Opinión

España, criadero de buitres: Mari Carmen hoy. ¿Y mañana, quién?

Javier Rubio | Martes, 29 de Septiembre del 2026
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Hay situaciones que, cuando uno se dedica a la salud de las personas, resultan especialmente difíciles de comprender. No sé si la opinión pública siente exactamente lo mismo, pero para quienes trabajamos cuidando de otros hay momentos en los que la vida profesional se queda de repente en un vacío, en un sinsentido. Porque en sanidad existe algo que, pese a todas nuestras carencias, a la falta de recursos y a unas condiciones laborales que muchas veces soportamos con enorme esfuerzo, todavía mantenemos como principio esencial: no podemos distinguir a una persona por su sexo, su raza, su religión, su ideología, su condición económica o cualquier otra circunstancia. Sea cual sea el motivo por el que alguien entra en un servicio sanitario, se le atiende. Mejor o peor, con más o menos medios, con más o menos recursos, pero se le atiende. Y precisamente por eso resulta tan devastador contemplar cómo otras estructuras de la sociedad, esas mismas que insisten en decir que trabajan para las personas, pueden terminar colocando a la persona al final de la cadena de prioridades.

Pensemos en algo tan concreto como un código cero de trasplantes. Hay una persona con un riesgo inminente de fallecer si no recibe un trasplante y se activa el código. Médicos, enfermeros, auxiliares, técnicos, personal de quirófano, transporte, coordinación: todos se ponen en marcha. No importa el calendario ni la hora. Puede ser domingo, Navidad o las cuatro de la mañana. Puede que alguien esté en casa, descansando o fuera de su jornada. Hay una vida en peligro y hay que actuar. Se prepara el quirófano, se prepara al donante, se movilizan los equipos y cada pieza de la maquinaria empieza a funcionar. Nadie pregunta quién es esa persona, cuánto dinero tiene, dónde vive, qué religión profesa o qué opinión política tiene. Es alguien que necesita ayuda. Ese es el sentido de dedicarse a las personas: entender que, en determinados momentos, hay principios que están por encima de la comodidad, del horario y de la burocracia. Eso es lo que hace que un profesional sanitario, incluso maltratado por sus condiciones laborales, siga poniéndose cada mañana el uniforme y acudiendo a trabajar. Porque hay algo que está por encima de todo lo demás: la persona que tienes delante.

Y entonces uno se pregunta qué ocurre cuando trasladamos ese mismo concepto a otras áreas de la sociedad. ¿Qué pasa cuando quien necesita ayuda no está en un quirófano, sino dentro de una vivienda? ¿Qué sucede cuando su vida no está amenazada por una enfermedad, sino por un procedimiento administrativo, judicial o económico? Entonces aparecen las competencias: que si es municipal, que si es autonómica, que si corresponde al Estado, que si es competencia judicial, que si existe un procedimiento establecido, que si falta un requisito, que si no se alcanza determinado porcentaje. Y la maquinaria empieza a funcionar. El último guardia urbano corta la calle porque se lo han ordenado; la Policía Nacional ejecuta lo que corresponde; el policía municipal cumple su función; el bombero accede a la vivienda si tiene que hacerlo; el secretario judicial tramita el procedimiento; el juez aplica la norma; el político explica que la competencia pertenece a otra Administración y la Administración responde que existe un procedimiento que debe cumplirse. Todos hacen su trabajo. Todos pueden decir que han cumplido con su obligación. Y, sin embargo, puede ocurrir algo terrible: que nadie se detenga un segundo para preguntar qué estamos haciendo con esa persona.

No estoy hablando de abolir la ley, ignorar las resoluciones judiciales ni convertir la objeción de conciencia en una excusa para que cada funcionario decida qué normas cumple y cuáles no. Hablo de algo mucho más incómodo: de la responsabilidad moral que existe detrás de cualquier función pública. Una sociedad no puede funcionar únicamente mediante personas que ejecutan órdenes. También necesita la capacidad de preguntarse si el resultado al que conduce la aplicación de esas órdenes es compatible con la dignidad humana. Y ahí aparece el caso de esta mujer: una señora de 87 años, con movilidad reducida, con una discapacidad reconocida del 50 %, que ha vivido durante décadas en una vivienda vinculada a su propia historia y que se encuentra ante la posibilidad de perderla. Entonces aparece una frontera administrativa: un determinado porcentaje de discapacidad necesario para acceder a una determinada protección. Si el límite está en el 65 %, ¿qué diferencia humana existe entre quien tiene un 50 % y quien tiene un 65 %? ¿Qué ocurre con ese quince por ciento? ¿Hace que una persona deje de ser vulnerable? ¿Hace que una persona pueda dormir bajo techo y otra no? Evidentemente, la ley necesita categorías y criterios objetivos. Pero precisamente por eso debemos preguntarnos qué hacemos cuando una frontera administrativa produce una consecuencia humana desproporcionada.

Porque una vivienda no son cuatro paredes. Es donde has vivido, donde están tus recuerdos, tus fotografías, tus momentos, tu familia y tus rutinas; es la historia de una vida acumulada durante décadas. Por eso la discusión no puede reducirse exclusivamente a propiedad, mercado o transacción económica. La propiedad privada tiene derechos y debe ser protegida, y los contratos generan obligaciones. Pero una sociedad desarrollada debería ser capaz de resolver esos conflictos sin que una persona vulnerable termine en la calle. Si un propietario tiene un derecho legítimo a recuperar una vivienda, el Estado debería poder garantizar una alternativa habitacional digna. Quizá no sea idéntica, quizá no esté en la misma zona, quizá no tenga las mismas dimensiones, pero debería existir. La dignidad de una persona no puede depender de que haya nacido en un barrio determinado, de que su vivienda resulte más o menos atractiva para el mercado o de que un porcentaje administrativo se sitúe unos puntos por encima o por debajo de un umbral.

El problema adquiere otra dimensión cuando la vivienda deja de ser únicamente un hogar y pasa a formar parte de una estructura de inversión. Ahí aparecen los fondos de inversión y un modelo económico en el que la vivienda puede convertirse fundamentalmente en un activo susceptible de generar rentabilidad. Y uno tiene derecho a preguntarse qué significa realmente desarrollo si ese desarrollo se produce a costa de que una persona vulnerable termine sin un lugar donde vivir; o qué significa inversión cuando aquello en lo que se invierte es precisamente el espacio que una persona necesita para desarrollar su vida. No se trata de negar el derecho a invertir ni de demonizar a todo propietario, empresario o inversor. Se trata de establecer límites y de decidir si existen bienes que, por su naturaleza, merecen una consideración especial cuando entran en conflicto con la dignidad de una persona. La vivienda es uno de ellos.

La cuestión se vuelve todavía más difícil de entender cuando aparecen personas anónimas dispuestas a intervenir. Personas que dicen: «Díganme cuánto debe esta señora. Lo pagamos. Que se ponga al corriente, que se solucione la deuda y después ya veremos qué hacemos con la vivienda, pero primero garanticemos que tenga un lugar donde vivir dignamente». Aparece así una posible solución económica basada incluso en la solidaridad privada. Y, aun así, la solución no prospera. Entonces la pregunta cambia: si el problema económico puede resolverse, ¿qué es exactamente lo que lo impide? ¿Un sello? ¿Una firma? ¿Un procedimiento? ¿Una determinada interpretación jurídica? ¿O que la vivienda ya esté integrada en una estrategia de inversión y la prioridad sea obtener de ella la máxima rentabilidad? Si una sociedad de inversión puede considerar ese inmueble como un activo que puede dividirse, transformarse, alquilarse o destinarse a cualquier fórmula que incremente su rendimiento, pero no puede aceptar que se utilice como solución para evitar que una mujer de 87 años termine en la calle, entonces la discusión deja de ser exclusivamente jurídica y se convierte inevitablemente en una cuestión moral.

Y ahí es donde cobra todavía más fuerza la contradicción. Porque vivimos en un país capaz de movilizar recursos extraordinarios cuando existe voluntad para hacerlo. Somos un país que dona órganos y sangre. Somos un país que responde ante las catástrofes. Somos un país que ha demostrado una enorme capacidad de solidaridad. Lo vimos con el Prestige, cuando miles de personas acudieron a retirar el chapapote; lo vimos después del 11-M y ahora en la acampada en la Puerta del Sol contra los desahucios y por el 'Decreto Maricarmen; lo vemos en cada emergencia y lo vemos cada día en miles de profesionales sanitarios que se ponen un uniforme y atienden a desconocidos pese al cansancio, las dificultades y unas condiciones laborales que muchas veces distan de ser dignas. Lo vemos en personas que donan sangre, en quienes donan sus órganos, en quienes acuden a ayudar cuando ocurre una tragedia y en ciudadanos que, ante el sufrimiento de otro, son capaces de movilizarse sin preguntarse qué van a recibir a cambio. Tenemos un país extraordinariamente rico en personas. El problema es que esa solidaridad espontánea no siempre encuentra su equivalente en las instituciones. Tenemos un país rico en talento, en geografía, en cultura, en capacidad de sacrificio y en humanidad, pero demasiadas veces parece que quienes lo dirigen no están a la altura de quienes lo sostienen.

Y esto no debería convertirse en un manifiesto de izquierdas ni de derechas. No lo es. Es una cuestión de personas. No hace falta pertenecer a una determinada ideología para considerar intolerable que una persona vulnerable pueda terminar en la calle. No hace falta ser de izquierdas para defender la dignidad humana ni de derechas para defender la responsabilidad individual. No hace falta militar en ningún partido para preguntarse por qué las instituciones no encuentran una solución cuando existen recursos y voluntad social para proporcionarla. Cuando llegamos a determinadas situaciones, las etiquetas ideológicas empiezan a resultar secundarias. Estamos hablando de dignidad, de futuro y de las prioridades que una sociedad decide darse.

Porque esto tampoco es únicamente el caso de una mujer. Es la punta del iceberg. Debajo están el futuro de nuestros jóvenes, el acceso a la vivienda, el mercado laboral, la precariedad, nuestra profunda crisis universitaria y la sensación creciente de que las instituciones avanzan mucho más despacio que los problemas reales. Hoy puede ser una mujer de 87 años; mañana puede ser cualquier otra persona. Y probablemente durante unos días hablaremos de ello. Habrá declaraciones, escritos furiosos, debates, entrevistas y quizá alguna medida urgente. Después llegará otra noticia. Quizá el próximo Mundial, la próxima Eurocopa, un nuevo acontecimiento, un nuevo escándalo o cualquier otra cosa que ocupe las portadas. Y la historia desaparecerá poco a poco de nuestra memoria colectiva. Pero esa mujer seguirá allí, viviendo las consecuencias. Esa es una de las tragedias de nuestro tiempo: nuestra indignación tiene una duración muy corta, mientras que las consecuencias para quien las sufre pueden durar toda una vida.

Y entonces también hay que preguntarse qué significa realmente hablar de Estado de bienestar. Porque cuando un político dice que trabaja por las personas, por su bienestar y por una política centrada en las personas, uno espera que detrás de esas palabras exista algo más que un discurso. Una política centrada en las personas debería significar que, cuando alguien se encuentra en una situación límite, las estructuras del Estado buscan una solución. No necesariamente saltándose la ley, pero sí utilizando todas las posibilidades que ofrece y modificando, cuando sea necesario, aquello que ya no responde a la realidad. Porque la sociedad cambia, los problemas cambian y el mundo va a una velocidad enorme mientras nuestras instituciones siguen atrapadas demasiadas veces en una maquinaria que acumula decretos, iniciativas legislativas, procedimientos y propuestas que avanzan a cuentagotas. El mundo no espera a que un hemiciclo salga de su bloqueo. La enfermedad no espera. La vivienda no espera. La precariedad no espera. La vida no espera.

Y aquí aparece otra cuestión incómoda: los impuestos. Quienes trabajamos, tenemos ingresos y cada año presentamos una declaración de la renta que sale a pagar cumplimos con nuestra parte. Lo hacemos después de muchas horas de trabajo, aceptando que una parte de lo que generamos se destine a sostener algo colectivo. Pagamos porque queremos una sanidad pública, una educación pública, carreteras, transporte, justicia, seguridad y protección social. Pagamos porque creemos que formar parte de una sociedad implica contribuir a ella. No porque nos guste pagar, sino porque entendemos que una sociedad no puede funcionar si cada uno mira exclusivamente por sí mismo. Por eso la frustración aparece cuando uno empieza a preguntarse para qué está pagando. Yo no quiero que mis impuestos sirvan para financiar privilegios, lujos, dietas injustificadas o abusos. Quiero que sirvan para que un enfermo sea atendido, para que un niño tenga educación, para que una persona mayor tenga protección y para que alguien que ha trabajado toda su vida no termine abandonado.

Y entonces aparecen también nuestros referentes políticos y económicos. Durante años hemos escuchado hablar de grandes gestores, salvadores de la economía, modelos de éxito y personas que supuestamente representaban la excelencia en la gestión de un país. Hemos visto después cómo algunas de esas figuras han terminado envueltas en investigaciones, procesos judiciales y condenas. Rodrigo Rato y el caso de Bankia forman parte de esa memoria colectiva y llevan inevitablemente a preguntarnos qué referentes de gestión económica hemos construido. También hemos escuchado frases políticas ambiguas, frases que pueden adquirir con el tiempo una dimensión inquietante. Y uno termina preguntándose qué mensaje estamos transmitiendo cuando quienes ocupan posiciones de poder parecen vivir en un universo cada vez más alejado de las consecuencias concretas de sus decisiones.

Mientras tanto, tenemos un hemiciclo en el que se suceden debates, decretos, iniciativas legislativas y propuestas, con una maquinaria parlamentaria que muchas veces parece incapaz de responder a la velocidad con la que cambian los problemas de la sociedad. Se discute quién tiene la competencia, quién presenta el decreto, quién modifica una ley o quién obtiene el mérito político de una medida, mientras fuera hay personas que necesitan respuestas inmediatas. Una vivienda hoy. Una atención sanitaria hoy. Una oportunidad laboral hoy. Una solución para una familia hoy. El ciudadano no vive al ritmo de los procedimientos parlamentarios. El mundo tampoco.

Ahí es donde aparece la ruptura del contrato moral entre ciudadano e instituciones. Yo cumplo mi parte: trabajo, pago impuestos, cumplo las normas e intento contribuir a la sociedad. No espero privilegios ni que el Estado me resuelva la vida. Espero algo mucho más sencillo: que, cuando llegue el momento en que yo o cualquier otra persona necesitemos que el sistema funcione, funcione. Que la sanidad esté ahí. Que la justicia esté ahí. Que la educación esté ahí. Que la Administración sea capaz de responder. Que la persona no desaparezca detrás del expediente.

Porque un país no es una bandera, un himno, una frontera ni una fotografía de un hemiciclo lleno de diputados. Un país es también el sanitario que recibe una llamada a las cuatro de la mañana y acude; el bombero que entra en una vivienda; el policía que responde cuando alguien lo necesita; quien dona sangre; quien dona un órgano; quien viaja a una catástrofe para ayudar a desconocidos; quien limpia el chapapote; quien responde ante una tragedia; quien paga sus impuestos después de trabajar todo el año porque todavía cree que ese dinero puede servir para construir algo mejor. Ese es también nuestro país. Quizá ese sea el verdadero país. Un país de grandes personas.

Y precisamente por eso resulta tan difícil aceptar que tantas veces tengamos dirigentes que no parecen estar a la altura de esas personas. Porque no se puede pedir permanentemente a la ciudadanía que sea solidaria, responsable, cumplidora y generosa mientras las propias instituciones parecen incapaces de responder cuando alguien está al límite. No se puede hablar de bienestar, de derechos y de protección si, cuando llega el momento decisivo, la persona desaparece detrás de un expediente. Y tampoco basta con decir que «se ha cumplido el procedimiento». Puede que se haya cumplido. Puede incluso que todos hayan cumplido formalmente con su obligación. Pero si el resultado final es que una persona vulnerable queda abandonada, tenemos que atrevernos a formular la pregunta que nadie quiere hacerse: ¿hemos hecho realmente lo correcto?

Quizá el problema sea que hemos construido instituciones demasiado grandes, demasiado complejas y demasiado alejadas de la realidad cotidiana como para recordar para qué existen. Porque resulta profundamente paradójico vivir en un país capaz de activar un código cero a las cuatro de la mañana para intentar salvar la vida de un desconocido y, al mismo tiempo, contemplar cómo otra persona puede quedar atrapada durante meses o años en un laberinto de normas, porcentajes, competencias y procedimientos. En un caso, todos se movilizan porque alguien puede morir. En el otro, todos encuentran una razón para no intervenir.

Y quizá esa sea la verdadera medida de un Estado. No solamente su crecimiento económico, sus infraestructuras, sus cifras o su posición en los rankings, sino la forma en que trata a quien no puede defenderse y la capacidad que demuestra cuando alguien atraviesa el peor momento de su vida. España tiene algo que ningún indicador económico puede medir: gente extraordinaria. Gente que ayuda, que dona, que trabaja, que cuida y que se moviliza. Gente que sigue creyendo que merece la pena construir una sociedad mejor incluso cuando las instituciones no siempre están a la altura. Gente que, pese a todo, sigue haciendo su parte.

Lo verdaderamente preocupante sería que esas personas acabaran perdiendo la fe en el país al que sostienen. Que quien paga impuestos deje de creer en aquello que está financiando. Que quien trabaja para salvar vidas deje de entender para qué sirve su esfuerzo. Que quien dona sangre u órganos deje de confiar en la sociedad a la que está ayudando. Que quien acude a una catástrofe termine preguntándose para qué. Porque entonces no habría muerto solamente una persona. Habría muerto algo mucho más difícil de recuperar: la confianza de una sociedad en sus propias instituciones.

Y por eso esta historia no debería terminar cuando desaparezca de los titulares. Esta mujer puede ser el rostro concreto de un problema mucho mayor: el de una sociedad que tiene recursos, profesionales, solidaridad y capacidad para hacer grandes cosas, pero que demasiadas veces parece incapaz de ponerlos al servicio de una persona cuando realmente lo necesita. Mañana puede ser ella. Pasado mañana puede ser otro. Y algún día podemos ser nosotros. Entonces quizá descubramos que aquello que contemplábamos desde fuera como un problema ajeno era, en realidad, una advertencia sobre el país que estamos construyendo.

La pregunta, por tanto, no debería ser solamente si aquello que ocurrió era legal. Tampoco basta con saber quién tenía la competencia. Ni siquiera basta con comprobar si cada uno cumplió formalmente con su obligación. La pregunta verdaderamente incómoda es qué ocurre cuando todos cumplen su parte y, sin embargo, el resultado es una injusticia. ¿En qué momento una sociedad decide que un porcentaje, una firma, un plazo, una deuda o una interpretación administrativa pesan más que una vida entera? ¿En qué momento aceptamos que la vivienda pueda valer más como activo que como hogar? ¿En qué momento dejamos de preguntarnos qué consecuencias humanas tienen nuestras decisiones?

Porque un código cero no admite excusas. Cuando una vida está en peligro, se activa una cadena de personas, recursos y decisiones y todos entienden cuál es su responsabilidad. No importa la hora, el cansancio, el calendario ni quién sea el paciente. Se actúa porque hay una vida que depende de ello. Y quizá lo verdaderamente inquietante de todo esto sea que, fuera de un quirófano, seguimos sin haber encontrado una respuesta equivalente. ¿Dónde está ese código cero cuando una persona está a punto de perder su casa? ¿Dónde está cuando un anciano queda atrapado entre una resolución y otra, cuando una familia no puede pagar, cuando un joven no encuentra una vivienda, cuando alguien queda excluido por unos puntos en una escala administrativa? ¿Por qué somos capaces de movilizarlo todo para salvar una vida cuando está en juego un órgano y, sin embargo, somos capaces de contemplar con absoluta normalidad cómo una persona puede perder aquello que ha sido su hogar durante toda una vida? Quizá ahí esté el verdadero debate. No en decidir quién tiene razón entre unos y otros, ni en convertir esta historia en una batalla ideológica, sino en preguntarnos qué hemos construido y qué estamos dispuestos a aceptar como sociedad. Porque las leyes pueden ser necesarias, los procedimientos imprescindibles y las competencias inevitables, pero ninguna de esas palabras debería servir para hacernos olvidar que, al otro lado de cada expediente, de cada resolución y de cada decisión, siempre hay una persona. Y mientras no sepamos responder qué hacemos cuando esa persona necesita que alguien actúe, el debate seguirá abierto. Quizá porque la cuestión nunca fue solamente qué permite la ley, sino hasta dónde estamos dispuestos a llegar para que aquello que la ley pretende proteger no termine perdiéndose precisamente entre sus propias reglas.

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