Turno de Pan Pa’ Hoy este sábado en la 33 Muestra Local de Teatro José María Arcos de Tomelloso. Buena entrada en el Marcelo Grande para ver a la veterana compañía, que puso en escena El color de agosto. Un montaje con texto de Paloma Pedrero y dirección de Carmen “Pitu” López en el que lucen, y mucho, Alba Parra y Claudia Morales. Una función sostenida sobre dos interpretaciones de enorme entrega que mantuvieron la tensión dramática de principio a fin.
Un reencuentro lleno de cuentas pendientes
Billie Holiday canta Blue Moon mientras se levanta el telón; en el escenario, el estudio de una pintora de éxito. La voz doliente y desgarrada de Lady Day es el preámbulo de la catarata de emociones que espera durante la próxima hora. María, Claudia Morales, es una artista que ha triunfado y se le nota; cuelga cuadros con un motivo recurrente: Laura. Triste, alegre, sentada, de pie, con manzana, envejecida, mirando a María.
Esa Laura de los cuadros, a quien da vida Alba Parra, llega al estudio después de ocho años de ruptura. Un reencuentro frío, distante y tenso, provocado por una falsa solicitud de modelo a través de una agencia. Y a partir de ahí, como anunciaba el programa de mano —la postal de mano, en este caso— se desencadena un combate emocional sin tregua.
María y Laura han sufrido una amistad destructiva, de la que ambas han sido víctimas y han salido tocadas. Claudia Morales y Alba Parra establecen un duelo interpretativo intenso intentando ocultar lo que son, evitando sincerarse, sin mostrar sus cartas vitales. Para ello utilizan todas las armas de las que disponen: trampas, verdades a medias, arrepentimientos, amores, desamores, triunfos, fracasos. Incluso un antiguo novio de Laura es ahora el marido de la triunfadora.
Entre óleo, reproches y heridas abiertas
Durante casi dos décadas separadas ha cambiado todo. Ya no son lo que eran y, por mucho que lo intenten —especialmente María— el tiempo no tiene vuelta atrás. El color de agosto pone en solfa conceptos como el triunfo, el fracaso, la felicidad, el amor o la autorrealización, y lo hace de manera descarnada, sin tregua, con un duelo cruento en el que, a veces, aparecen pequeñas treguas de amor, casi sexuales, que duran poco. Siempre están presentes las críticas, los reproches, las cuentas pendientes o la violencia, entre manchas de óleo y acuarela.
Alba Parra y Claudia Morales logran con su solvente interpretación mantener la tensión durante toda la representación. Son capaces de sostener tantos vaivenes emocionales, llevando al público a su terreno y convenciendo de que estamos realmente en el estudio de una pintora en plena canícula.
Y a todo ello ayudó mucho la certera escenografía de Rosa Marquina y Fran Jiménez, además de la iluminación de María Alcolea. Tras el desalentador final, el público dedicó una gran ovación a unas actrices que volvieron a demostrar el valor del teatro aficionado. La directora y María Alcoléa también salieron a al escenario a recibir los aplausos del respetable; Pitu saludó al cielo.
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