Cómo habría sido la conversación
entre el conde Lucanor y Patronio, su consejero, si este le hubiese preguntado
por un hombre al que acogió en sus tierras:
Ejemplo LII: De lo que aconteció a
una hormiga con una cigarra a la que dio posada en su hormiguero.
—Patronio, bien sabéis que, movido
por la compasión, he acogido en mis tierras a un hombre que decía estar obrando
en grandes menesteres y estudios. Mas pasan los meses y no hace labor alguna de
provecho. Cuando le ruego que guarde orden y ayude en las cargas de la
hacienda, se ofende gravemente, me acusa de tratarle como a un mendigo sin
oficio ni beneficio y en venganza me quita el sueño exagerando sus ronquidos
por las noches. Y aún más, cuando le reprendo, me mira con soberbia, me
pregunta qué he hecho yo de provecho en esta vida, se jacta de que él ha vivido
intensamente y afirma que yo lo único que sé hacer es trabajar sin descanso. Me
molestan mucho sus comentarios porque mientras yo trabajo él se endeuda. Gasta
sin mesura y vive gracias a rentas ajenas, mas siento gran pesar y culpa porque
tiene mucho arte y prometí ayudarlo, temo parecer cruel y desalmado si lo echo
de mi casa porque no tiene dónde ir. ¿Qué me aconsejáis que haga?
—Señor conde Lucanor —dijo Patronio—,
para que en esto hagáis lo que más os conviene, me placería mucho que supieseis
lo que aconteció a una hormiga con una cigarra.
El conde le rogó que se lo contase.
—Señor conde —siguió Patronio—, hubo
una vez una hormiga muy trabajadora que abrió las puertas de su morada a una
cigarra. Esta cigarra no solo cantaba, sino que decía estar muy ocupada en
mandar misivas y forjar tratos con grandes señores, empresas que nunca tenían
fin ni daban fruto. La hormiga trabajaba por ambas, mientras la huésped
ensuciaba el hormiguero, se jactaba de su alta alcurnia y se enorgullecía de
alternar con mariposas.
Ocurrió que la hormiga, cansada del
ruido y el desorden, le pidió mesura. La cigarra, con gran arrogancia, le
respondió: "Deberías agradecerme, pues tu vida era un yermo de
aburrimiento antes de que yo trajera mi brillantez a este agujero".
Y para mayor escarnio de la pobre
anfitriona, sucedió que una mañana se presentó a la entrada del hormiguero un
escarabajo mercader, tirando de un carro cargado de finísimos pólenes traídos
de tierras lejanas y gotas de rocío añejadas. La cigarra se apresuró a
recibirlo y adquirió a crédito las más caras viandas y sedas, firmando los
pagarés con gran floritura.
Viendo la hormiga semejante derroche,
le preguntó con espanto cómo pensaba pagar tamaña fortuna si, como ya se ha
dicho, sus empresas no daban fruto. La cigarra, acomodándose en un lecho de
pétalos frescos que acababa de encargar, rio con gran condescendencia.
—¡Ay, pobre criatura de miras
estrechas, tienes que ver más allá y pensar con la cabeza! —exclamó la
holgazana mientras saboreaba un néctar de jazmín importado—. Esto no son
gastos, sino menesteres de representación e inversiones de capital. ¿Acaso
esperas que cierre mis magnos tratos con los señores del bosque ofreciéndoles
estas tristes migajas de trigo rancio que tú masticas? El éxito pertenece a
quienes invierten en su imagen, pero bien sé que una mente acostumbrada a
escarbar en la tierra no puede comprender las finanzas de las altas esferas.
¿Qué tienes tú que decir si no entiendes nada de economía?
Y así, mientras la hormiga guardaba
grano a grano con el lomo partido y el sudor en la frente, la cigarra llenaba
el hormiguero de lujos superfluos, alegando que el entorno rústico de su
anfitriona mermaba su creatividad, y dejando que, días más tarde, los mosquitos
cobradores llamasen a la puerta exigiendo los pagos atrasados.
Viendo la hormiga que el mal crecía,
le dio un ultimátum: o enmendaba sus costumbres, o habría de buscarse otra
posada. La cigarra, haciendo grandes aspavientos, fingió una herida mortal.
Llevándose las patas al pecho como si el ultimátum le hubiera atravesado el
corazón con una lanza, se dejó caer dramáticamente sobre una alfombra de musgo.
Clamó que la hormiga la estaba haciendo sentir como a una pordiosera de los
arrabales, como a una vagabunda, ofendiendo así su fina sensibilidad.
—¡Oh, cuán áspero es el mundo con las
almas elevadas! —gimoteaba la cigarra, derramando lágrimas secas—. Yo, que con
mi arte he intentado poner color a la grisura de tu monótona existencia, me veo
tratada como un parásito indigno. ¡Qué ceguera la tuya, que confundes la
inspiración con la pereza!
Y para cobrarse esta supuesta
afrenta, la cigarra decidió que si su espíritu padecía, el cuerpo de su
anfitriona habría de acompañarla en el martirio. Pasó la noche entera cantando
con gran estruendo, robándole el sueño a la hormiga para quebrantar su voluntad,
pues bien sabía que el cansancio amansa a los justos. Mas no era un canto
hermoso, sino un quejido agudo y desafinado, acompañado de hondos y dramáticos
suspiros.
Cada vez que la pobre hormiga,
exhausta por la labor del día, lograba cerrar los ojos, la cigarra afinaba su
guitarra con gran estrépito y entonaba interminables coplas sobre la
incomprensión de los genios y la crueldad de los corazones de piedra. Se paseaba
por las galerías del hormiguero arrastrando los pies a propósito, asegurándose
de que el eco de su "sufrimiento" retumbara hasta el último rincón,
negándole a la obrera el menor resquicio de paz."
A la mañana siguiente, cuando el sol
ya despuntaba alto y la pobre hormiga llevaba horas acarreando pesadas cargas
con los ojos enrojecidos por el insomnio, la cigarra emergió por fin de sus
aposentos. Mostrábase tan fresca, lozana y altiva como si hubiese reposado
sobre un mullido lecho de rosas, sin asomo de fatiga por el estrépito nocturno.
Con aires de gran señora, desperezándose con lentitud, se plantó ante la dueña
de la casa. Y lejos de mostrar arrepentimiento alguno por el tormento que había
infligido, carraspeó con suficiencia y exigió formales disculpas por los
inmerecidos agravios de la víspera. Acto seguido, dispúsose a yantar, mas al
ver la mesa vacía, se quejó amargamente de que no quedara ni un pedazo del
dulce bizcocho que la hormiga solía hornearle para su desayuno.
La exhausta anfitriona, perdiendo ya
la escasa paciencia que le quedaba, le respondió que bastante había tenido con
soportar sus desvelos como para amasarle encima bizcochos, y se negó en redondo
a pedirle perdón. Mas no se detuvo ahí la obrera, sino que, alzando por fin la
voz, le recriminó su desmedida desvergüenza. Le hizo saber que no era de
personas nobles ni de buen huésped morder la mano que le da sustento, ni pagar
el cobijo con vanidosas exigencias y alborotos nocturnos.
—Vuestro comportamiento es a todas
luces inaceptable y carente de virtud —sentenció la trabajadora, mirándola a
los ojos—. Llenáis mi casa de extravagancias, despreciáis mi mesa, me robáis el
sueño y aún pretendéis que os rinda pleitesía, cuando no sois más que un
huésped desagradecido que confunde la caridad con la servidumbre.
Ante tan cruda reprimenda, la
cigarra, sintiéndose ofendida en lo más hondo de su orgullo y privada de su
merecido manjar, le contestó a la hormiga:
—Es bien cierto que en este instante
mis bolsillos están vacíos —proclamó la holgazana con voz teatral—, pero ¡qué
vida he llevado! He gastado grandes fortunas en recorrer el vasto mundo y en
procurarme los más exquisitos caprichos. He yantado en las mejores posadas y en
los banquetes de las cortes más refinadas. He navegado mares remotos, he
paseado por los exóticos jardines de imperios lejanos y he debatido de
filosofía con los sabios de oriente. He escuchado los versos de los trovadores
más ilustres y he trabado amistad lo mismo con señores de la alta esfera que
con los más pintorescos personajes de mil tabernas. ¡Por eso soy alguien tan
interesante! Tengo tan rica y tan variada conversación, poseo un caudal de
historias y saberes tan vasto que vuestra estrecha mente jamás lograría
abarcar; pecáis de suma ingratitud, pues poder bendecir con mi presencia esta
modesta morada debería resultaros un auténtico privilegio y no una carga.
»Y sabed también que mi falta de
blanca es solo un ligero contratiempo, pues me hallo enfrascada en proyectos de
gran magnitud que bien pronto me devolverán la opulencia y el brillo de antaño.
Es solo cuestión de tiempo y de tener la paciencia necesaria para que estos
magnos negocios den su fruto. Mas no pretendo que vos lo entendáis, pobre
hormiga, que nada sabéis de alta economía ni de las finanzas que rigen el
mundo. Vuestro entendimiento no alcanza para comprender tan complejos
menesteres, pues solo sabéis de arrastrar granos y no de las altas inversiones
que gentes de mi alcurnia manejamos.
»Sabe, además —añadió la cigarra,
alzando su guitarra como si de un estandarte sagrado se tratase—, que de mi
labor me siento sumamente orgullosa. Bien podría yo emplearme en otros oficios
más vulgares con los que ganar mucho más dinero, mas me niego a ello. Mi arte
es puro y necesario, pues sano las penas de los insectos del bosque con mis
canciones y mis acordes. Es este un trabajo que me llena el espíritu
plenamente. Y si mis ingresos no alcanzan para colaborar con los gastos de esta
hacienda ni para satisfacer mis muchas deudas, no es culpa mía, sino de este
mundo mezquino que no sabe recompensar a los sanadores del alma.
Dicho esto, y a modo de hiriente
despedida, la miró de arriba abajo con gran desdén y le lanzó esta postrera
ponzoña:
—Y tú, pobre obrera, ¿qué has hecho
en la vida?
Acto seguido, sacudiéndose las
antenas, se marchó a almorzar a los prados, diciendo que no volvería hasta que
la hormiga supiese hablar como las gentes de bien.
—Y, ¿qué hizo la hormiga tras la
marcha de tan ingrata huésped? —preguntó el conde muy interesado pues le
recordaba mucho al hombre que había acogido en sus tierras.
Respondió Patronio:
—Señor conde, la hormiga quedó sola,
con los ojos turbios por el insomnio y el alma turbada por la culpa. Esperó
luego que la cigarra recapacitara, que entendiera que estaba siendo injusta y
se disculpara. Transcurrían las horas y la cigarra no daba señales de vida. Al
caer la tarde, un mensajero alado hizo llegar al hormiguero una pedante nota
garabateada en una hoja de roble, preguntando a qué hora exacta se le serviría
la cena, pues su delicado estómago reclamaba sustento. Al leer aquellas
palabras, la paciencia de la hormiga, ya tan raída como un hilo viejo, terminó
por quebrarse por completo. Sintiendo hervir la sangre en sus venas, marchó a
los aposentos que la cigarra había usurpado. Tomó los pergaminos inútiles
manchados de tinta, la pesada guitarra, los ropajes de seda y los pétalos
marchitos de la ingrata. Con una fuerza que solo otorga la justa indignación,
arrastró todos aquellos bártulos por las galerías y los arrojó uno a uno al
camino polvoriento. Finalmente, sacudió sus patas para librarse hasta del
último rastro de aquella arrogancia y pasó doble cerrojo a su puerta.
Al principio, sintió gran
remordimiento, temiendo haber obrado con vileza y dejando a la cigarra a merced
del frío. Mas, al caer la noche, al ver su casa limpia y gozar del mayor de los
tesoros, que es el silencio y el descanso sin reproches, comprendió que su paz
valía mucho más que las falsas lágrimas de una holgazana. Por su parte, la
cigarra no pereció en la intemperie. Se fue a llorar su falsa desdicha ante un
incauto abejorro, pregonando a los cuatro vientos que la hormiga era una
criatura cruel, usurera, altiva y sin corazón, que la había dejado en la calle.
La hormiga fue tenida por villana entre muchos insectos del bosque, pero nada
le importó. Descubrió que la mala fama es un precio muy menguado a cambio de
dormir a pierna suelta, mientras contemplaba desde su ventana cómo el abejorro
comenzaba a padecer, incauto de él, el mismo tormento que ella había dejado
atrás.
—Y vos, señor conde —concluyó
Patronio—, pues veis que este huésped os falta al respeto, os roba el sueño y
os menosprecia en vuestra propia casa, no os dejéis vencer por la culpa ni
temáis lo que dirán las gentes. Quien responde a la bondad con soberbia no
busca amparo, sino vasallos; y es gran locura perder la propia salud por
mantener la holgazanería ajena. Quien tiene luz en el entendimiento pero
soberbia en el corazón, solo usa su ingenio para vivir del esfuerzo ajeno. No
es arte lo que él tiene, sino astucia de parásito. Vos decís que teméis parecer
cruel, escuchad bien: la culpa que sentís es la cadena con la que ese hombre os
tiene preso. Muchos usan el "arte" como escudo para su pereza, pero
la verdadera inteligencia siempre es agradecida. La hospitalidad es un deber
hacia quien la agradece, pero es complicidad hacia quien abusa de ella.
Mi consejo es este: Dadle un plazo.
Si su mente es tan brillante, que produzca algo de provecho en un mes. Si no es
así, poned sus enseres en el camino y cerrad la puerta sin demora. Si se
ofende, recordadle que el mendigo es quien pide sin dar, y el señor es quien da
para que otros obren. No lo echáis por falta de caridad, sino por defensa de la
Justicia.
Al Conde le plugo este consejo,
hízolo así y halló descanso en sus tierras. Y viendo don Juan que este cuento
era muy provechoso, lo mandó publicar en “La voz de Tomelloso” y compuso estos
versos que dicen así:
"Quien de tu pan come y
tu vida desprecia, no es artista noble, sino carga necia.”
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Martes, 18 de Agosto del 2026
Lunes, 17 de Agosto del 2026