La identidad no es un
destino biológico, sino un proceso de fabricación. En un mundo que se cree
libre, la neuroplasticidad y el peso de las estructuras colectivas siguen
determinando quiénes podemos llegar a ser y, sobre todo, qué nos está prohibido
siquiera imaginar.
Hablamos en muchas
ocasiones de las personas como si fueran rocas: fijas, inmutables, idénticas a
sí mismas desde siempre. «Es así», «ha sido siempre así», «funciona así». Lo
repetimos como si fuera una ley natural, pero no lo es. No reparamos en algo que
cualquier profesional mínimamente formado sabe: una persona se moldea, se
configura, se educa, se disciplina y se corrige.
Es aquí donde la
conversación se torna incómoda, porque en la construcción de lo humano
intervienen dos fuerzas: la neuroplasticidad y la tribu. La primera es la
capacidad del cerebro para reorganizarse; la segunda es la estructura que dicta
qué cambios son posibles y cuáles se imponen como destino. Se habla mucho de
neuroplasticidad, pero pocos comprenden que estos mecanismos pueden activarse
por un acontecimiento concreto y transformar a una «buena persona» en alguien
irreconocible. No es un problema de biología, sino de canalización: la tribu
funciona como una carcasa que endurece lo que debería ser flexible.
La tribu lo impregna
todo: lo físico, lo sanitario, lo antropológico y la creencia. Dicta incluso la
forma de andar. Llevamos décadas con la OMS clasificando ciertas prácticas como
agresiones sexuales —la mutilación genital, la extirpación del placer—, pero
nos quedamos tan anchos. Se decide por niñas antes de los seis años, en la
franja crítica donde se imprime el molde identitario, qué silencios guardarán y
qué obediencia se espera de ellas. Mientras tanto, el varón crece como un ser
libre, ajeno a ritos que cuestionen su pureza. Año 2026 y seguimos disfrazando
esta pérdida programada de autonomía con eufemismos culturales, ignorando que
se está configurando una estructura de pensamiento donde no cabe otra
alternativa. No hay derecho ni capacidad de los que hablar cuando el lenguaje
mismo ha sido cercenado.
Esta parálisis se
refleja en nuestras instituciones. En pleno 575 aniversario de la Universidad
de Barcelona, queda una amarga sensación de estancamiento. Me entristece ver
que las indicaciones para la depresión multirresistente son las mismas que hace
décadas: fármacos que no logran que el paciente se levante del sofá y, cuando
todo falla, el regreso al empirismo de la terapia electroconvulsiva. Tenemos
identificadas las áreas anatómicas y funcionales —Broca, Wernicke— desde hace
años, pero la investigación es un rehén de la burocracia. Se necesitan equipos,
becarios y administrativos haciendo carpetas, perdiendo el progreso en una
gestión que se consume a sí misma.
Al final, el sistema
desprecia al que se sale de la norma. Tener opiniones diferentes para
cuestiones diferentes, no someterse al rito puro de una sola etiqueta —sea esta
política, académica o religiosa—, te convierte en un ser peligroso para la
tribu. Pero es precisamente ese peligro el que nos hace libres. Porque el
verdadero poder de la tribu no es conservar ritos antiguos, sino definir lo que
es pensable. Y en este 2026, atreverse a pensar más allá del molde sigue siendo
el único acto de resurrección posible.
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Lunes, 13 de Abril del 2026
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