Opinión

El fantasma (2)

Joaquín Patón Pardina | Sábado, 12 de Octubre del 2019
Portada del Perdón de Villahermosa Portada del Perdón de Villahermosa

La gente hablaba del fantasma como algo jocoso incluso de alguna mente enfermiza. Pensaban que con aquel ruido cadenoso y la luz semimuerta del farolillo lo podría seguir y conocer sus intenciones, “ires y venires”. Es más, puestos de acuerdo algunos mozos del pueblo, podrían seguirlo y en algún cruce de calles sorprenderlo y asustar al asustador. 

Hubo alguien que comentó la posible copia individual de una procesión de semana santa, de no sé qué pueblo, donde arrastran cadenas y llevan la cara oculta con un capirucho de tela. Quizás, decían, necesita hacer penitencia de este modo por los pecados propios o de los antepasados.

Todos hablaban del fantasma, pero nadie se había encontrado con él en medio de la noche. Los comentarios eran solo imaginación de unos y otros que al final se consolidaron en una historia; se daban por ciertos aunque “no había certificación experiencial de tal ente por las calles”, había comentado el juez de paz del pueblo. O posiblemente alguien quiso hacer un experimento psicológico de transmisión de noticias, iniciaba un comentario, dejaba transcurrir el tiempo, y el paso de boca en boca, para un día concreto estudiar resultados de tal historia.

Al cabo de un tiempo fueron olvidándose del fantasma, de la anécdota, del montaje o de lo que fuera aquel entretenimiento, que por unos días conmovió a casi todos los habitantes de la villa.

Pasó el verano llevándose las fiestas y las ferias, llegó el invierno y con  él los fríos y las nieves. Era el mes de diciembre, el hombre del tiempo avisó por la radio de nevadas, vientos y bajada de temperaturas en la región. Esta vez acertó con los pronósticos. Comenzó a nevar a media tarde y no lo dejó en toda la noche. La gente se refugió en sus casas, al amor de la lumbre los que más, otros los adinerados al calor de la calefacción de carbón instalada en los bajos de la casa.

Al día siguiente las calles dispusieron un manto blanco difícil de pisar sin riesgo de escurrizones. Se percibía el silencio que traen el frío y la nieve. A las ocho y media en punto se oyeron las campanas dando el primer toque a misa. 

“No se ha dormido hoy Juan Andrés, mira que es valiente, con el frio que debe hacer, además qué personas van a ir a misa. ¡Con la que ha caído, mejor permanecer en casa¡” Comentaba Gregorio a su mujer Antonia, removiendo el rescoldo de la lumbre, intentando conseguir algunas ascuas para iniciar una nueva hoguera con una cepa hermosa de encina y una espuerta de paja encima. Con las ascuas rescatadas y la ayuda del fuelle, consiguió las primeras llamas, que prendieron los papeles y los sarmientos secos  que había preparado. Se frotó las manos aproximándolas a las llamas y notó la tibieza agradable del calorcillo. 

En esos momentos sonaron tres palmadas fuertes en la madera de la puerta de la casa y una voz ansiosa gritó desde fuera: “Abre Gregorio, por favor, date prisa”. 

Saltó inmediatamente de la silla, corrió  para abrir la puerta y su sorpresa fue reconocer al llamador, era el propio sacristán al que habían nombrado anteriormente. 

-“¿No vendrás a invitarme a la  misa? Con este frío he decidido no salir de mi casa en todo el día” Estaba pensando decirle. Cuando de modo entrecortado por la agitada respiración le pareció entender, que viniera corriendo con él a la plaza, porque había sucedido algo terrible.

Se metió como pudo en la pelliza; intentando abrocharse los botones salió detrás del sacristán que ya volaba. El frió era gélido y el vientecillo del norte cortaba la respiración. 

Llegaron a la plaza en dos zancadas y no necesitó ninguna explicación. En el losado de la iglesia y tendido en el suelo, medio cubierto por la nieve, estirado totalmente y con los brazos en cruz había un cuerpo. Estaba en la puerta llamada del Perdón delante de la cruz que recordaba a los caídos del bando nacional y que luego quitaron cuando llegó la democracia. La cabeza tocando el palo vertical. Daba la impresión como si lo hubieran crucificado y se hubiera escurrido poco a poco  hasta descansar en el suelo con la misma forma de crucificado.

Las autoridades locales llegaron al toque de teléfono, que les habían dado desde el ayuntamiento, sito en la misma plaza y a escasos metros del hallazgo. Inmediatamente, como ocurre en estos casos, se ordenó mantener el escenario intocable y llamar al fotógrafo de la localidad para retratar al fiambre según fuera ordenando el cabo de la Guardia Civil, en el intento de facilitar la posterior investigación y resolución del caso.

La cara y gran parte del cuerpo estaban cubiertos por el manto blanco que la nieve había tejido; sobresalían las puntas de los zapatos negros, que como eran de charol, no aceptaban el lienzo helado y escurrían en forma de gotas el meteoro caído. 

(Continuará)


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