Opinión

Duros de verdad

Antonio Muñoz Serrano | Domingo, 22 de Marzo del 2026
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Hubo un tiempo en que sentí cierta predilección por los anti-héroes. La verdad es que no sé muy bien porqué, quizás por afinidad con esos jugadores de baloncesto que se limitaban a hacer (bien) su trabajo y que dejaban la gloria y los honores a sus compañeros más dotados técnicamente y, por qué no, más mediáticos.

Quiere esto decir que no me gustaba ver jugar a los grandes jugadores que competían en N.B.A. a lo largo de los 80’s y principios de los 90’s. No, en absoluto. Disfrutaba mucho con la elegancia del tiro en suspensión de B. Scott; los certeros lanzamientos  L. Bird, o D. Ellis; los mates increíbles de M. Jordan y D. Wilkins; los inigualables bailes en la zona de A. Olajuwon o K. MacHale; los espectaculares contraataques de J. Worthy; la seriedad imperturbable de R. Parrish y la magnífica inteligencia en la dirección del juego de E. “Magic” Johnson o I. Thomas. En aquel entonces la diferencia entre la N.B.A. y el baloncesto europeo era insalvable.

Pero al terminar de ver un encuentro me volvía a acordar del esfuerzo de los anti-héroes. Cuanto de su trabajo había contribuido a la victoria de su equipo en unas noches en las que no gastaba pereza para acostarme tarde o incluso levantarme de la cama para no perdérmelo. Eran los tiempos en que el evento deportivo del año era el llamado “partido de las estrellas”, East vs West. Justo lo que no es ahora.

Estos anti-héroes, jugadores duros de verdad, marrulleros e incluso violentos o simplemente aguerridos, se convirtieron en el sello de identidad de algunos de los equipos más laureados de esa época.

En necesario comprender que en ese momento, en la N.B.A. no existían las faltas tiquismiquis, las faltas eran faltas y en comparación con el baloncesto de hoy, unas serían antideportivas y las otras descalificantes. Hasta tal punto eso fue así, que tras ganar los Bad Boys de Detroit sus dos anillos consecutivos en los años 1989 y 1990, la N.B.A. tuvo que intervenir para proteger más al buen jugador y a un espectáculo que se le estaba yendo de las manos.

Quedan ya lejos los años 80’s y los recuerdos se van desvaneciendo con el paso inexorable del tiempo, pero si me gustaría recordar nuevamente a aquellos jugadores que dejaron un recuerdo indeleble en mi memoria y que me ayudaron a fomentar mi pasión por el baloncesto.

Estos jugadores a los que me refiero y de los que el estilismo no fue su principal virtud fueron: Kurt Rambis , Billy Laimbeer y Ricky Mahorm.

Kurt Rambis (1958). Ala-pivot de los Ángeles Lakers. Llegó a la costa oeste en el momento en que los Lakers practicaban un baloncesto conocido como el Showtime. Era habitual ver en la fila cero del Forum Inglewood a las grandes estrellas del Hollywood del momento como Jack Nicholson, Denzel Washington o Dustin Hoffman.

Formó parte de un equipo de finos estilistas en el que asumió la parte menos glamurosa del juego, la de dar y recibir mandobles. No fue un jugador que portase en su interior la semilla del mal, a diferencia de los que citaré a continuación, pero nunca se amilanó ante nada y ante nadie, de ahí que se vio inmerso en más peleas de las que seguramente hubiese querido.

No fue un jugador dotado técnicamente, el mismo lo asumió cuando en su regreso a los Lakers después de algunas temporadas ausente, dijo: durante mi ausencia no he perdido ni tiro ni salto. . . ya que nunca lo he tenido.

Gran verdad, ya que durante sus catorce temporadas en la N.B.A. lanzó doce veces a canasta desde el triple consiguiendo un manifiestamente mejorable 0/12 con una media de puntos por partido de 5,2. A veces, los puntos de sutura en su cabeza superaban a los puntos conseguidos en la cancha.

Sin embargo, y una vez retirado, en un partido de exhibición/benéfico, lanzó 5 veces convirtiendo todos los intentos. Cosas de la vida.

Inconfundible, con sus gafas de pasta atadas a la parte posterior de su cabeza, gafas ordinarias de ver, no de marca deportiva, se dedicó a hacer todo el trabajo duro que se requería de él, esos intangibles que no salen en las estadísticas pero que ayudan a conseguir títulos.

Se peleó con lo más granado de la N.B.A., que es tanto como casi decir que con todos. Memorables fueron sus peleas con K. MacHale o R. Mahorm. Al final de su carrera fue perdiendo paulatinamente peso en el equipo en favor de un jugador más joven y atlético llamado A.C. Green. Se retiró tras terminar la campaña 94/95 tras conseguir 4 anillos de la N.B.A.

Billy Laimbeer (1957) y Ricky Mahorm (1958). No me atrevo a hablar de ellos por separado ya que fueron el germen fundador y socios honoríficos de los Bad Boys de Detroit.

Fueron una pareja que infundió el terror por toda la N.B.A. Intimidadores como ellos solos aplicaron todas las malas artes que se pueden dar en un partido de baloncesto: codazos, patadas, empujones, manotazos ¡Ay Madre, que manotazos!

Uno blanquito y con cara de niño bien, el otro de color y con cara de niño malo, hermanos en el noble arte del atizar que llevaron a su máxima expresión la idea de que una canasta de un jugador rival nunca conlleva tiro adicional. Jugadores dadivosos que jamás negaron un buen mandoble a todo aquel que se lo solicitó, incluso a los que no lo pidieron.

Temidos y odiados por todos los rivales, en caso de Laimbeer, incluso después de su retirada. Fue apodado The prince of Darkness (El príncipe de las tinieblas) y considerado el jugador más sucio y villano de toda la N.B.A. Cosa que a él nunca le importó. Ni siquiera el temido inspector de policía Harry Callahan (Harry el Sucio) estuvo nunca a su altura.

De los tres, Laimbeer fue el más dotado técnicamente pues tenía un lanzamiento más que aceptable desde el triple, consiguió desde esta distancia un porcentaje del 32,7%, convirtiendo 202 triples en sus 14 temporadas en la N.B.A.

Siempre he pensado que estos dos angelitos (Laimbeer y Mahorn) serían una magnífica pareja de porteros en las discotecas de Magaluf. Nadie se colaría sin pagar.

La media naranja de Laimbeer, Mahorn fue considerado el más malo de todos los chicos malos. Bonita tarjeta de presentación. Junto con Laimbeer imprimieron carácter y dureza al equipo de Detroit, muy bien acompañados por el resto de jugadores que, casualmente, tampoco eran hermanitas de la caridad.

Después de una estancia en un college menor nivel, Hampton, donde consiguió aceptables estadísticas.  Fue seleccionado por Washington Bullets y jugó allí cinco temporadas en las que no aportó nada espectacular al equipo. Allí, junto con su compañero Jeff Ruland, aprendió el oficio de mandoblista. (el que da mandobles).

Su traspaso a Detroit le hizo caer como pez en el agua, allí desarrolló todo su arte, o mejor dicho, sus malas artes. Se peleó con todo aquel que pasaba cerca de su aro. Espectaculares fueron sus peleas con Charles Oakley y B. Cartwright (Chicago), Pat Ewing (New York) y Moses Malones (Hawks). A este último le hizo una falta tan terrorífica que recomiendo verla en youtube para que calibréis al personaje.

Se retiró tras dieciocho temporadas en activo y ganó el anillo con Detroit en 1989.

Algunas veces me he preguntado si existe una pócima universal para el éxito. Probablemente y en deportes individuales la pócima sería muy similar para todos los deportistas de élite y vendría a ser algo así como: entrenar, comer, descansar y volver a entrenar. Pero en los deportes de equipo la receta es más complicada.

Los Bad Boys de Detroit consiguieron dos anillos (1989 y 1990) con un jugador estilista, Thomas o Dumars y cuatro angelicales, Laimbeer, Mahorn, Salley y un jovencísimo D. Rodman, aún sin tatuajes pero que ya apuntaba maneras.

Los Lakers consiguieron en la misma década cinco anillos: 1980/1982/1985/1987 Y 1988 con cuatro estilistas, M. Johnson, Worthy, Kareem Abdul-Jabbar y B. Scott y un angelical, Rambis. Dos configuraciones distintas para un mismo éxito.

Por eso entiendo que no vale tener solo talento, sino que hay que trabajarlo y tener también en el equipo otras aptitudes. . . divinas.

Este es mi pequeño recuerdo a aquellos jugadores que aportaron a sus equipos otras maneras de entender el juego,  y por los que quedaron marcados para toda su vida.

Antonio Muñoz Serrano.

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