Querido pueblo
de Tomelloso, Alcalde, miembros de la Corporación Municipal, Hermandad, Mayoral
de la Romería 2026 (José María González a quien quiero felicitar
especialmente), familia, vecinos y vecinas, amigos y amigas.
Hoy me
encuentro en este Auditorio, ante vosotros, con el corazón lleno y no sabiendo
muy bien qué palabras adecuadas utilizar. Sinceramente, nunca pensé que algún
día estaría ocupando este lugar, pronunciando el pregón de nuestra Romería. Me
siento profundamente sorprendido… y profundamente agradecido.
Es inevitable
pensar en estos momentos en quienes han sido pregoneros en años anteriores, en
personas de gran trayectoria y méritos reconocidos. De ahí mi sorpresa por
haber sido yo este año la persona elegida para tan importante responsabilidad.
Pero, al mismo
tiempo, como digo, también estoy inmensamente agradecido, porque este
nombramiento de pregonero de la Romería de mi pueblo me llena de honor y es una
satisfacción enorme que llevaré conmigo toda mi vida.
Cuando me senté a
escribir este pregón, comprendí enseguida que no iba a ser fácil. No por falta
de palabras, sino por todo lo que, con tanto acierto, ya se ha dicho antes. Son
muchos los pregones que forman parte de la historia de nuestra Romería, cada
uno con su mirada y con su emoción. Y claro, uno intenta no repetirse… pero
también entiende que, cuando se habla de lo que se quiere, en este caso de
nuestra Patrona, es inevitable acabar sintiendo lo mismo y, en consecuencia,
expresando ideas parecidas. Así que decidí dejar a un lado la preocupación por
la originalidad y me propuse algo más sencillo: hablar desde el corazón.
Me vais a permitir que comience haciendo una referencia a la Hermandad de la Virgen de las Viñas, a su Junta Directiva actual, con su Presidente Alejandro Ramírez al frente, y a todas las Juntas Directivas anteriores. Muchas personas que han estado ahí colaborando y aportando de forma desinteresada para que todo lo que gira alrededor de nuestra Patrona esté siempre en orden y bien organizado.
Yo también soy
hermano de la Hermandad, lo digo con orgullo, porque ser hermano es sentir que
perteneces a una historia que empezó mucho antes que tú y que seguirá cuando
nosotros ya no estemos. Es contribuir a conservar una tradición que pronto va a
ser declarada, no tengo ninguna duda, de interés turístico nacional, y que ya lo
es de interés regional. Pero, más allá de títulos y reconocimientos,
merecidísimos sin duda, nuestra Romería es, ante todo, interés del corazón e
ilusión de cada uno de los hermanos y hermanas de la Hermandad y de cada uno de
los tomelloseros y tomelloseras.
Desde hace 81
años, el último domingo de abril no es un día cualquiera en Tomelloso. Es el
día en que más de 30.000 corazones laten al mismo compás, el día en que el
camino hacia el Santuario se convierte en un río de fe, de alegría y de
encuentro.
Pinilla en
Romería es el escenario de infinidad de recuerdos para la gente de Tomelloso.
Es la imagen de las carrozas de los jóvenes engalanadas de verde, de las reatas
de mulas, de las familias compartiendo mantel, de los amigos reencontrándose
año tras año. Es el sonido de la música en las tascas, el bullicio de los
niños, el fuego y el recogimiento de la procesión de las antorchas. Es la
solemnidad y fervor de la Misa de Campaña, del repiqueo de campanillas a la
salida de la Virgen de su Santuario camino de Tomelloso.
Y es que en Pinilla
cabe todo: el silencio y el jaleo, la oración y el botellín en la tasca, el
recogimiento y la música del remolque de al lado. A veces uno intenta rezar… y
justo entonces suena una canción que te sabes de memoria. Pero así es nuestra Romería:
un lugar donde lo sagrado y lo festivo no se estorban, sino que se acompañan.
Y en medio de todo ese ruido, de toda esa
alegría compartida, hay algo que no podemos olvidar, y es que en Pinilla y en la Romería los tomelloseros y las tomelloseras hemos
aprendido algo muy importante y es que la fe también hay que celebrarla.
Sí, porque la Romería en honor a Nuestra
Santísima Virgen de las Viñas, nuestra Romería, es mucho más que una fiesta,
más que cultura o tradición. Es un camino de fe, una peregrinación que nos
reúne y un verdadero encuentro con María.
Caminamos
hacia Pinilla el último domingo de Abril como aquel día en que el Evangelio nos
dice que María se puso en camino y fue aprisa a una ciudad montañosa de
Judea para visitar a su prima Isabel. Aquella fue, permíteme el atrevimiento
José Ángel, la primera romería cristiana: María caminando, llevando en su seno
la esperanza del mundo.
Allí, en el
paraje de Pinilla, en ese Santuario que parece abrazar el paisaje manchego, nos
espera Ella: la Santísima Virgen de las Viñas. Madre serena, mirada limpia,
presencia constante. Allí donde el cielo se abre sobre los campos y la tierra
huele a viña y a esfuerzo, Ella nos reúne.
Y cuando nos reúne, no es solo para
acogernos bajo su mirada, sino para recordarnos, una vez más, cuál debe ser el
camino. Un camino que no ha cambiado con el tiempo y que sigue siendo tan
sencillo y tan verdadero como en aquellas bodas de Caná, cuando dijo: “Haced lo
que Él os diga”. En estas pocas palabras se resume su Misión: María siempre nos
conduce hacia su Hijo.
Por eso nuestra Romería es profundamente
religiosa.
No caminamos solo para celebrar.
Caminamos para rezar.
Para dar gracias.
Para pedir consuelo.
Para renovar nuestra fe.
Cuántas veces
hemos llegado a su Santuario con preocupaciones que nos pesaban en el alma.
Cuántas veces hemos salido de allí más ligeros, más serenos, más esperanzados.
Porque María tiene esa manera silenciosa de sostenernos.
En esta tierra de
esfuerzo y vendimia, la advocación de nuestra Patrona lo dice todo: ¡la Virgen
de las Viñas! En Tomelloso conocemos muy bien las viñas y sabemos que aquí las
viñas no sólo se trabajan sino que
también nos enseñan.
Nos enseñan que
nada importante nace deprisa y que todo necesita cuidado, constancia y tiempo.
Que hay que preparar la tierra, podar, confiar en la lluvia… y saber esperar
sin desesperar.
Y, sin embargo, el
mundo en el que vivimos actualmente va en dirección contraria. Ahora todo
queremos que sea inmediato. Buscamos respuestas rápidas y soluciones al
instante. Pretendemos tener resultados sin que haya habido un proceso previo.
Vamos deprisa… demasiado deprisa. Y cuando algo se retrasa, nos inquietamos.
Nos pasa en el trabajo, en nuestras casas… y también en la fe.
Pero aquí, en
nuestro pueblo, basta mirar la viña para entender que las cosas importantes no
funcionan así, porque todo lleva su tiempo. Aquí nadie vendimia al día
siguiente de plantar. Aquí nadie recoge en invierno lo que solo puede llegar en
septiembre.
Y quizá por eso
María, nuestra Virgen de las Viñas, se nos hace tan cercana; porque Ella
también supo vivir así, sin prisas y confiando en cada momento, guardando
silencios que no entendía, esperando sin exigir y confiando incluso sin tener
todas las respuestas.
Mientras nosotros
buscamos resultados inmediatos, Ella nos recuerda algo mucho más profundo: que
la fe no consiste en correr… sino en confiar.
Todos los que
estamos aquí sabemos bien lo que significa sacar adelante un negocio sin
certezas, o esperar una noticia que no llega, o confiar en que las cosas
mejorarán en casa, o ver cómo un hijo busca su camino, o, simplemente, esperar
la llamada del médico.
Sabemos lo que es vivir con el corazón en
vilo… y seguir adelante.
Y sí… a veces ese tiempo pesa. Se hace largo.
Cuesta.
Pero es ahí donde María nos sostiene.
Porque nos
recuerda que esperar no es perder el tiempo. Que Dios también trabaja en lo que
no vemos. Que, como la viña, también nuestra vida está dando fruto… aunque
todavía no lo veamos.
En medio de tanto
ruido, tanta preocupación y tanta prisa, Ella no deja de susurrarnos algo muy
sencillo: “No tengáis prisa. Confiad. Yo estoy aquí.”
Pero
no solo nos cuesta esperar, a veces también tenemos muchas dificultades para
entendernos entre nosotros.
Vivimos tiempos en los que las diferencias, que siempre han existido, parecen hacerse más grandes. Tiempos en los que nos resulta muy complicado escuchar al otro y, a veces, contestamos de mala forma antes de entender bien lo que nos ha querido decir.
Amigos y
amigas…tenemos que ser capaces de bajar el tono y abrir más nuestro corazón. No
tenemos por qué ser todos iguales y pensar de la misma manera. Si queremos
progresar y seguir siendo el gran pueblo que somos, necesitamos rescatar esa
paciencia que a veces perdemos y recordar que, por encima de cualquier
diferencia, lo que nos une siempre será más fuerte que aquello que intenta
separarnos.
Paciencia, espera,
confianza, respeto, esfuerzo… ideas y conceptos de los que os estoy hablando y
que me sirven de enlace perfecto con otra parte importante a la que quiero
hacer referencia en este pregón. Porque si hay algún sitio donde se vive y se
comparte con intensidad todo esto es en casa, en la familia. Por ello, quiero
compartir con vosotros alguna reflexión sobre mi familia.
Junto a mi mujer,
intentamos cada día educar a nuestra hija en lo que nosotros hemos recibido: la
fe sencilla, el respeto por nuestras tradiciones y el respeto profundo por los
demás. No siempre acertamos, pero lo intentamos con todo el corazón.
Porque si algo
deseamos mi mujer y yo es que ella crezca sabiendo que la Virgen de las Viñas
no es solo la Patrona de un pueblo, sino que es una Madre que camina con
nosotros. Que la Romería no sea para ella solo un recuerdo bonito, sino una
raíz firme sobre la que cimentar su vida.
Y quizá ese sea el
mayor legado que podemos dejar a nuestros hijos: valores que no pasan, fe que nos
da fuerzas y amor por lo que somos.
Esto mismo aprendí
yo de mis padres: que la devoción a la Virgen de las Viñas más que proclamarse,
hay que vivirla. Mi padre, miembro durante años de la Hermandad, me enseñó con
su ejemplo que la fe verdadera en la Virgen no necesita ruido, que se demuestra
en el trabajo constante, en el compromiso fiel y en estar siempre cuando hace
falta, sin buscar reconocimiento.
Pero es que,
además, en mi casa esa devoción viene de más lejos. Viene también de mi abuelo,
que ya vivía a la Virgen de las Viñas con esa misma sencillez y entrega.
La vida, en
definitiva, me ha regalado el poder crecer en un hogar donde he aprendido, de
forma natural y sin imposiciones, que la Virgen de las Viñas va más allá de una
costumbre y se convierte en una compañía fundamental en nuestro paso por este
mundo.
Papá, hoy este
pregón también es el tuyo. Como lo es, de alguna manera, de todos los que nos
enseñasteis que la fe se construye día a día, con gestos sencillos y con una
fidelidad que no se ve, pero que lo sostiene todo.
Y permitidme que
hoy, sin nombrarlos, tenga también muy presentes a tantos hombres y mujeres de
Tomelloso que ya no están, pero que dedicaron su vida a este pueblo, a sus
tradiciones y a su Virgen. Personas que entendieron que un pueblo no se mantiene
solo con proyectos y obras, sino con valores, con identidad y con raíces
profundas.
Estoy seguro de
que, desde donde estén, hoy contemplan con alegría cómo Tomelloso sigue
caminando hacia Pinilla, cómo la Virgen de las Viñas sigue convocando a miles
de personas bajo su manto, y cómo esta Romería sigue viva en el corazón de
todos nosotros.
Queridos amigos y
amigas, María nos dejó en el Evangelio el Magníficat: “Proclama mi alma la
grandeza del Señor”. Y eso es lo que hacemos, en el fondo, en nuestra Romería:
decir juntos que Dios ha estado grande con nosotros, que seguimos adelante a
pesar de las dificultades y que Él sigue muy presente hoy en nuestras vidas.
Y precisamente en
esa presencia de Dios en lo cotidiano, en lo sencillo, es donde yo he aprendido
algunas de las lecciones más importantes de mi vida.
Llevo 28 años
trabajando con personas con discapacidad y, a lo largo de todo este tiempo, he
aprendido algo muy sencillo, pero profundamente importante: la grandeza de una
sociedad se mide en cómo mira, cómo trata y cómo cuida a quienes más lo
necesitan.
He aprendido que
cada persona, sin excepción, tiene una dignidad infinita. Que todos tenemos
algo que aportar. Que todos necesitamos ser acogidos, comprendidos y queridos.
Y al mirar nuestra
Romería veo todo esto reflejado; porque es un espacio donde todos tenemos sitio
y nadie queda fuera. En la Romería no hay diferencias que nos distancien, solo
caminos que convergen, porque frente a nuestra Madre desaparecen las
distinciones: ahí todos somos iguales, todos somos sus hijos.
Ojalá sepamos
vivir también así el resto del año: construyendo un pueblo donde nadie se quede
atrás, donde la fragilidad no sea un límite, sino una llamada a ser mejores,
más humanos, más solidarios.
Porque, en el
fondo, una Romería verdadera también se mide en eso: en cómo miramos al que
camina a nuestro lado.
Y ahora permitidme también que me dirija
de manera muy especial a quienes sois presente y futuro de esta Romería, a los jóvenes de
Tomelloso. ¡Es imposible en Romería no fijarse en vosotros! En esos tractores y
remolques llenos de vida, engalanados con ramas de verde, en esa alegría que se
desborda durante todo el día en el recinto de Pinilla. En la música, en los
bailes, en las risas compartidas.
Porque todo eso
también forma parte de nuestra Romería. Esa alegría vuestra es necesaria. Es
hermosa. Es signo de un pueblo que está vivo.
Pero hay un
momento el Domingo de Romería en el que todo cobra un sentido más profundo y es
cuando la Virgen sale del Santuario y comienza el camino hacia Tomelloso.
Cuando esos mismos tractores, esas mismas canciones y esas mismas voces se
ponen en marcha detrás de Ella.
Y ahí está lo
importante.
Porque, casi sin
daros cuenta, estáis haciendo algo muy grande: estáis acompañando a una Madre.
Estáis caminando juntos, como pueblo, detrás de quien nos une, nos cuida y nos
guía.
Ojalá sepáis
descubrir que ese camino no es solo la alegría y el bullicio durante esos cinco
kilómetros que separan Pinilla de Tomelloso. Que sepáis que ese camino es una
forma de vivir. Que también en la vida, entre la música, la amistad, la fiesta
y los sueños, merece la pena preguntarse hacia dónde caminamos y a quién
seguimos.
Ojalá nunca perdáis la alegría, pero
tampoco el rumbo y que seáis conscientes que la alegría más grande no está en
la fiesta que pasa, sino en la fe que permanece.
Concluyo este Pregón con esta oración
dirigida a nuestra Madre de las Viñas:
Que nuestro Santuario sea siempre casa abierta.
Que nuestra fiesta nunca eclipse nuestra fe.
Que la alegría no nos haga perder la reverencia.
Madre Santísima de las Viñas,
Señora de Pinilla,
Reina humilde de nuestros campos y de nuestras casas:
Hoy tu pueblo se pone a tus pies.
Míranos, Madre.
Mira a este pueblo trabajador, sencillo y creyente.
Mira nuestras manos, acostumbradas al esfuerzo.
Mira nuestros corazones, necesitados de esperanza.
Como en Caná, intercede por nosotros cuando falte
el vino de la alegría.
Como en la Visitación, enséñanos a ponernos en camino para servir.
Como al pie de la Cruz, danos fortaleza en la hora del dolor.
Cubre con tu manto a nuestros mayores.
Protege a nuestros niños y jóvenes.
Sostén a los enfermos y a quienes viven momentos de dificultad.
Ilumina a quienes tienen la responsabilidad de gobernar y servir.
Y no permitas que nunca se apague en Tomelloso la llama de la fe.
Haz que cada Romería sea un encuentro verdadero
con tu Hijo.
Que cada paso hacia tu Santuario sea un paso hacia Dios.
Que cada aplauso, cada canto y cada alegría
nazcan de un corazón agradecido.
Madre nuestra,
si alguna vez flaqueamos, levántanos.
Si nos alejamos, llámanos.
Si dudamos, fortalécenos.
Y cuando termine el camino de nuestra vida,
condúcenos de tu mano hasta la Casa del Padre.
Porque somos tuyos.
Porque confiamos en Ti.
Porque eres y serás siempre
la Madre de las Viñas
y la Madre de Tomelloso.
Que cuando el Domingo de Romería volvamos por
la noche a nuestras casas, algo haya cambiado dentro de nosotros.
Que no regresemos iguales.
Que llevemos a nuestras
familias más paciencia.
A nuestro trabajo más honestidad.
A nuestras calles más respeto y un poco
más de capacidad para entendernos.
Porque si la Romería no transforma el
corazón… se queda en paisaje.
Y nosotros no somos un paisaje.
Somos un pueblo.
Un pueblo creyente que camina.
Un pueblo que, año tras año, vuelve a Pinilla… porque sabe que allí le espera
su Madre.
Y por eso, cuando dentro de unos días
volvamos a hacer el camino,
cuando el polvo se levante bajo nuestros pasos,
cuando suenen las campanillas
y la Virgen de las Viñas salga a nuestro encuentro,
recordad esto:
no caminamos solos.
Caminamos con Ella.
Caminamos como pueblo.
Caminamos con fe.
Y mientras haya un tomellosero o una
tomellosera dispuesto a hacer ese camino,
mientras haya una familia que enseñe a sus hijos a mirar a la Virgen,
mientras haya un corazón que rece en silencio al pasar por su Santuario,
la Romería seguirá viva.
Tomelloso seguirá en pie.
Y la Virgen de las Viñas seguirá reinando en nuestros campos… y en nuestras
vidas.
Con el corazón lleno y la fe renovada, digo alto
y claro
¡Viva la Virgen de las Viñas!
Muchas
gracias.
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