadrapo. Ir sacando espuerta tras espuerta, muchas de ellas con un terrón encima, requería fuerza. Pero era lo que tocaba. 

-¿Empleaban muchas horas?

-Sí, como suele decirse estábamos de sol a sol. Empezábamos a las siete y media a las ocho de la mañana hasta que se hacía de noche. Se descansaba los domingos, pero a veces, teníamos que ir en días de fiesta al campo a echar basura o realizar cualquier otra labor. En realidad, yo he hecho de todo en el campo y se descansaba bastante poco.

-¿Cómo se organizaban las cuadrillas?

-Normalmente, había dos terreras tirando arriba y una abajo cargando espuertas. Y picadores solía haber cuatro o cinco. Mi padre tenía una cuadrilla grande. Había una relación de armonía y respeto entre hombres y mujeres. Se trabajaba a gusto, en un ambiente muy sano. 

-Las terreras están siendo reconocidas últimamente, incluso se habla que fueron unas precursoras en la lucha por la igualdad ¿ustedes eran conscientes de ello?

-No, ni muchísimo menos. Los padres nos llevaban a trabajar porque las familias necesitaban dinero y punto. De hecho, yo trabajaba pero mi padre no me daba ningún sueldo o aportación. Era todo para la casa. 

-Cuando pasea por la ciudad y ve las lumbreras ¿afloran muchos recuerdos del oficio?

-Sí claro. Pasas por alguna cueva y recuerdo que trabajé en ella. En la calle Nueva hicimos la cueva de Telesforo y trabajamos en otras muchas calles. En la plazoleta de la calle Ángel Izquierdo hicimos también una cueva muy grande. Allí, uno de los picadores, Santiago, que todavía vive, hacía las columnas con un pico muy fino en un trabajo  en una labor que requería mucha paciencia y entrega. Además de hacer  cuevas nuevas, hacíamos también reformas, es decir ampliaciones y demás. La agricultura iba creciendo y los elaboradores necesitaban cada vez más espacio y envase.

-¿Solían concidir con los tinajeros?

-Algunas veces sí. Cuando la cueva estaba casi terminada, ellos empezaban con su labor. Conocía a José María Díaz Navarro, pero no a su padre. Una vez nos juntamos con ellos en una cueva de Cinco Casas en la que trabajaban ellos. Vi como hacían las tinajas, creando primero esa estructura de alambres.  Me han regalado su libro y la verdad es que cuenta cosas muy curiosas.

-¿Mantienen algún tipo de relación las mujeres que fueron terreras?

-Prácticamente ya no quedan y las que hay son mayores. Recuerdo a Eugenia que ya murió y como os contaba, yo era de las más jóvenes y las otras terreras eran mayores que yo. Viendo las cosas con perspectiva, sientes orgullo de haber sido terrera y haber ayudado a la familia en unos tiempos que no fueron nada fáciles. 

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