Se fue el velero sin volver la vista, llevándose un rincón de lo vivido; dejó mi corazón medio dormido mirando al mar, sereno y sin conquista
Hay despedidas que no hacen ruido. Simplemente un día levantan el ancla y se alejan despacio, mientras uno permanece quieto, mirando el horizonte sin encontrar las palabras. Así se fue aquel pensamiento que durante tanto tiempo me hizo compañía. No tenia nombre, pero conocía mis silencios, mis miedos y también mis esperanzas.
Lo llevaba conmigo sin darme cuenta. Me acompañaba en las tardes largas, en las noches donde el sueño tardaba en llegar y en esos instantes en los que bastaba cerrar los ojos para sentir que todo aún era posible. Era un refugio pequeño, pero suficiente.
Un día decidió marcharse. No hubo viento fuerte ni tormenta. Solo un instante cualquiera en el que comprendí que ya navegaba lejos de mi. Intenté llamarlo, sujetándolo con el recuerdo, pero hay barcos que no regresan porque nacieron para perderse en la distancia.
Hoy sigo sentado frente al agua, viendo cómo el sol acaricia el mar, mientras aquel pequeño velero se convierte en un punto casi invisible. Y, aunque la vida me ha enseñado que todo pasa, todavía hay ausencias que encuentran el camino de vuelta cuando cae la tarde.
Entonces sonrío con la misma tristeza con la que se recuerda las cosas buenas. Porque comprendí demasiado tarde que no era yo quien cuidaba de aquel pensamiento...era él quien, en silencio, llevaba años cuidando de mi. Y desde que se fue, el horizonte sigue siendo el mismo, pero nunca volvió a parecerme igual.
Si un día vuelve, no diré su nombre, bastará con mirarlo desde lejos; hay amores que viven en los reflejos. Y cuando el mar pregunte por mi suerte, diré que aún espero, sin hacer ruido… al pensamiento que se fue para siempre.
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Viernes, 10 de Julio del 2026
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