Opinión

María se ha dormido

Joaquín Patón Pardina | Sábado, 11 de Agosto del 2018
Casa de la Virgen María. Éfeso / Foto: Joaquín Patón Casa de la Virgen María. Éfeso / Foto: Joaquín Patón

Hola soy Cálamus (el Plumilla),  cronista que vivió durante los primeros años de esta época recorriendo las tierras de Jesús de Nazaret; Os he hecho alguna visita  anteriormente contando anécdotas y sucesos.

María llevaba cerca de veinte años cuidando de Juan y viceversa en Éfeso, pero los años pasan y ya es anciana. Aunque allí está bien porque vive en una casita con alguna higuera, un rosal que da flores que alegran sus ojos y perfuman el ambiente. No les falta la comida ni la compañía de otras familias con sus niños, que se extasían oyéndola hablar de Jesús, de cómo curaba a la gente y de la senda de alegría que dejaba a su paso. No habla mucho de cómo lo mataron en la cruz; cuando cuenta cómo se fue al cielo se le transforma el semblante, parece que lo vive, ralentiza las palabras cargándolas de emoción. Su cara arrugada parece rejuvenecer. Los ojos le brillan intensamente y mira al cielo; es como si allí viera a su Hijo feliz con Papá-Dios.

Lleva unos días en Jerusalén, repite de vez en cuando que “pronto va a unirse con su Hijo en la gloria” (es como se expresa para hablar de su muerte).

Me resulta extraña esa actitud, porque parece que se alegra, como si cada minuto que pasa estuviera más cerca su partida y ella más contenta. Sus amistades están confusas, ya que la muerte a todos nos produce pánico; no sabemos qué habrá al otro lado. Pero ella está feliz, dice que va a unirse con todos sus familiares que ya partieron y que cuando llegue va a darle un abrazo a Jesús que lo va a estrujar.

Estos días están regresando algunos de los amigos de cuando Jesús estaba por estas tierras. Vienen muy fatigados de viajar. Pedro se ha refinado muchísimo, ha pulido su lenguaje, ya no “dice tacos”. Se expresa en griego bastante bien. Su corazón enorme sigue  cobijando a todo el que mira.  Jesús lo nombró Jefe del grupo cuando se fue, de ahí el pseudónimo  de “Pedro o Cefas”, pero más que jefe parece el servidor de todos; está atento a cualquier necesidad, bueno… como se descuiden las mujeres hasta friega los platos después de comer. Si alguien viene cansado, enseguida está allí Pedro con la jofaina y la toalla para que se refresque y se ponga cómodo. Pero lo más grande es cuando habla de sus vivencias con el Maestro, se emociona muchas veces, incluso se le entrecorta la voz y habla con tal convicción que nos deja perplejos. A mucha gente le ha ayudado a mejorar su vida.

También han venido Santiago y Juan, Andrés, Felipe… están casi todos. Pasan las horas contando cómo les va por el mundo; a algunos se les reconocen en el habla las modulaciones de las ciudades por las que han pasado. Coinciden todos en que el Espíritu de Jesús está con ellos. Lo palpan sobre todo cuando viven malos ratos.

Yo como soy el “Plumilla” voy de grupo en grupo enterándome de lo que dicen unos y otros; me atrevo a preguntarles algún detalle y me atienden como si fuera uno de ellos. Así da gusto hacer reportajes no a los centuriones romanos que son la mar de creídos y soberbios.

Presiento que han venido a despedirse de María.

He observado que la abrazan como a una madre y le dicen con mucha alegría frases como: “Qué poco te queda para ver a Jesús”. “Cuando estés con Él dale muchos besos de nuestra parte”.  “Sabemos que no te vas a olvidar de nosotros”. “A Papá-Dios dile que no nos lo ponga tan difícil porque hay ocasiones que casi dejamos la vida”. Todo con un gozo que emociona.

María es tan mayor que le queda poca vida y sin embargo parece que  la envidian, como si cualquiera de ellos estuviera dispuesto a cambiarse por ella. A todos a tiende, sonríe, abraza, para cada uno tiene una frase de ternura que siempre concluye con un “hasta pronto en la casa del Padre”.

Hay mucho silencio en la casa, no se oyen ni los niños. Ha pasado  mala noche, no ha podido descansar. Todos, hombres y mujeres, tienen el semblante serio. Algunas lágrimas se deslizan por las caras barbudas. Los duros patrones de Galilea suspiran tapándose la boca con sus manos. El día clarea y ajusta sus rayos por la ventana de la habitación. Allí junto a la pared del fondo, en el  suelo, sobre una estera de esparto cocido, protegida la espalda por una túnica tejida a mano, MARÍA SE HA DORMIDO.

Nadie llora, todos observan atentos. Quieren grabar el momento en sus mentes. Sus corazones acompañan  a la Mamá de Jesús en estos instantes últimos.

De pronto Pedro con su vozarrón trabajado en el Mar de Galilea grita: ¡Vive María! Y todos responden: ¡Vive! Y se abrazan entre llantos de emoción y risas mientras adivinan a María corriendo al encuentro de su Hijo.

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