Enero camina despacio. No tiene prisa ni promesas ruidosas, los campos lo saben y por eso, se dejan mirar sin pudor; desnudos, callados, honestos. La tierra respira frío y huele a verdad antigua y barro humilde que guarda semillas como quien guarda secretos.
El cielo es bajo y pálido, pero generoso. Una luz suave cae sobre los surcos dormidos, acariciándolos como una mano que no despierta, solo acompañan los árboles sin hojas, Levantan sus brazos finos hacia arriba y en el aire, están escribiendo oraciones torcidas que nadie lee y que, aun así, importan.
Al caminar, cruje el suelo. No hay colores que distraigan solo ocres, grises, verdes, o colores tímidos cansados y en esa sobriedad ocurre algo raro y precioso: el silencio se vuelve fértil, dentro de él, uno escucha lo que durante el año no se atreve a decirse.
Enero no florece, pero se prepara, no canta, pero afirma. Pasear por los campos en este mes es aprender a esperar sin ansiedad, a confiar en lo no invisible, a entender que la vida también trabaja cuando parece quieta. Y al volver, con las manos frías y el ánimo claro, uno sabe sin saber cómo que todo, absolutamente todo volverá a brotar.
Y mientras el sol tibio se abre paso entre la escarcha, el campo parece susurrar una promesa; todo amor que sabe esperar acaba floreciendo.
{{comentario.contenido}}
Eliminar Comentario
"{{comentariohijo.contenido}}"
Eliminar Comentario
Sábado, 3 de Enero del 2026
Jueves, 1 de Enero del 2026