Hay situaciones que,
cuando uno se dedica a la salud de las personas, resultan especialmente
difíciles de comprender. No sé si la opinión pública siente exactamente lo
mismo, pero para quienes trabajamos cuidando de otros hay momentos en los que
la vida profesional se queda de repente en un vacío, en un sinsentido. Porque
en sanidad existe algo que, pese a todas nuestras carencias, a la falta de
recursos y a unas condiciones laborales que muchas veces soportamos con enorme
esfuerzo, todavía mantenemos como principio esencial: no podemos distinguir a
una persona por su sexo, su raza, su religión, su ideología, su condición
económica o cualquier otra circunstancia. Sea cual sea el motivo por el que
alguien entra en un servicio sanitario, se le atiende. Mejor o peor, con más o
menos medios, con más o menos recursos, pero se le atiende. Y precisamente por
eso resulta tan devastador contemplar cómo otras estructuras de la sociedad,
esas mismas que insisten en decir que trabajan para las personas, pueden
terminar colocando a la persona al final de la cadena de prioridades.
Pensemos en algo tan
concreto como un código cero de trasplantes. Hay una persona con un riesgo
inminente de fallecer si no recibe un trasplante y se activa el código.
Médicos, enfermeros, auxiliares, técnicos, personal de quirófano, transporte,
coordinación: todos se ponen en marcha. No importa el calendario ni la hora.
Puede ser domingo, Navidad o las cuatro de la mañana. Puede que alguien esté en
casa, descansando o fuera de su jornada. Hay una vida en peligro y hay que
actuar. Se prepara el quirófano, se prepara al donante, se movilizan los
equipos y cada pieza de la maquinaria empieza a funcionar. Nadie pregunta quién
es esa persona, cuánto dinero tiene, dónde vive, qué religión profesa o qué opinión
política tiene. Es alguien que necesita ayuda. Ese es el sentido de dedicarse a
las personas: entender que, en determinados momentos, hay principios que están
por encima de la comodidad, del horario y de la burocracia. Eso es lo que hace
que un profesional sanitario, incluso maltratado por sus condiciones laborales,
siga poniéndose cada mañana el uniforme y acudiendo a trabajar. Porque hay algo
que está por encima de todo lo demás: la persona que tienes delante.
Y entonces uno se
pregunta qué ocurre cuando trasladamos ese mismo concepto a otras áreas de la
sociedad. ¿Qué pasa cuando quien necesita ayuda no está en un quirófano, sino
dentro de una vivienda? ¿Qué sucede cuando su vida no está amenazada por una
enfermedad, sino por un procedimiento administrativo, judicial o económico?
Entonces aparecen las competencias: que si es municipal, que si es autonómica,
que si corresponde al Estado, que si es competencia judicial, que si existe un
procedimiento establecido, que si falta un requisito, que si no se alcanza
determinado porcentaje. Y la maquinaria empieza a funcionar. El último guardia
urbano corta la calle porque se lo han ordenado; la Policía Nacional ejecuta lo
que corresponde; el policía municipal cumple su función; el bombero accede a la
vivienda si tiene que hacerlo; el secretario judicial tramita el procedimiento;
el juez aplica la norma; el político explica que la competencia pertenece a
otra Administración y la Administración responde que existe un procedimiento
que debe cumplirse. Todos hacen su trabajo. Todos pueden decir que han cumplido
con su obligación. Y, sin embargo, puede ocurrir algo terrible: que nadie se
detenga un segundo para preguntar qué estamos haciendo con esa persona.
No estoy hablando de
abolir la ley, ignorar las resoluciones judiciales ni convertir la objeción de
conciencia en una excusa para que cada funcionario decida qué normas cumple y
cuáles no. Hablo de algo mucho más incómodo: de la responsabilidad moral que
existe detrás de cualquier función pública. Una sociedad no puede funcionar
únicamente mediante personas que ejecutan órdenes. También necesita la
capacidad de preguntarse si el resultado al que conduce la aplicación de esas
órdenes es compatible con la dignidad humana. Y ahí aparece el caso de esta
mujer: una señora de 87 años, con movilidad reducida, con una discapacidad
reconocida del 50 %, que ha vivido durante décadas en una vivienda vinculada a
su propia historia y que se encuentra ante la posibilidad de perderla. Entonces
aparece una frontera administrativa: un determinado porcentaje de discapacidad
necesario para acceder a una determinada protección. Si el límite está en el 65
%, ¿qué diferencia humana existe entre quien tiene un 50 % y quien tiene un 65
%? ¿Qué ocurre con ese quince por ciento? ¿Hace que una persona deje de ser
vulnerable? ¿Hace que una persona pueda dormir bajo techo y otra no?
Evidentemente, la ley necesita categorías y criterios objetivos. Pero
precisamente por eso debemos preguntarnos qué hacemos cuando una frontera
administrativa produce una consecuencia humana desproporcionada.
Porque una vivienda no
son cuatro paredes. Es donde has vivido, donde están tus recuerdos, tus
fotografías, tus momentos, tu familia y tus rutinas; es la historia de una vida
acumulada durante décadas. Por eso la discusión no puede reducirse
exclusivamente a propiedad, mercado o transacción económica. La propiedad
privada tiene derechos y debe ser protegida, y los contratos generan
obligaciones. Pero una sociedad desarrollada debería ser capaz de resolver esos
conflictos sin que una persona vulnerable termine en la calle. Si un
propietario tiene un derecho legítimo a recuperar una vivienda, el Estado
debería poder garantizar una alternativa habitacional digna. Quizá no sea
idéntica, quizá no esté en la misma zona, quizá no tenga las mismas
dimensiones, pero debería existir. La dignidad de una persona no puede depender
de que haya nacido en un barrio determinado, de que su vivienda resulte más o
menos atractiva para el mercado o de que un porcentaje administrativo se sitúe
unos puntos por encima o por debajo de un umbral.
El problema adquiere
otra dimensión cuando la vivienda deja de ser únicamente un hogar y pasa a
formar parte de una estructura de inversión. Ahí aparecen los fondos de
inversión y un modelo económico en el que la vivienda puede convertirse
fundamentalmente en un activo susceptible de generar rentabilidad. Y uno tiene
derecho a preguntarse qué significa realmente desarrollo si ese desarrollo se
produce a costa de que una persona vulnerable termine sin un lugar donde vivir;
o qué significa inversión cuando aquello en lo que se invierte es precisamente
el espacio que una persona necesita para desarrollar su vida. No se trata de
negar el derecho a invertir ni de demonizar a todo propietario, empresario o inversor.
Se trata de establecer límites y de decidir si existen bienes que, por su
naturaleza, merecen una consideración especial cuando entran en conflicto con
la dignidad de una persona. La vivienda es uno de ellos.
La cuestión se vuelve
todavía más difícil de entender cuando aparecen personas anónimas dispuestas a
intervenir. Personas que dicen: «Díganme cuánto debe esta señora. Lo pagamos.
Que se ponga al corriente, que se solucione la deuda y después ya veremos qué
hacemos con la vivienda, pero primero garanticemos que tenga un lugar donde
vivir dignamente». Aparece así una posible solución económica basada incluso en
la solidaridad privada. Y, aun así, la solución no prospera. Entonces la
pregunta cambia: si el problema económico puede resolverse, ¿qué es exactamente
lo que lo impide? ¿Un sello? ¿Una firma? ¿Un procedimiento? ¿Una determinada
interpretación jurídica? ¿O que la vivienda ya esté integrada en una estrategia
de inversión y la prioridad sea obtener de ella la máxima rentabilidad? Si una
sociedad de inversión puede considerar ese inmueble como un activo que puede
dividirse, transformarse, alquilarse o destinarse a cualquier fórmula que
incremente su rendimiento, pero no puede aceptar que se utilice como solución
para evitar que una mujer de 87 años termine en la calle, entonces la discusión
deja de ser exclusivamente jurídica y se convierte inevitablemente en una
cuestión moral.
Y ahí es donde cobra
todavía más fuerza la contradicción. Porque vivimos en un país capaz de
movilizar recursos extraordinarios cuando existe voluntad para hacerlo. Somos
un país que dona órganos y sangre. Somos un país que responde ante las
catástrofes. Somos un país que ha demostrado una enorme capacidad de
solidaridad. Lo vimos con el Prestige, cuando miles de personas acudieron a
retirar el chapapote; lo vimos después del 11-M y ahora en la acampada en la
Puerta del Sol contra los desahucios y por el 'Decreto Maricarmen; lo vemos en
cada emergencia y lo vemos cada día en miles de profesionales sanitarios que se
ponen un uniforme y atienden a desconocidos pese al cansancio, las dificultades
y unas condiciones laborales que muchas veces distan de ser dignas. Lo vemos en
personas que donan sangre, en quienes donan sus órganos, en quienes acuden a
ayudar cuando ocurre una tragedia y en ciudadanos que, ante el sufrimiento de
otro, son capaces de movilizarse sin preguntarse qué van a recibir a cambio.
Tenemos un país extraordinariamente rico en personas. El problema es que esa
solidaridad espontánea no siempre encuentra su equivalente en las
instituciones. Tenemos un país rico en talento, en geografía, en cultura, en
capacidad de sacrificio y en humanidad, pero demasiadas veces parece que
quienes lo dirigen no están a la altura de quienes lo sostienen.
Y esto no debería
convertirse en un manifiesto de izquierdas ni de derechas. No lo es. Es una
cuestión de personas. No hace falta pertenecer a una determinada ideología para
considerar intolerable que una persona vulnerable pueda terminar en la calle.
No hace falta ser de izquierdas para defender la dignidad humana ni de derechas
para defender la responsabilidad individual. No hace falta militar en ningún
partido para preguntarse por qué las instituciones no encuentran una solución
cuando existen recursos y voluntad social para proporcionarla. Cuando llegamos
a determinadas situaciones, las etiquetas ideológicas empiezan a resultar
secundarias. Estamos hablando de dignidad, de futuro y de las prioridades que
una sociedad decide darse.
Porque esto tampoco es
únicamente el caso de una mujer. Es la punta del iceberg. Debajo están el
futuro de nuestros jóvenes, el acceso a la vivienda, el mercado laboral, la
precariedad, nuestra profunda crisis universitaria y la sensación creciente de
que las instituciones avanzan mucho más despacio que los problemas reales. Hoy
puede ser una mujer de 87 años; mañana puede ser cualquier otra persona. Y
probablemente durante unos días hablaremos de ello. Habrá declaraciones,
escritos furiosos, debates, entrevistas y quizá alguna medida urgente. Después llegará
otra noticia. Quizá el próximo Mundial, la próxima Eurocopa, un nuevo
acontecimiento, un nuevo escándalo o cualquier otra cosa que ocupe las
portadas. Y la historia desaparecerá poco a poco de nuestra memoria colectiva.
Pero esa mujer seguirá allí, viviendo las consecuencias. Esa es una de las
tragedias de nuestro tiempo: nuestra indignación tiene una duración muy corta,
mientras que las consecuencias para quien las sufre pueden durar toda una vida.
Y entonces también hay
que preguntarse qué significa realmente hablar de Estado de bienestar. Porque
cuando un político dice que trabaja por las personas, por su bienestar y por
una política centrada en las personas, uno espera que detrás de esas palabras
exista algo más que un discurso. Una política centrada en las personas debería
significar que, cuando alguien se encuentra en una situación límite, las
estructuras del Estado buscan una solución. No necesariamente saltándose la
ley, pero sí utilizando todas las posibilidades que ofrece y modificando, cuando
sea necesario, aquello que ya no responde a la realidad. Porque la sociedad
cambia, los problemas cambian y el mundo va a una velocidad enorme mientras
nuestras instituciones siguen atrapadas demasiadas veces en una maquinaria que
acumula decretos, iniciativas legislativas, procedimientos y propuestas que
avanzan a cuentagotas. El mundo no espera a que un hemiciclo salga de su
bloqueo. La enfermedad no espera. La vivienda no espera. La precariedad no
espera. La vida no espera.
Y aquí aparece otra
cuestión incómoda: los impuestos. Quienes trabajamos, tenemos ingresos y cada
año presentamos una declaración de la renta que sale a pagar cumplimos con
nuestra parte. Lo hacemos después de muchas horas de trabajo, aceptando que una
parte de lo que generamos se destine a sostener algo colectivo. Pagamos porque
queremos una sanidad pública, una educación pública, carreteras, transporte,
justicia, seguridad y protección social. Pagamos porque creemos que formar
parte de una sociedad implica contribuir a ella. No porque nos guste pagar,
sino porque entendemos que una sociedad no puede funcionar si cada uno mira
exclusivamente por sí mismo. Por eso la frustración aparece cuando uno empieza
a preguntarse para qué está pagando. Yo no quiero que mis impuestos sirvan para
financiar privilegios, lujos, dietas injustificadas o abusos. Quiero que sirvan
para que un enfermo sea atendido, para que un niño tenga educación, para que
una persona mayor tenga protección y para que alguien que ha trabajado toda su
vida no termine abandonado.
Y entonces aparecen
también nuestros referentes políticos y económicos. Durante años hemos
escuchado hablar de grandes gestores, salvadores de la economía, modelos de
éxito y personas que supuestamente representaban la excelencia en la gestión de
un país. Hemos visto después cómo algunas de esas figuras han terminado
envueltas en investigaciones, procesos judiciales y condenas. Rodrigo Rato y el
caso de Bankia forman parte de esa memoria colectiva y llevan inevitablemente a
preguntarnos qué referentes de gestión económica hemos construido. También
hemos escuchado frases políticas ambiguas, frases que pueden adquirir con el
tiempo una dimensión inquietante. Y uno termina preguntándose qué mensaje
estamos transmitiendo cuando quienes ocupan posiciones de poder parecen vivir
en un universo cada vez más alejado de las consecuencias concretas de sus
decisiones.
Mientras tanto,
tenemos un hemiciclo en el que se suceden debates, decretos, iniciativas
legislativas y propuestas, con una maquinaria parlamentaria que muchas veces
parece incapaz de responder a la velocidad con la que cambian los problemas de
la sociedad. Se discute quién tiene la competencia, quién presenta el decreto,
quién modifica una ley o quién obtiene el mérito político de una medida, mientras
fuera hay personas que necesitan respuestas inmediatas. Una vivienda hoy. Una
atención sanitaria hoy. Una oportunidad laboral hoy. Una solución para una
familia hoy. El ciudadano no vive al ritmo de los procedimientos
parlamentarios. El mundo tampoco.
Ahí es donde aparece
la ruptura del contrato moral entre ciudadano e instituciones. Yo cumplo mi
parte: trabajo, pago impuestos, cumplo las normas e intento contribuir a la
sociedad. No espero privilegios ni que el Estado me resuelva la vida. Espero
algo mucho más sencillo: que, cuando llegue el momento en que yo o cualquier
otra persona necesitemos que el sistema funcione, funcione. Que la sanidad esté
ahí. Que la justicia esté ahí. Que la educación esté ahí. Que la Administración
sea capaz de responder. Que la persona no desaparezca detrás del expediente.
Porque un país no es
una bandera, un himno, una frontera ni una fotografía de un hemiciclo lleno de
diputados. Un país es también el sanitario que recibe una llamada a las cuatro
de la mañana y acude; el bombero que entra en una vivienda; el policía que
responde cuando alguien lo necesita; quien dona sangre; quien dona un órgano;
quien viaja a una catástrofe para ayudar a desconocidos; quien limpia el
chapapote; quien responde ante una tragedia; quien paga sus impuestos después
de trabajar todo el año porque todavía cree que ese dinero puede servir para
construir algo mejor. Ese es también nuestro país. Quizá ese sea el verdadero
país. Un país de grandes personas.
Y precisamente por eso
resulta tan difícil aceptar que tantas veces tengamos dirigentes que no parecen
estar a la altura de esas personas. Porque no se puede pedir permanentemente a
la ciudadanía que sea solidaria, responsable, cumplidora y generosa mientras
las propias instituciones parecen incapaces de responder cuando alguien está al
límite. No se puede hablar de bienestar, de derechos y de protección si, cuando
llega el momento decisivo, la persona desaparece detrás de un expediente. Y
tampoco basta con decir que «se ha cumplido el procedimiento». Puede que se
haya cumplido. Puede incluso que todos hayan cumplido formalmente con su
obligación. Pero si el resultado final es que una persona vulnerable queda
abandonada, tenemos que atrevernos a formular la pregunta que nadie quiere
hacerse: ¿hemos hecho realmente lo correcto?
Quizá el problema sea
que hemos construido instituciones demasiado grandes, demasiado complejas y
demasiado alejadas de la realidad cotidiana como para recordar para qué
existen. Porque resulta profundamente paradójico vivir en un país capaz de
activar un código cero a las cuatro de la mañana para intentar salvar la vida
de un desconocido y, al mismo tiempo, contemplar cómo otra persona puede quedar
atrapada durante meses o años en un laberinto de normas, porcentajes,
competencias y procedimientos. En un caso, todos se movilizan porque alguien
puede morir. En el otro, todos encuentran una razón para no intervenir.
Y quizá esa sea la
verdadera medida de un Estado. No solamente su crecimiento económico, sus
infraestructuras, sus cifras o su posición en los rankings, sino la forma en
que trata a quien no puede defenderse y la capacidad que demuestra cuando
alguien atraviesa el peor momento de su vida. España tiene algo que ningún
indicador económico puede medir: gente extraordinaria. Gente que ayuda, que
dona, que trabaja, que cuida y que se moviliza. Gente que sigue creyendo que
merece la pena construir una sociedad mejor incluso cuando las instituciones no
siempre están a la altura. Gente que, pese a todo, sigue haciendo su parte.
Lo verdaderamente
preocupante sería que esas personas acabaran perdiendo la fe en el país al que
sostienen. Que quien paga impuestos deje de creer en aquello que está
financiando. Que quien trabaja para salvar vidas deje de entender para qué
sirve su esfuerzo. Que quien dona sangre u órganos deje de confiar en la
sociedad a la que está ayudando. Que quien acude a una catástrofe termine
preguntándose para qué. Porque entonces no habría muerto solamente una persona.
Habría muerto algo mucho más difícil de recuperar: la confianza de una sociedad
en sus propias instituciones.
Y por eso esta
historia no debería terminar cuando desaparezca de los titulares. Esta mujer
puede ser el rostro concreto de un problema mucho mayor: el de una sociedad que
tiene recursos, profesionales, solidaridad y capacidad para hacer grandes
cosas, pero que demasiadas veces parece incapaz de ponerlos al servicio de una
persona cuando realmente lo necesita. Mañana puede ser ella. Pasado mañana
puede ser otro. Y algún día podemos ser nosotros. Entonces quizá descubramos
que aquello que contemplábamos desde fuera como un problema ajeno era, en
realidad, una advertencia sobre el país que estamos construyendo.
La pregunta, por
tanto, no debería ser solamente si aquello que ocurrió era legal. Tampoco basta
con saber quién tenía la competencia. Ni siquiera basta con comprobar si cada
uno cumplió formalmente con su obligación. La pregunta verdaderamente incómoda
es qué ocurre cuando todos cumplen su parte y, sin embargo, el resultado es una
injusticia. ¿En qué momento una sociedad decide que un porcentaje, una firma,
un plazo, una deuda o una interpretación administrativa pesan más que una vida
entera? ¿En qué momento aceptamos que la vivienda pueda valer más como activo
que como hogar? ¿En qué momento dejamos de preguntarnos qué consecuencias
humanas tienen nuestras decisiones?
Porque un código cero
no admite excusas. Cuando una vida está en peligro, se activa una cadena de
personas, recursos y decisiones y todos entienden cuál es su responsabilidad. No
importa la hora, el cansancio, el calendario ni quién sea el paciente. Se actúa
porque hay una vida que depende de ello. Y quizá lo verdaderamente inquietante
de todo esto sea que, fuera de un quirófano, seguimos sin haber encontrado una
respuesta equivalente. ¿Dónde está ese código cero cuando una persona está a
punto de perder su casa? ¿Dónde está cuando un anciano queda atrapado entre una
resolución y otra, cuando una familia no puede pagar, cuando un joven no
encuentra una vivienda, cuando alguien queda excluido por unos puntos en una
escala administrativa? ¿Por qué somos capaces de movilizarlo todo para salvar
una vida cuando está en juego un órgano y, sin embargo, somos capaces de
contemplar con absoluta normalidad cómo una persona puede perder aquello que ha
sido su hogar durante toda una vida? Quizá ahí esté el verdadero debate. No en
decidir quién tiene razón entre unos y otros, ni en convertir esta historia en
una batalla ideológica, sino en preguntarnos qué hemos construido y qué estamos
dispuestos a aceptar como sociedad. Porque las leyes pueden ser necesarias, los
procedimientos imprescindibles y las competencias inevitables, pero ninguna de
esas palabras debería servir para hacernos olvidar que, al otro lado de cada
expediente, de cada resolución y de cada decisión, siempre hay una persona. Y
mientras no sepamos responder qué hacemos cuando esa persona necesita que
alguien actúe, el debate seguirá abierto. Quizá porque la cuestión nunca fue
solamente qué permite la ley, sino hasta dónde estamos dispuestos a llegar para
que aquello que la ley pretende proteger no termine perdiéndose precisamente
entre sus propias reglas.
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Martes, 29 de Septiembre del 2026
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